✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 21

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◷ Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
✦ Publicado el 25 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Christa Bauer✦

A las siete en punto, Santiago llegó por mí, tal como había prometido. Vestía una camisa azul claro que resaltaba sus ojos y llevaba un ramo de flores en las manos.

—Para ti —dijo, extendiéndomelo con una sonrisa tímida.

—Gracias —respondí, aceptándolo con una mezcla de alegría y tristeza. Llevé mi nariz a las flores, recordando cómo se sentía caminar por el campo lleno de flores silvestres. Por un instante, cerré los ojos y pude imaginarme nuevamente en Montenegro, corriendo entre los campos como cuando era niña.

Santiago me llevó a un pequeño restaurante en el centro de la ciudad, un lugar acogedor, iluminado con cálidas luces que creaban un ambiente íntimo. Durante la cena, Santiago me hizo reír con historias de su infancia, historias divertidas de sus hermanos. No me había equivocado al pensar que su familia era de una clase social muy por encima de la mía; incluso si mi padre viviera, toda su familia eran médicos prestigiosos, lo que me hizo recordar a la mujer que conocí cuando fui a buscarlo a aquel residencial de gente rica.

Pero al final de la velada, mientras él hablaba con entusiasmo sobre nuestro futuro, sentí cómo el nudo en mi garganta crecía. Él hablaba de nosotros con tanta seguridad que por un momento quise creer que realmente tendríamos un futuro juntos, uno en el que no existieran secretos ni amenazas.

—Santiago —lo interrumpí, mi voz temblando—. Hay algo que necesito decirte.

No podía ocultarle más, no podía mentirle así. Había pasado demasiado tiempo protegiéndome de todo y de todos, pero él era la única persona a la que deseaba contarle la verdad.

Él dejó su copa en la mesa y me miró con atención.

—Dime, Christa.

Tomé aire, tratando de reunir el valor para hablar, pero las palabras se atoraron en mi garganta. ¿Cómo explicarle todo sin ponerlo en peligro? ¿Cómo decirle que el hombre al que más temía podía convertirlo en su próxima víctima?

—Me iré mañana temprano —dije finalmente, evitando su mirada.

—¿Irte? —preguntó, sorprendido—. ¿A dónde?

—A Montenegro.

Su rostro cambió de inmediato. Pude ver la preocupación aparecer en sus ojos, esa misma mirada que había tenido cuando me encontró por primera vez en la puerta.

—¿Por qué? Creí que habías decidido quedarte aquí un tiempo más.

—Es… complicado. Solo sé que tengo que hacerlo.

Santiago tomó mi mano sobre la mesa, su expresión llena de preocupación.

—Si es tan importante, voy contigo.

Mi corazón se detuvo.

—¡No! —respondí, más rápido de lo que debía. Él me miró fijamente, esperando una explicación—. Quiero decir, no es necesario. Es algo que debo resolver sola.

Santiago no parecía convencido, pero no quiso presionarme más. Acarició suavemente el dorso de mi mano con el pulgar antes de hablar.

—Si es tu decisión, la respeto. Pero prométeme que me llamarás en cuanto llegues. Te prometo que en unos días te alcanzaré allá, apenas hable con mis padres sobre el tema de regresar a Montenegro, ya que por ahora se encuentran renuentes por lo del accidente.

Asentí, sintiéndome como la peor persona del mundo. Él confiaba en mí y yo estaba ocultándole que regresaba porque Marcelo había amenazado a las personas que amaba.

Esa noche, mientras regresábamos, Santiago no dejó de mirarme, como si supiera que algo estaba mal, pero no supiera cómo preguntarlo. Yo tampoco sabía cómo explicarle que, aunque estaba feliz de tenerlo a mi lado, una parte de mí sentía que aquella noche podía ser la última vez que estuviéramos juntos.

—Gracias por todo, Santiago —le dije al detenernos frente a la puerta, girándome para mirarlo. Sus ojos se clavaron en los míos y sentí un ligero temblor en mi pecho.

—No tienes que agradecerme nada, Christa —respondió suavemente. Su voz era un bálsamo para mis nervios.

Un silencio cargado se extendió entre nosotros. Él levantó una mano y rozó mi mejilla con sus dedos, como si fuera lo más natural del mundo, aunque la forma en que me miraba hizo que mi corazón comenzara a latir más rápido.

—No quiero irme aún —confesó en un susurro, su mirada buscando la mía, pidiendo permiso y algo más que no lograba descifrar del todo.

Sentí el calor subir a mis mejillas. No quería que se fuera tampoco. Había esperado tantos meses para volver a tenerlo cerca que la idea de separarnos nuevamente me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Antes de que pudiera pensar demasiado, me escuché a mí misma decir:

—Entonces… quédate.

Santiago se detuvo un momento, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien. Su rostro se iluminó con una mezcla de sorpresa y ternura.

—¿Estás segura? —preguntó, su voz apenas un murmullo.

Asentí, mi corazón latiendo con fuerza mientras abría la puerta y lo invitaba a entrar. Estaba consciente de que no podía tener invitados en mi habitación, era una regla de la casa de la señora Esther; las habitaciones eran muy pequeñas y no quería que los inquilinos causaran desorden, pero de todos modos me estaba arriesgando. Mañana ya no dormiría aquí. Subimos las escaleras en silencio, con el ambiente entre nosotros lleno de expectativa. Al llegar a mi habitación, giré para enfrentarlo.

—No quiero estar sola esta noche —le dije, con mi voz temblando un poco.

