Capítulo 11
Christian respiró profundamente antes de responder. Por unos segundos permaneció mirándome fijamente, como si estuviera tratando de decidir cuánto quería decirme y cuánto prefería seguir guardándose. Finalmente apartó la mirada y pasó una mano por su cabello, todavía visiblemente molesto.
—Porque Briana cree que piensas que entre ella y yo hay algo.
Fruncí el ceño.
Así que de eso se trataba.
Por un instante sentí que una sonrisa irónica amenazaba con aparecer en mis labios. Hacía apenas unos días había tenido aquella conversación con Briana. Ella misma me había preguntado si me molestaban las atenciones que Christian tenía hacia ella y hacia Santi, y yo le había asegurado que no. Le había dicho que entendía perfectamente la relación que tenían y que no veía nada extraño en que Christian quisiera cuidar de su sobrino. Entonces, ¿por qué había llevado aquella conversación hasta Christian?
Comprendía todo.
Y, sinceramente, no tenía intención de pelear por un esposo que nunca había sentido que fuera mío.
—¿Y tú no te has puesto a pensar por qué Briana cree eso? —pregunté, intentando mantener la calma—. Será por todas las tardes que pasas en su casa, por todas las atenciones que tienes con ella y no solamente con Santi. Por la manera en que la miras y cómo le hablas.
Christian frunció el ceño de inmediato, como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.
—¿Qué estás insinuando?
—No estoy insinuando nada, solo describo lo que ven mis ojos.
Negó con la cabeza y volvió a llevarse una mano al cabello. La mandíbula se le había tensado y pude ver cómo apretaba los dientes.
—¡Briana es mi cuñada! —espetó finalmente—. ¡La viuda de mi hermano fallecido! ¿Cómo se te ocurre pensar algo así? ¡Eso es absurdo!
Su voz retumbó en la habitación.
Me sobresalté.
Pocas veces había escuchado a Christian gritar de aquella manera. Durante los dos años que llevábamos casados había aprendido a conocer sus silencios, sus gestos de molestia y hasta la forma en que respiraba cuando algo le desagradaba, pero nunca lo había visto perder el control conmigo.
Respiré profundamente, intentando que su enojo no me arrastrara con él.
—No es absurdo.
—¿Entonces qué es?
—Tú y ella tienen una historia, Christian. Ella es tu cuñada, no tu hermana de sangre. Entre dos personas del sexo opuesto pueden nacer sentimientos y, si esos sentimientos ya existían antes…
—No puedo creer que estés celosa de tu cuñada.
Sus palabras me hicieron callar.
Christian dio un paso hacia mí.
—Entre ella y yo no hay nada. Nada. Le prometí a mi hermano que cuidaría de ellos porque son mi familia y porque es lo que él hubiera querido. Pero jamás pensé que dentro de ti pudieran existir pensamientos tan… impuros.
Abrí los ojos con incredulidad.
¿Impuros?
Por un momento me quedé mirándolo sin saber qué decir. Era increíble la facilidad con la que había conseguido darle la vuelta a la conversación. Habíamos comenzado hablando de las razones por las que él y su familia querían que yo apareciera de pronto en eventos sociales y ahora estaba ahí, siendo presentada como una mujer celosa, desconfiada y prácticamente malintencionada.
Sentí cómo algo dentro de mí comenzaba a romperse.
—Yo no tengo la culpa de que Briana se haya casado con Marcelo y no contigo, Christian.
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
Y en cuanto las pronuncié, supe que había cometido un error.
Había jugado con fuego.
Christian se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos se clavaron en los míos y pude ver cómo apretaba la mandíbula con tanta fuerza que un músculo comenzó a marcarse en su rostro.
—Y yo no tengo la culpa de que mi padre haya querido proteger a la hija de una de sus conquistas casándola conmigo.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué…?
Mi voz apenas salió.
Parpadeé varias veces, convencida de que había escuchado mal.
—¿Qué dices?
