✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 10

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
Publicado el 21 de agosto de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina Montesinos

Apenas llegamos a casa, caminé directamente hacia mi habitación. Lo único que deseaba era deshacerme de aquella ropa y de los zapatos que después de varias horas comenzaban a lastimarme los pies. Estaba cansada, fastidiada y, sobre todo, enferma. El dolor que había sentido durante la cena no había desaparecido por completo y las náuseas continuaban apareciendo de vez en cuando, aunque había hecho todo lo posible por ocultarlo frente a mi suegra. Lo último que necesitaba era otro interrogatorio sobre mi salud. Crucé la habitación y estaba a punto de entrar al baño cuando la puerta se abrió detrás de mí. Me giré y encontré a Christian entrando, con el saco colgando de una de sus manos mientras se desajustaba la corbata con la otra. Por su rostro podía notar que él también estaba cansado. Lo conocía lo suficiente para saber que era probablemente uno de los hombres más responsables que había conocido en mi vida. Era disciplinado hasta el extremo, pasaba prácticamente todo el día en la oficina y, por las tardes, muchas veces terminaba en casa de Briana. Cuando finalmente regresaba, apenas dormía unas horas antes de volver a levantarse para comenzar nuevamente con su rutina. Por eso supuse que aquella noche simplemente entraría, se cambiaría y se iría a dormir. Pero me bastó verlo dejar caer el saco sobre el taburete frente al tocador para comprender que no tenía intención de hacerlo.

Christian se quedó de pie frente a mí y llevó ambas manos a su cintura. Su expresión cambió por completo. Aquella mirada seria, casi de reprimenda, me hizo saber inmediatamente que se avecinaba uno de sus reproches. Lo observé en silencio durante unos segundos, intentando descubrir qué podía haber ocurrido esta vez. No tenía fuerzas para discutir. No después de la cena, no después de todo lo que había sucedido durante las últimas semanas y mucho menos después de haber pasado el día entero intentando esconder una enfermedad que podía cambiar mi vida para siempre.

—Mi madre solo intenta integrarte en nuestro círculo —soltó finalmente, con un tono que dejaba claro que probablemente había estado reprimiendo aquellas palabras durante todo el camino de regreso—. ¿Qué tan difícil es para ti eso?

No me sorprendió.

De hecho, casi había esperado que dijera algo parecido.

Respiré profundamente y mantuve la voz tranquila.

—Lo siento. Aún no me recupero del todo. Pensé que Briana podría ir este mes a los eventos y yo podría comenzar el próximo. Ella fue preparada para esto, Christian. Se mueve entre las personas como pez en el agua. Nació para esto. En cambio, yo…

—En cambio tú eres mi esposa —me interrumpió—. La señora Kuri. Esposa del presidente del Grupo Kuri.

Sus palabras me hicieron guardar silencio.

Cuando Christian y yo nos casamos, él ni siquiera era el heredero de la familia. Ese lugar le pertenecía a Marcelo. Todo el mundo había dado por hecho que mi cuñado sería quien tomaría las riendas del conglomerado y que Briana se convertiría en la gran señora Kuri, siguiendo los pasos de mi suegra. Ella había sido preparada para ocupar ese lugar desde mucho antes de que yo apareciera en la vida de Christian. Había aprendido a desenvolverse en reuniones, a relacionarse con empresarios, políticos y miembros de la alta sociedad; sabía qué decir, cómo vestir, cuándo sonreír y, sobre todo, cómo representar a una familia como los Kuri. Después de la muerte de Marcelo, todo cambió. Christian tuvo que ocupar el lugar que jamás había esperado y convertirse de un día para otro en el heredero de un imperio que no estaba preparado para dirigir. Pero Briana había continuado con aquellas funciones junto a mi suegra. Y ahora parecía que, de repente, yo tenía que ocupar un espacio que nunca me habían permitido conocer.

