✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 35

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◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 25 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

Me desperté temprano y, en lugar de volver a acostarme, fui directamente a la cocina. Necesitaba preparar mi desayuno y, por primera vez en mucho tiempo, quería hacerlo pensando únicamente en mí.

Abrí el refrigerador y saqué algunos ingredientes que había comprado el día anterior. Prepararía algo sencillo, pero nutritivo y bajo en sodio: pechuga de pollo deshebrada, espinacas frescas, champiñones y un poco de aguacate. También tenía una rebanada de pan integral que podía acompañar con la comida.

Calenté una sartén y añadí unas gotas de aceite de oliva. Primero incorporé los champiñones laminados y, cuando comenzaron a dorarse, agregué las espinacas. El sonido suave de las verduras al cocinarse llenó la cocina. Después añadí el pollo deshebrado y lo sazoné con ajo, pimienta negra, un poco de orégano y unas gotas de limón.

No necesitaba demasiada sal para que tuviera buen sabor.

El aroma comenzó a extenderse por la cocina, cálido y apetitoso. Terminé sirviéndolo en un plato junto al pan tostado y unas rebanadas de aguacate.

Mientras observaba mi desayuno, pensé en todo lo que había hablado el día anterior con mi suegra.

Jamás podría huir de esta familia.

Estaba encadenada a los Kuri y ninguno de ellos parecía dispuesto a soltarme.

Respiré profundamente y apoyé ambas manos sobre la encimera.

Era una idea loca, lo sabía, pero… ¿acaso necesitaba morir para ser libre?

¿Solo dentro de un ataúd podría escapar de aquel matrimonio sin sentido?

El pensamiento me heló la sangre.

Sacudí la cabeza, intentando apartarlo, pero el ánimo que había tenido unos minutos antes desapareció por completo. Incluso con el desayuno prácticamente terminado, de repente ya no tenía ganas de comer.

Durante los últimos días apenas había probado bocado. Todo me provocaba náuseas y, aunque había atribuido aquella falta de apetito a la enfermedad, ahora comprendía que tampoco me estaba ayudando alimentarme de cualquier manera o, peor aún, dejar de comer.

Miré el plato frente a mí.

Al menos el olor había conseguido despertar un poco mi apetito.

Tomé el tenedor y justo cuando estaba a punto de probar el primer bocado, escuché pasos detrás de mí.

Martha entró en la cocina y caminó hacia mí con el respeto de siempre.

—Señora, el señor Kuri está sentado en el comedor. ¿Sirvo el desayuno o usted lo hará?

Alcé una ceja.

—Martha, prepara el desayuno de Christian. Lo que le gusta a él: huevos con tocino, verduras y café. Este desayuno es para mí.

La mujer me miró sorprendida. La expresión de su rostro cambió casi de inmediato.

—Señora, yo… Yo pensé que usted estaba preparando el desayuno para el señor —balbuceó—. Por eso no me atreví a hacerlo.

La observé durante unos segundos.

—¿Por qué pensaste que yo le prepararía el desayuno a Christian, Martha?

Ella pareció confundida por mi pregunta.

—Usted es una esposa muy atenta. Jamás hace esperar al señor y siempre está pendiente de sus necesidades. Pensé que hoy sería una fecha especial, por eso dejé que se concentrara en cocinar y no quise interrumpirla.

Sus palabras me golpearon en el pecho.

Sonreí con amargura.

Todo lo que decía era cierto.

Siempre me había esforzado por Christian. Había aprendido sus gustos, sus horarios, la manera en que prefería cada comida y hasta las pequeñas cosas que le molestaban. Había convertido sus necesidades en una prioridad hasta el punto de olvidarme por completo de las mías.

Pero eso iba a cambiar.

Tal vez todavía no podía escapar de aquella casa.

Tal vez los Kuri seguirían intentando decidir qué hacer con mi vida.

Pero yo podía empezar a recuperarla.

Y, por ahora, eso era suficiente.

La libertad se había convertido en mi objetivo. En lo único que me mantenía de pie y me recordaba que todavía tenía una vida que podía reclamar como propia.

Miré nuevamente mi desayuno.

—Christian puede esperar. Haz su desayuno y llévalo a la mesa, por favor.

Martha asintió.

—Sí, señora.

—Y, de ahora en adelante, tú te encargarás de su comida. Yo prepararé la mía.