Christian también pareció darse cuenta de inmediato de lo que acababa de decir. Su expresión cambió. La furia desapareció lentamente de su rostro y fue sustituida por algo que no había visto antes en sus ojos.
Arrepentimiento.
Yo continuaba mirándolo, incapaz de comprender.
—¿La hija de una de sus conquistas? —repetí, casi en un susurro.
Christian no respondió.
Sentí que el suelo parecía moverse bajo mis pies.
Mi respiración se volvió irregular y tuve que llevar una mano al borde del tocador para sostenerme.
—¿De qué estás hablando?
Christian me observó en silencio durante unos segundos.
Entonces comprendió algo.
Comprendió por mi rostro que yo no tenía la menor idea.
Su expresión se endureció.
—Pensé que lo sabías.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza dentro del pecho.
Christian caminó pasando a mi lado sin decir una sola palabra y fue a sentarse en el sillón de lectura que se encontraba junto a la ventana de nuestra habitación. Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre las rodillas, dejando caer la mirada hacia el suelo. Yo permanecí de pie, observándolo en silencio, esperando una respuesta que parecía no querer darme. El silencio entre nosotros se volvió insoportable. Podía escuchar incluso el sonido de mi propia respiración mientras intentaba asimilar sus últimas palabras. Después de unos segundos, Christian finalmente se recostó contra el respaldo del sillón y levantó la mirada hacia mí. Su expresión ya no era de enojo. Parecía cansado, incluso incómodo, como si estuviera a punto de contarme algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Cuando mi padre me habló de ti por primera vez, me confesó que tu madre y él habían sido pareja en el pasado.
Sentí que mi corazón daba un vuelco.
No dije nada.
—Pero mis abuelos arreglaron el matrimonio con mi madre porque tu familia no tenía el mismo estatus que la nuestra —continuó—. Mi padre pensaba que casándome contigo podría redimir, de alguna manera, el haber abandonado a tu madre. Según él, nunca dejó de amarla y sentía mucho remordimiento por lo que había ocurrido entre ellos.
Mis labios se entreabrieron ligeramente, pero ninguna palabra salió de ellos.
—Me dijo que te había estado tratando, que eras una buena persona y que serías una buena esposa. Y sabiendo que dentro de nuestro círculo es normal concretar matrimonios de esa manera, no me opuse. Yo respetaba demasiado a mi padre como para cuestionar una decisión así.
Desvié la mirada.
Mi abuela nunca me había dicho nada.
Durante toda mi vida había creído conocer la historia de mis padres. Sabía que habían muerto cuando yo era muy pequeña y que mi abuela había sido quien se había encargado de mí desde entonces, pero jamás imaginé que detrás de mi matrimonio existiera una historia como aquella. Entendía por qué mi abuela había insistido tanto en que debía cumplir con aquel matrimonio. Y, de pronto, también entendía algo que me resultaba mucho más difícil de aceptar.
Christian se había casado conmigo porque su padre se lo había pedido, yo siempre pensé que su padre era un amigo de mi abuela, pero estaba equivocada.
¿Cómo podía vivir con eso?
¿Cómo podía Christian mirarme todos los días sabiendo que mi rostro pertenecía a la hija de una mujer que su padre nunca había dejado de amar?
Sentí que el pecho comenzaba a dolerme.
No quería seguir escuchando.
No quería hacer otra pregunta.
No quería saber qué más secretos habían escondido detrás de aquel matrimonio.
Sin pensarlo demasiado, tomé mi almohada de la cama y caminé hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
Me detuve en seco.
Durante unos segundos permanecí de espaldas a él, aferrando la almohada contra mi pecho. No tenía el valor suficiente para mirarlo. Si lo hacía, probablemente terminaría llorando frente a él y no estaba dispuesta a permitirlo.
—Esta noche dormiré en la habitación de invitados.
Mi voz salió apenas como un susurro.
No esperé su respuesta.
Abrí la puerta y salí de la habitación lo más rápido que pude, dejando atrás a Christian y aquella verdad que había conseguido cambiar en cuestión de minutos todo lo que creía saber sobre mi propio matrimonio.
