Capítulo 42
Hasta que finalmente se decidió a acercar su rostro al mío, quedando tan cerca que apenas podía respirar. Sus manos estaban apoyadas contra la pared, a ambos lados de mi cuerpo, aprisionándome como si fuera una fiera salvaje y yo su víctima.
Cerré los ojos con fuerza justo cuando levantó una mano. Fue un instinto. Por un segundo pensé que iba a golpearme aunque fuera una locura y no lo creyera capaz, a pesar de todo él no era así, pero en lugar de eso sentí sus dedos limpiando las lágrimas que resbalaban por mis mejillas.
Abrí los ojos lentamente.
No lo entendía.
¿Cómo podía pasar de estar furioso a tocarme con aquella delicadeza?
—Christian…
Mi voz salió convertida en una súplica. Necesitaba saber qué estaba pensando, necesitaba entender qué estaba sucediendo dentro de su cabeza, pero él no respondió.
Solo acercó su rostro un poco más hasta rozar su nariz con la mía.
Un cosquilleo recorrió mi estómago.
Aquellas sensaciones que durante tanto tiempo había deseado sentir ahora llegaban en el peor momento posible.
—Eres mi esposa —susurró, casi rozando mis labios—. Mía, solo mía.
Sentí que mi cuerpo comenzaba a perder fuerza.
Por un instante quise dejarme caer entre sus brazos.
Dios, cuánto había deseado que Christian me mirara de aquella manera.
Durante dos años había esperado que me deseara, que me tocara con cariño, que me hiciera sentir que realmente era su esposa y no una obligación que había aceptado por su familia.
Pero ahora que finalmente lo hacía, tenía miedo.
Porque lo conocía.
Sabía que podía despertar una mañana y volver a ser el mismo hombre distante de siempre.
—Puedo olvidar todo, Val —murmuró—. Incluso la bofetada que acabas de darme.
Sus labios rozaron los míos. Val, hace mucho que no escuchaba que me llamara así.
—Subamos a la suite presidencial. Hace mucho que no estamos juntos y te deseo. Ahora mismo te deseo.
Mi respiración se volvió irregular.
—Quiero hacerte recordar que solamente yo puedo ser el dueño de tu corazón.
Cerré los ojos.
Dios, dame fuerzas.
Siempre había deseado que Christian me amara, pero ahora era demasiado tarde.
No podía permitirme olvidar todo lo que había sufrido solo porque, de repente, él había decidido acercarse a mí.
Él amaba a otra mujer.
Eso era lo que yo había visto durante años.
Briana siempre había estado a su lado. Ella sabía cómo hacerlo sonreír, cómo escucharlo, cómo hacerlo sentir importante. Yo nunca había podido competir con eso.
¿Y qué pasaría después?
¿Christian volvería a ignorarme cuando todo regresara a la normalidad?
¿Volvería a pasar horas en casa de Briana mientras yo permanecía sola en aquella enorme mansión?
¿Volvería a convertirme en el fantasma de una casa que cada día odiaba más?
No.
No podía regresar a eso.
—No… por favor —jadeé.
Christian acercó sus labios a mi oído y el roce de su aliento me estremeció por completo. Mis piernas temblaron.
—No, Valentina —me repetí mentalmente—. No le creas.
Quería creerle.
Ese era el problema.
Una parte de mí quería olvidar todo y aferrarse a él. Quería creer que aquella vez sería diferente, que finalmente había comprendido lo que estaba a punto de perder.
Pero no podía arriesgarme.
No después de haber reunido el valor para pedir el divorcio.
No después de haber decidido que quería recuperar mi vida.
No sabía de dónde saqué fuerzas, pero apoyé ambas manos sobre su pecho y lo empujé.
—¡Te he dicho que no quiero!
Mi voz resonó por el pasillo.
La mirada de Christian cambió al instante.
La ternura desapareció de sus ojos y volvió aquella expresión oscura que ya conocía demasiado bien.
—¿Rechazas a tu esposo? —preguntó con la voz baja—. ¿Al único hombre que tiene derecho a tocarte?
Lo miré.
Esta vez no retrocedí.
Tenía miedo, pero no iba a ceder.
—No puedo.
No esperé su respuesta.
Me di la vuelta y corrí hacia la salida del hotel.