Santiago dio un paso hacia mí, cerrando la distancia entre nosotros. Sus manos encontraron mi cintura y el simple contacto envió una corriente eléctrica a través de mi cuerpo.

—Nunca tendrás que estar sola si yo puedo evitarlo —respondió con firmeza, antes de inclinarse y tomar mis labios en un beso profundo.

Sus labios eran cálidos, suaves y llenos de todo lo que no habíamos dicho con palabras. Me rendí completamente al momento, rodeando su cuello con mis brazos mientras él me acercaba más a su cuerpo. Sentí que el mundo desaparecía a nuestro alrededor y, por primera vez desde que había huido de Montenegro, no tuve miedo.

Cuando nos separamos para tomar aire, apoyó su frente contra la mía, sus dedos acariciando mi mejilla.

—Eres todo lo que he deseado, Christa —murmuró.

Lo miré a los ojos y sentí que mis nervios aumentaban. No era solamente deseo lo que veía en su mirada. Era amor, ternura y una pregunta silenciosa que me permitió entender que podía detenerme en cualquier momento.

Tomé su mano y lo guié hacia la cama. Cada movimiento era lento, deliberado, como si quisiéramos alargar el momento, disfrutar de cada segundo. Me senté al borde de la cama y lo miré con una mezcla de nervios y anhelo.

—Quédate conmigo —le pedí una vez más, mi voz apenas un susurro.

Santiago no respondió con palabras. En lugar de eso, se inclinó para besarme de nuevo, esta vez con más intensidad, mientras se acomodaba a mi lado. Sus manos exploraron con delicadeza, trazando líneas invisibles en mi piel, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, podía sentir cuánto cuidado había en sus movimientos.

Nos dejamos llevar por la intimidad del momento, nuestros cuerpos sincronizados en un lenguaje silencioso de deseo y amor. Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si en ese instante solo existiéramos él y yo. Las caricias de Santiago se sentían como seda sobre mi piel. Con manos temblorosas por mi inexperiencia, me permití tocar todo su cuerpo, descubriéndolo poco a poco, mientras la vergüenza desaparecía y solo quedaba la confianza que sentía a su lado.

Cada caricia suya encendía algo profundo en mí, algo que hacía eco en lo más íntimo de mi ser. Su cercanía me hacía sentir vulnerable, pero nunca expuesta; sus gestos me recordaban que podía confiar en él. Por primera vez comprendí que entregarme no significaba perderme, sino compartir con él una parte de mí que jamás había mostrado a nadie.

Mis manos buscaban anclarse en su espalda, como si temiera perderme en la vorágine de emociones que me envolvía. Él, atento a cada respuesta de mi cuerpo, me sostenía con fuerza y delicadeza a la vez, creando una conexión que iba más allá de lo físico.

La habitación parecía llenarse de una energía vibrante, mientras cada movimiento nos acercaba más a un lugar de absoluta entrega. Cerré los ojos, dejando que las emociones me inundaran por completo. Un calor creciente se extendió por todo mi cuerpo, una sensación tan intensa que me hizo jadear contra su hombro. Aferrada a él, comprendí que ya no quería pensar en el mañana; solo quería guardar aquella noche en lo más profundo de mi corazón.

Entonces, una oleada de pura euforia me atravesó, como una explosión que lo abarcaba todo. Santiago murmuró mi nombre, su voz cargada de emoción, y me di cuenta de que en ese instante no existía nada más, solo nosotros dos y el amor que nos unía.

—Te amo, Christa —susurró en mi oído, su voz ronca y llena de emoción.

—Y yo a ti, Santiago —respondí, con mi corazón desbordándose.

Nos quedamos así, abrazados en la penumbra, mientras el mundo exterior parecía desvanecerse. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente en paz. Acurrucada contra su pecho, escuché el latido de su corazón y pensé que quizá ese era el lugar al que siempre había querido regresar: los brazos del hombre que amaba.

…

A la mañana siguiente, Santiago me acompañó hasta la central de autobuses. El sol apenas comenzaba a iluminar la ciudad, bañando nuestras siluetas con un tenue resplandor dorado. Caminamos en silencio hasta el andén, sus dedos entrelazados con los míos, como si ninguno de los dos quisiera soltar al otro.

Cuando llegó el momento de despedirnos, me envolvió en un abrazo cálido, de esos que parecen detener el tiempo. Mis manos se aferraron a su espalda, memorizando cada detalle, mientras su perfume se grababa en mi memoria como un bálsamo reconfortante. Ahora sabía que llevaría aquella noche conmigo, sin importar lo que ocurriera en Montenegro.

—Prometo que en unos días estaré contigo —murmuró junto a mi oído, su voz cargada de firmeza y consuelo.

Sus labios encontraron los míos en un beso que fue a la vez despedida y promesa. Intenté contener las lágrimas, pero una se deslizó por mi mejilla. Santiago la atrapó con la yema de su dedo, dedicándome una mirada que parecía querer grabarme en su alma.

Con el corazón hecho pedazos, tomé mi pequeña maleta y subí al autobús. Desde la ventanilla, lo observé quedarse allí, inmóvil, con las manos en los bolsillos y el rostro inundado de preocupación. Mientras el autobús se alejaba, me forcé a mirar hacia adelante, recordándome que debía enfrentar al demonio que había destrozado mi vida. Montenegro me esperaba, con todos sus fantasmas y secretos.

Sabía que no sería fácil, pero en el fondo sentía que algo había cambiado. Esta vez no estaba huyendo; esta vez estaba lista para luchar.

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