Por un instante, Martha se quedó mirándome.

Había un atisbo de lástima en sus ojos. Ella veía cosas que sucedían detrás de las puertas cerradas de aquella mansión. Probablemente ya había comprendido que algo no estaba bien entre nosotros.

Sin embargo, no hizo preguntas.

—Sí, señora. Enseguida prepararé el desayuno del señor.

Se dirigió al refrigerador y comenzó a sacar los ingredientes con cierta prisa.

Yo, en cambio, llevé mi plato hasta la mesa y me senté.

Tomé el tenedor, probé un poco de pollo con verduras y cerré los ojos durante un instante.

Estaba delicioso.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella comida no la había preparado para complacer a Christian. La había preparado para mí.

—¿Y mi desayuno?

Escuché la voz grave de Christian al otro lado del comedor. Levanté la mirada y lo encontré observándome fijamente.

Dejé el tenedor junto al plato y limpié con calma la comisura de mis labios antes de responder.

—Ya lo está preparando Martha.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué es eso que estás comiendo? Huele bien.

—Mi desayuno.

Su expresión cambió ligeramente. Respiró hondo, como si estuviera haciendo un esfuerzo por mantener la calma.

—¿No pudiste preparar el mío como toda esposa responsable? Sabes que no puedo llegar tarde a la oficina. Soy quien da el ejemplo de puntualidad.

Lo miré sin apartar los ojos de él.

—A partir de mañana, Martha lo preparará puntualmente. Hoy simplemente hubo un cambio en las labores.

Christian desvió la mirada por un instante. Podía notar la molestia en su rostro.

—¿Hasta cuándo vas a seguir así?

No respondí.

—Duermes en otra habitación, me ignoras y ahora ni siquiera quieres prepararme el desayuno. —Su voz se volvió más dura—. ¿Qué está sucediendo contigo, Valentina?

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

Había esperado demasiado tiempo para responder esa pregunta.

—¿Hasta cuándo vas a darme el divorcio?

Christian guardó silencio.

—Ya te lo pedí. Varias veces. —Tragué saliva antes de continuar—. Quieres una esposa perfecta frente a los demás, ¿verdad? Está bien. No voy a perjudicar tu imagen ni voy a contarle a nadie lo que sucede dentro de esta casa.

Lo miré directamente.

—Pero aquí dentro ya no pienso seguir fingiendo que nuestro matrimonio es perfecto.

Christian entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no voy a ocuparme de tus necesidades.

La frase pareció desconcertarlo.

—Para eso tenemos empleados —continué—. Martha puede preparar tu desayuno, tu comida y tu cena. Hay personas encargadas de lavar tu ropa, limpiar tu habitación y atender la casa. No entiendo por qué tendría que seguir haciéndolo yo cuando ni siquiera quieres concederme la libertad que te estoy pidiendo.

—Valentina…

—De ahora en adelante, voy a ocuparme de mí.

Christian apretó la mandíbula.

Se puso de pie de golpe y dejó caer la servilleta sobre la mesa.

—Está bien. ¿Quieres seguir con este jueguito de esposa mártir? Hazlo.

Su mirada se clavó en la mía.

—Pero no voy a doblegarme.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

Christian dio un paso hacia mí.

—Métete esto en la cabeza, Valentina: tú y yo estaremos casados hasta que la muerte nos separe. ¿Entendiste?

Lo miré sin saber qué responder.

Negué lentamente con la cabeza.

No porque no hubiera entendido sus palabras.

Precisamente porque las había entendido demasiado bien.

Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse, pero luché contra las lágrimas. No quería que Christian me viera llorar. No quería darle la satisfacción de saber cuánto me afectaban sus palabras.

Hasta que la muerte nos separe.

Aquella frase se quedó dando vueltas en mi cabeza.

Christian se dio la vuelta y salió del comedor.

Unos minutos después, escuché el fuerte portazo de la entrada principal.

Se había marchado.

Yo permanecí sentada frente a mi desayuno, con el tenedor todavía entre los dedos.

El aroma que unos minutos antes me había abierto el apetito ya no parecía tan agradable.

Bajé la mirada hacia mi plato y respiré lentamente.

Había querido recuperar mi vida.

Y acababa de descubrir que, para Christian, incluso algo tan sencillo como dejar de prepararle el desayuno era una amenaza.

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