Capítulo 56
Conduje durante casi una hora por la carretera nacional, aferrada al volante mientras repasaba la llamada de Christian. Su decisión de darle más autoridad a Valentina me había arruinado el humor, pero lo que más me molestaba era la tranquilidad con la que mi cuñada parecía aceptar una posición que hasta hacía poco yo había ocupado sin que nadie se atreviera a cuestionarla.
Valentina Montesinos siempre había sido un estorbo. ¡Maldita la hora en que se casó con Christian! Durante dos años había soportado sus silencios y desplantes, convencida de que aquel matrimonio terminaría convirtiéndose en un fracaso, ya que nunca debió haber ocurrido. Sin embargo, ahora él parecía dispuesto a escucharla, y eso podía complicar los planes que tanto me había esforzado por mantener bajo control.
Yo había aprendido a moverme dentro de la familia Kuri, a reconocer sus debilidades y a utilizar las promesas, las obligaciones y los sentimientos de culpa a mi favor. No pensaba permitir que una mujer como Valentina, por mucho que llevara aquel apellido, echara a perder todo lo que había construido.
Cuando apareció el desvío que buscaba, giré hacia una carretera secundaria rodeada de terrenos secos y árboles dispersos. Al fondo se distinguía el letrero desgastado de una vulcanizadora, junto a una propiedad apartada de cualquier zona concurrida. El lugar no tenía nada de elegante, pero precisamente por eso lo había elegido en un principio. Nadie de mi círculo social tenía motivos para aparecer por allí y, si alguien lo hacía, encontraría una explicación perfectamente corriente.
Estacioné frente a una vieja casa de madera, junto al taller.
Pedro trabajaba en una camioneta con el cofre abierto. Llevaba una camisa de cuadros remangada hasta los codos y unos pantalones de mezclilla manchados de grasa. Su piel morena brillaba ligeramente por el calor, y los músculos de sus brazos se tensaban cada vez que utilizaba la llave mecánica. Era un hombre atractivo, pero lo que más me gustaba de él iba mucho más allá de su físico: Pedro sabía mirar más allá de las apariencias y nunca confundía mi belleza con ingenuidad.
Al escuchar mis pasos sobre la grava, dejó la herramienta a un lado, se quitó los guantes y se limpió las manos con un trapo antes de volverse hacia mí.
—¿Se le ofrece algo, señorita?
Su tono formal me arrancó una sonrisa. Me divertía aquel juego, la manera en que podía tratarme como si fuera una desconocida y, unos segundos después, hacerme olvidar todo lo demás.
—Necesito descargar esta furia que llevo por dentro.
Pedro dejó el trapo sobre una mesa y me observó de arriba abajo.
—Pues llegaste al lugar indicado. Aunque, por esa cara, creo que hoy ni con una caja de herramientas voy a poder arreglarte el humor.
—No me tientes.
Solté una carcajada y me lancé hacia él. Rodeé su cintura con las piernas mientras me sujetaba y me alzaba del suelo. Lo besé antes de que pudiera seguir burlándose de mí. Pedro respondió con entusiasmo, sujetándome con firmeza, hasta que me separé para tomar aire.
—Ven —murmuró, bajándome con cuidado—. Vamos a que me cuentes qué te hizo ahora tu cuñadita.
—No empieces a llamarla así, como si fuera una niña caprichosa. Valentina sabe perfectamente lo que hace. No tiene ni un pelo de tonta, por mucho que se empeñe en poner cara de mosca muerta.
Pedro recogió sus guantes y me dedicó una mirada cómplice.
—Entonces habrá que tenerla vigilada. Me dijiste que tenías a Christian bajo control. ¿Qué pasó con eso?
Le lancé una mirada irritada.
—Christian ha decidido darle más autoridad en la organización del aniversario de Grupo Kuri. Además, contrató a una asistente para supervisar los preparativos. Ahora resulta que ellas se encargarán de lo importante mientras a mí me dejan tareas que cualquiera podría realizar. Después de todo lo que he hecho por esa familia, merezco algo más que esto.
Pedro abrió la puerta de la casa y me hizo una seña para que entrara. El interior olía a madera, café y aceite de motor. Sobre una mesa había una cafetera, dos tazas desiguales y varios papeles que apartó antes de ofrecerme asiento.
—Pues vaya manera de agradecerte las cosas —comentó mientras servía el café—. Si Christian supiera que gracias a nosotros ahora es el heredero de toda la fortuna de su familia…
—Eso nunca lo sabrá.
