Capítulo 57
Se sentó frente a mí y tomó su taza. Con Pedro podía hablar sin fingir dulzura ni medir cada palabra. No necesitaba que alabara mis decisiones; necesitaba a alguien que entendiera lo que estaba en juego y me ayudara a encontrar la manera de conseguirlo.
—Christian está cambiando —admití—. Pensé que tenía todo bajo control. Tenía previsto confesarle mis sentimientos después de la ceremonia, porque estaba convencida de que su matrimonio con Valentina no tenía futuro. Pero hoy parecía dispuesto a compensarla por algo. No sé qué ha pasado entre ellos y no me gusta. Necesito que se divorcie de ella pero no solo eso que la destruya para que no haya posibilidad de que un día regrese.
Pedro bebió un sorbo de café antes de responder.
—¿Y si están arreglando sus problemas? Llevan dos años casados. En algún momento tenían que hablarse, ¿no?
—No digas tonterías.
—Bueno, también cabe la posibilidad de que esté embarazada.
Lo miré horrorizada.
—¡Eso arruinaría nuestros planes por completo! Hemos trabajado demasiado para llegar hasta aquí.
Pedro dejó la taza sobre la mesa y se encogió de hombros.
—Pues más vale que no lo esté. No creo que a nadie le convenga otra tragedia en esa familia.
La ligereza de su tono contrastaba con el significado de sus palabras. Ambos sabíamos que había asuntos que no podíamos permitirnos ver complicados por una sorpresa inesperada.
—¿Y qué propones? —pregunté.
—Primero tenemos que averiguar qué le pasa. Si está preocupado por su salud, ya sabemos por dónde va la cosa. Si se siente culpable por cómo la ha tratado, también podemos entenderlo. Pero si empieza a verla de otra manera, habrá que movernos con más cuidado.
—Christian siempre ha estado enamorado de mí. Lo sé. Solo necesito darle los motivos suficientes para que la deseche.
Pedro sonrió de lado.
—Entonces todavía no entiendo por qué se casó con ella, tu dijiste que la boda no se realizaría después de la muerte de su padre, ya que era un matrimonio arreglado, sin embargo, sí sucedió y no pudiste hacer nada.
Apreté la mandíbula al recordarlo, maldita Valentina.
—Christian es el hombre más recto que conozco seguramente le hizo la promesa a su padre, él me ha dicho que se siente vacío que solo cuando está con Santi y conmigo siente calidez. No voy a permitir que ella se interponga entre nosotros y lo que nos corresponde —dije.
Pedro extendió la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los míos.
—Y no lo vamos a permitir. Pero tenemos que jugar bien nuestras cartas, preciosa. No podemos echar a perder todo por un arranque de celos.
Lo miré, sorprendida por la facilidad con la que había expresado lo que ambos pensábamos.
—Por eso te elegí a ti.
Me reí y me levanté para rodear la mesa. Me coloqué detrás de él, apoyé las manos sobre sus hombros y me incliné para susurrarle al oído.
—Aunque he de admitir que tampoco estás nada mal.
Pedro me tomó de la mano y me hizo girar para dejarme frente a él.
—Eso ya lo sabía. Lo que quiero saber es qué vamos a hacer con tu cuñada.
Me acomodé en sus piernas y apoyé una mano sobre su pecho.
—Si Christian vuelve a acercarse a ella, perderemos el control de la situación. No quiero que empiece a confiar en Valentina. Si dejamos que siga así, pronto todo pasará por sus manos.
Pedro me acarició la cintura mientras reflexionaba.
—Pues haz lo que mejor sabes hacer. Sonríe, sé amable y averigua cuánto sabe esa mujer. No necesitas convertirla en tu enemiga para descubrir si puede estorbarnos.
—¿Y también debo felicitar a Valentina por haber recuperado la atención de su marido?
—Si hace falta, sí. ¿Qué te cuesta poner tu mejor sonrisa? Lo haces todos los días con gente que te cae peor.
Le di un pequeño golpe en el hombro.
—Eres insoportable.
—Pero te hago reír…
Pedro soltó una carcajada y me besó la frente. Su manera de ver las cosas siempre me había resultado útil. Mientras yo conocía las costumbres de la familia Kuri y sabía cómo moverme entre sus integrantes, él encontraba soluciones prácticas, sin perderse en apariencias ni discursos. Formábamos un buen equipo, y no pensaba renunciar a eso.
—¿Y si las cosas se complican? —pregunté, más seria.
—Pues las arreglamos. Si una pieza no sirve, buscas otra manera de hacer funcionar el motor. Lo importante es no meterle mano a lo loco y terminar rompiendo algo que todavía nos sirve.
Sonreí.
—A veces olvido que eres más listo de lo que aparentas.
Se echó a reír mientras yo le daba un golpe juguetón en el pecho. Después me sujetó por la cintura y me acercó para besarme.
—Tranquila, mujer. No hemos llegado hasta aquí para echarlo todo a perder ahora.
Me quedé mirándolo unos segundos. Pedro no estaba dispuesto a conformarse con lo que otros le permitieran tener, y esa determinación era una de las cosas que más me atraían de él.
—Christian cree que tiene una familia que proteger —murmuré—. Una empresa que dirigir, un apellido que honrar y promesas que cumplir. No va a renunciar a todo eso.
—No necesita hacerlo. Solo tenemos que asegurarnos de que siga haciendo lo que esperamos de él.
Una sonrisa se dibujó en mis labios. Pedro comprendía que el apellido Kuri podía abrirnos las puertas de una vida que jamás habríamos conseguido por nuestros propios medios. Christian seguía siendo la pieza central de nuestros planes, y Valentina no iba a arrebatarnos aquella oportunidad.
Me acerqué para besarlo, esta vez sin la urgencia con la que había llegado. Pedro me rodeó la cintura y me atrajo hacia él.
—¿Ya se te pasó el coraje? —preguntó.
—Un poco.
—Entonces ven acá.
Por unos instantes, pude olvidarme de Christian, de Valentina y de los cambios que amenazaban con alterar mis planes. Pero sabía que aquella calma no duraría demasiado.
Al día siguiente volvería a la mansión con una sonrisa impecable. Sería amable con Isabella, felicitaría a Valentina por los preparativos y fingiría que la decisión de Christian no me había molestado.
Dejaría que mi cuñada disfrutara de aquella pequeña victoria.
Mientras tanto, averiguaría qué estaba ocurriendo entre ellos y encontraría la forma de mantener nuestros planes en marcha. Había llegado demasiado lejos para rendirme ahora, y no pensaba permitir que nadie se interpusiera entre nosotros y la fortuna Kuri.