Christian parecía exasperado. Había algo que lo molestaba, algo que no conseguía identificar del todo. Me miraba con disgusto y podía sentir que estaba conteniendo más palabras. Entonces dio un par de pasos hacia mí, reduciendo la distancia que nos separaba. El aroma de su perfume amaderado llegó hasta mí y, por un instante, mi corazón reaccionó como siempre lo hacía cuando lo tenía demasiado cerca. Era absurdo. Incluso cuando estaba enojado conmigo, incluso cuando sus palabras conseguían lastimarme, mi cuerpo todavía recordaba al hombre que amaba. Bajé ligeramente la mirada para que él no pudiera descubrirlo.

—Tienes responsabilidades, Valentina. Lo sabías desde el momento en que firmaste el acta de matrimonio —continuó—. ¿Crees que es fácil para mí?

Levanté los ojos.

—Yo no dije eso.

—Tampoco fui preparado para tomar el puesto de mi hermano —me interrumpió nuevamente—. Y aquí estoy. Haciendo lo mejor que puedo. Sacando adelante un conglomerado multimillonario del que dependen miles de personas, mientras mi esposa se comporta como una niña mimada que no quiere asistir a un evento.

Soltó una pequeña risita cargada de sarcasmo.

Sentí cómo mis manos se cerraban lentamente en puños.

No era la primera vez que me llamaba mimada, pero aquella noche sus palabras dolieron de una manera diferente. Quizá porque yo sabía algo que él desconocía. Mientras Christian hablaba de mis responsabilidades, yo llevaba dentro de mí una enfermedad que podía terminar arrebatándome mucho más que un par de eventos sociales.

—¿Crees que ha sido fácil para mi madre después de haber perdido a su esposo y a su hijo el mismo día? —continuó—. Y, sin embargo, se levanta todos los días a pesar del dolor para cumplir con funciones que, en su mayoría, te corresponden a ti. Al igual que Briana. Ella perdió a su esposo, al padre de su hijo y, a pesar de eso, siempre está de buen humor. Es amable, todavía hornea, tiene energía para jugar con Santi y además acompaña siempre a mi madre.

Cada palabra parecía golpearme directamente en el pecho.

—¿Y dónde estás tú, Valentina? —preguntó.

No respondí.

—Aquí. En la comodidad de esta casa. Rodeada de lujos. Nada te falta y ni siquiera puedes agradecerlo.

Apreté los dientes.

No era el lujo lo que me dolía.

Era la forma en que hablaba de Briana.

La admiración en su voz.

La manera en que la utilizaba como ejemplo.

La forma en que parecía conocer cada detalle de su vida, de su dolor, de sus esfuerzos, mientras no sabía absolutamente nada de los míos.

Levanté lentamente la mirada hacia él.

Esta vez ya no pude callarme.

—Al principio quise estar ahí apoyándote.

Mi voz salió mucho más baja de lo que esperaba, pero no retrocedí.

—Quise hacer todo lo posible, aunque no tuviera idea de cómo hacerlo. Intenté acercarme a ti, intenté acompañarte, preguntarte qué necesitabas, aprender sobre tus negocios, sobre tu familia… intenté ser tu esposa.

Christian frunció el ceño.

—Valentina…

—Pero siempre me decías que era mejor que me quedara en casa.

Mi voz comenzó a temblar ligeramente, aunque hice todo lo posible por controlarla.

—Siempre me dijiste que ustedes resolverían todo. Que no necesitabas que estuviera ahí. Que era mejor que no me involucrara.

Christian guardó silencio.

—Siempre preferiste que te esperara encerrada dentro de esta mansión.

Sentí un nudo en la garganta, pero continué.

—Y ahora, de la nada, quieren que asista a todos los eventos. Que aparezca junto a tu madre. Que conozca a las personas que forman parte de tu círculo. Que represente a una familia para la que nunca me prepararon.

Di un paso hacia él.

—¿Por qué?

Christian me observó fijamente.

Por primera vez desde que había comenzado aquella discusión, no tuvo una respuesta inmediata.

Y yo aproveché aquel silencio para hacer la pregunta que llevaba demasiado tiempo guardándome.

—¿Por qué ahora, Christian?

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Por qué después de dos años de decirme que me quedara al margen, de pronto les preocupa tanto que todos sepan quién es la señora Kuri?

El silencio que siguió fue pesado.

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