No quería saber qué pensaba.
No quería escuchar otra palabra.
Solo necesitaba alejarme antes de que mi propia debilidad me hiciera cambiar de opinión.
Sentía el corazón golpeando con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Creí escuchar detrás de mí el sonido de un vidrio rompiéndose, pero no volteé.
Seguí caminando, casi corriendo, hasta llegar a la calle.
Por fortuna, un taxi acababa de detenerse frente al hotel.
Abrí la puerta y subí sin pensarlo.
—¿A dónde, señorita? —preguntó el conductor.
Miré por la ventana.
El hotel comenzó a quedar atrás.
Tragué saliva.
—Al hospital San Román.
El taxi arrancó.
Solo entonces me permití llorar.
No sabía qué había sido más difícil.
Rechazar al hombre que todavía amaba…
O aceptar que, aunque mi corazón quisiera correr de regreso hacia él, yo ya no podía permitirme volver a ser la mujer que había sido.
…
El taxi apenas había avanzado un par de calles cuando un dolor agudo atravesó mi costado derecho.
Me llevé una mano al cuerpo de inmediato.
—Ah…
El dolor fue tan intenso que me dejó sin respiración.
Me incliné ligeramente hacia adelante, tratando de encontrar una posición que lo hiciera soportable, pero no funcionó. Cada vez que intentaba tomar aire, una punzada parecía extenderse desde mi costado hasta la espalda.
Apreté los dientes.
¿Qué me estaba pasando?
Había sentido molestias durante los últimos días, pero aquello era diferente.
Mucho peor.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el conductor, mirándome por el espejo retrovisor.
Intenté responder, pero apenas conseguí tomar aire.
—Sí… solo… siga, por favor.
No quería preocuparlo.
Tampoco quería pensar en lo que podía significar aquel dolor.
El tratamiento apenas había comenzado y, en lugar de sentirme mejor, cada día parecía encontrar una nueva forma de recordarme que mi cuerpo estaba enfermo.
Cerré los ojos durante unos segundos y apoyé la cabeza contra el asiento.
Tenía miedo.
No de morir.
Al menos, no todavía.
Tenía miedo de perder el control sobre mi propio cuerpo.
De terminar dependiendo de otras personas para hacer cosas tan simples como caminar, trabajar o cocinar.
Y, sobre todo, tenía miedo de que aquello fuera apenas el principio.
—Ya casi llegamos —anunció el conductor.
Abrí los ojos.
El consultorio del doctor San Román estaba a pocos minutos.
Por fortuna, el tráfico no era demasiado pesado y el taxi llegó mucho antes de lo que esperaba.
En cuanto se detuvo, saqué un billete de alta denominación de mi bolso.
Me temblaban tanto las manos que casi se me cayó.
Se lo extendí al conductor.
—Quédese con el cambio.
El hombre miró el billete y después me observó a mí, completamente confundido.
—Pero, señorita…
No esperé a escuchar el resto.
Abrí la puerta y bajé.
El dolor volvió a atravesarme el costado.
Me llevé una mano al lado derecho y apreté con fuerza mientras avanzaba hacia el edificio.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Mi visión comenzó a nublarse.
No.
Todavía no.
Por favor.
Apreté el paso.
Necesitaba llegar al consultorio.
Necesitaba ver a Tadeo.
Quizá él podría decirme qué estaba ocurriendo.
Quizá podría ayudarme.
Entré al edificio casi corriendo y pasé de largo junto a la asistente.
—Señora… el doctor est…
No me detuve.
Seguí caminando hasta llegar a la puerta del consultorio.
La abrí sin siquiera tocar.
Tadeo levantó la mirada de inmediato.
Al verme, su expresión cambió por completo.
Se puso de pie tan rápido que la silla quedó atrás.
—Valentina.
Intenté acercarme a él.
Pero mis piernas comenzaron a fallarme.
—Estoy mal… —logré decir.
Tadeo dio un paso hacia mí.
—¿Qué pasó?
Me aferré al marco de la puerta para no caer.
El dolor volvió a golpearme con tanta fuerza que sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—Siento que… me muero…
La preocupación en los ojos de Tadeo fue lo último que alcancé a distinguir.
Después, todo se volvió negro.
