Capítulo 7
Capítulo 7
Santiago Sandoval
Estaba ansioso por regresar a Montenegro. Había pasado más de un año desde aquella vez en la que vi por primera vez esos ojos azules que no he podido olvidar; pareciera que se habían clavado en lo más profundo de mis recuerdos.
Semanas antes, mi padre había comentado durante la cena su intención de que pasáramos al menos un fin de semana en Montenegro. Deseaba visitar las tierras que lo vieron crecer. Me di cuenta, por su rostro, de la nostalgia que se reflejaba en él. Esta era mi oportunidad de apoyarlo para que mi madre cediera y pudiéramos visitar el pueblo. Después de pensarlo mucho, mamá aceptó. Sería solo un fin de semana. Papá comentó también que había cosas sobre las minas que deseaba checar junto a mi tío.
—¿Hay algún problema, papá? —pregunté intrigado. Antes, le comenté la conversación que tuve con mi tío, quien me había asegurado que todo estaba bien en las minas, que lo del derrumbe que Bruno me había contado había sido solo un accidente que esperaba no se volviera a repetir.
—No tengo ningún problema, todo está bien. Solo que ya han pasado muchos años desde la última vez que pisé las oficinas de las minas.
Asentí.
—Te hará bien estar ahí —le aseguré con una sonrisa.
…
Conté cada día que faltaba para estar de nuevo en el pueblo. Se me hicieron eternos, a pesar de no estar seguro de si me atrevería a buscarla. Tal vez ya ni siquiera me recordaba, o tal vez ya tenía algún noviecillo por ahí. Sacudí la cabeza con molestia. ¿Por qué me sentía así? Sonreí de manera irónica. Lo sabía perfectamente: Christa no solo me había robado el aliento, sino también el corazón, aunque ella no lo supiera.
De pronto, sentí cómo una pelota de esponja antiestrés me golpeó en la frente.
—¿En qué piensas, princeso? —fulminé con la mirada a mi hermano, quien me veía desde el marco de la puerta con una sonrisa sardónica. A Christian le encantaba molestarme con ese apodo. Decía que era una especie de princesa porque era el único miembro de la familia que no era doctor.
Tomé la pelota y se la regresé con todas mis fuerzas, pero él pudo detenerla con las manos. Entró al interior de mi habitación y se sentó en la silla del escritorio que tenía al lado de mi cama.
—¿Irás a Montenegro este fin de semana con nosotros? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta que me daría.
—No, tengo guardia nocturna en el hospital el viernes y el sábado saldré a cenar con Sofía.
Asentí.
—Hace muchos años que no visitas la casa de los abuelos en el pueblo. Un día podrías invitar a Sofía para que venga con nosotros.
—Montenegro ya es solo un recuerdo de cuando éramos niños. Mi vida está aquí, en la Capital. Me gustaba ir al pueblo cuando los abuelos vivían, pero ahora que no están ya no le veo el caso. Solo tú insistes en regresar para trabajar en las minas, pero allá estarás solo, sin nadie de nosotros contigo. ¡Bonita motivación! Si hubieras escuchado a mamá y estudiado medicina, hay buenas chicas como Sofía, bonitas e inteligentes, no como las pueblerinas de Montenegro, cuyas metas más comunes son casarse, tener hijos y vivir una vida de labores domésticas —se mofó con una risa.
A veces me desesperaba lo despectivo que Christian sonaba cuando hablaba de esa manera del pueblo. Si tan solo conociera a Christa, no diría lo mismo.
—Cada quien toma sus decisiones. Apenas termine mi residencia, le pediré a mi tío que me reciba en las minas.
—Me mandas una foto de tu rostro al salir tiznado de carbón —rio.
—No me simpatizas —le solté un pequeño golpe en el hombro a manera de juego.
Vi cómo Christian se puso de pie y salió de la habitación. Me llevaba bien con mi hermano, aunque a veces fuera altanero. Era mayor que yo por cinco años, médico en la misma clínica donde trabajaban nuestros padres y estaba en planes de boda con su novia, también doctora. La familia de médicos iba creciendo.
Al parecer, él ya tenía toda su vida planificada. Pero yo no…
Crecí viendo la vida de mis padres. Me aterraba pasar el resto de mi vida encerrado diez o más horas entre las cuatro paredes de un consultorio. Respetaba la profesión de un médico, pero dentro de mí siempre supe que no era mi vocación. La rutina no era lo mío. Quería algo nuevo para mí, para mi vida. Mis abuelos me habían inculcado el amor que tanto le tenían al pueblo de Montenegro.
…
Llegamos a casa de los abuelos el viernes por la noche. Mi tío Ignacio nos recibió con una cena estilo parrillada en el comedor de mármol puro que mi abuelo había mandado construir. Toda la casa de la familia Sandoval tenía una fachada de piedra que combinaba perfectamente con los sabinos que había alrededor. La carne estaba tan deliciosa que hasta a mi madre le encantó.
—Está muy sabrosa esta carne —dijo mi madre.
—Es de las reses más finas del rancho Los Nogales, las mejores de toda la región. Mandé comprar unos cortes de res especialmente para esta cena —explicó mi tío con orgullo.
Inmediatamente ubiqué el nombre del rancho. Era el mismo de la familia de Christa.
—¿De los alemanes que se asentaron aquí hace mucho tiempo? —preguntó papá, siguiendo la plática.
—Sí, esos mismos. Supieron ganarse a la gente del pueblo y los alrededores. Resultaron buenos para la ganadería y la agricultura; su rancho les ha dado mucho.
—¿Frecuentas a los Bauer, tío? —pregunté con curiosidad, pues él hablaba de ellos como si fueran cercanos.
Mi tío asintió.
—Sí, he tenido la oportunidad de hablar con Abraham un par de veces. Incluso, una vez le insinué que me gustaba una de sus hijas. La chamaca estaba rebuena.
—¡Ignacio! —lo reprendió mi padre.
Toda mi espalda se tensó. Mi tío era un hombre de casi cuarenta años. Aunque hasta ahora no se había casado, tenía fama de enamorar mujeres jóvenes, aunque después se aburriera de ellas. ¿Qué tenía que andar poniendo los ojos en alguna de las Bauer?
Mi tío rio.
—En aquel entonces, la chiquilla tenía unos dieciocho años. Era la mayorcita de la familia. Le dije a su padre que haríamos excelentes negocios: él era el ejidatario más importante de la región y yo, el empresario minero más poderoso. Sería negocio redondo, pero se negó. Lástima.
Mi madre y yo lo mirábamos con reprobación. Casarse con alguien mucho más joven que él, no lo podíamos creer.
—Cómo que ya estás demasiado grandecito como para ir sentando cabeza, Ignacio. Andar enamorando jovencitas por ahí… Qué tipo de hombre eres.
En el rostro de mi tío se dibujaba una sonrisa lasciva que me dio asco.
—Aquí las muchachas del pueblo se casan desde los dieciocho. ¿Por qué no tener una novia joven si tengo lo suficiente para complacerlas? Dinero, propiedades, caricias… A las condenadas que se dejan las tengo como reinas. Apréndete eso, sobrino: las mujeres están para satisfacernos. A la que ya no lo haga, la dejas y te consigues otra —soltó una carcajada.
Mi madre lo aniquiló con la mirada. Si antes pensaba que mi tío era vulgar, ahora lo estaba comprobando.
—Me retiro —dijo mi madre, poniéndose de pie tajante.
—¿Pero qué he dicho? Yo hablaba de las mujeres del pueblo, cuñada —se disculpó.
Papá también se puso de pie.
—Ignacio, mañana quiero hacer un recorrido por las minas contigo. Quiero checar que esté todo en orden.
Noté cómo la mirada de mi tío se agudizó. Esbozó una sonrisa altanera.
—Pero tú, ¿qué vas a saber sobre las minas? Todos los informes te los envío por correo cada mes, junto al cheque que te corresponde. De todo lo demás yo me hago cargo.
—¿No puedo revisar el negocio que mi padre nos heredó a los dos?
—Papá, ni siquiera te debió heredar a ti. Ni siquiera vives aquí. Deberías considerar venderme la parte de tus acciones.
—Eso ni hablar. Santiago tiene intenciones de venir a trabajar esas acciones el próximo año, después de titularse.
La mirada de mi tío se clavó en mí.
—Como quieran… —soltó la servilleta sobre el comedor—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes, sobrino?
En ese momento, mi padre y mi madre se retiraron de la habitación. Todo el ambiente se sentía tenso.
—Lo he hablado con papá. ¿Hay algún problema, tío?
—No. Avísame cuando te vengas a mudar, solamente.
—Gracias —dije. Había algo más en su voz, pero no sabía qué. Me retiré también a la habitación en la que siempre dormía cuando veníamos a Montenegro. Tal vez, si mañana por la mañana visitaba a Bruno, él pudiera darme algo de información que me ayudara a comprender la actitud tan extraña de mi tío Ignacio. No se me quitaba de la cabeza que no le había gustado la idea de que me viniera a vivir aquí.
Mientras estaba a punto de dormir, pensé en Christa, aquella jovencita. ¿Aún me recordaría? Esbocé una sonrisa. Esperaba que sí. Suspiré. Tal vez, si el destino lo quisiera, dentro de un año, cuando viviera aquí, podría acercarme más a ella. Ya no habría distancia que nos separara, si es que ella había sentido lo mismo que yo aquel día que nos conocimos. Tal vez era yo el que se estaba haciendo ideas. No lo sabía. Tal vez lo mejor era que durante esta visita no la buscara. No tenía nada que ofrecerle; por ahora, mi vida estaba a más de 400 kilómetros de Montenegro.
