✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 13

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
Publicado el 6 de septiembre de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Christa Bauer

Apenas llegué a la casa de Margarita, bajé de Rayo. Sentía como si mi pecho fuera a explotar. Mis músculos no tenían fuerzas, estaba deshecha.

—¡Margarita! —dije en un hilo de voz, tocando con fuerza la puerta.

Minutos después apareció y, al verme, me invitó a entrar sin decir una palabra. Me desplomé en una silla, las lágrimas se desbordaron y ella me miró con preocupación.

—¡Christa! ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras así? —preguntó preocupada.

Yo no podía ni hablar.

Mi amiga trató de tranquilizarme. Respiré profundo varias veces hasta que finalmente pude reunir fuerzas para hablar.

—Mi hermano… —dije—. Mi hermano está muerto.

—Christa… lo siento.

Me abrazó y me sentó en el borde de su cama para que le explicara qué había pasado. Entre lágrimas le conté todo.

—No puedo creerlo… —dijo, llevándose una mano al pecho—. No puedes regresar al rancho.

Negué con la cabeza.

—Fred insistió en que huyera. Antes de morir me pidió que me fuera lejos y que nunca más regresara.

—¿Crees que te estaba protegiendo de algo?

Asentí, abrazándome a mí misma.

—No puedo quedarme aquí. Mamá o Marcelo vendrán a buscarme. No sé qué está pasando, han estado muy raros y ocultan cosas.

—Pero ¿a dónde irás? Al menos quédate hasta que Bruno regrese. Quédate aquí, tengo una idea.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté, temerosa.

—Llevaré el caballo al establo de mi suegro. Al menos, si vienen, puedo decirles que no has venido por aquí.

No creí que fuera una buena idea, pero ya no podía hacer nada más. Margarita hacía todo lo que podía para ayudarme.

Las horas hasta que Bruno regresó se me hicieron eternas. Cuando llegó a casa y me vio, enseguida supo que algo había pasado. Margarita le explicó todo.

—¡No puedo creer que Marcelo sea tan desgraciado! —espetó, furioso.

En ese momento se escucharon unos fuertes golpeteos en la puerta.

Me aterroricé. Entré en estado de pánico.

—No se muevan de aquí —dijo Bruno.

—Cuídate mucho, amor —le pidió Maggie.

—Tranquila, sé defenderme.

Bruno salió. Me asomé por una pequeña rendija de la ventana.

¡Marcelo estaba afuera!

Mis nervios comenzaron a aumentar. Escuchamos cómo las voces comenzaban a subir de tono. Lo que menos quería era traerles problemas a mis amigos.

Decidí salir.

—¿No que no estaba aquí mi cuñadita? —se mofó.

Su sonrisa y su presencia me daban náuseas. Era tan cínico. Si tan solo papá no hubiera muerto…

—Christa no quiere regresar a su casa —espetó Bruno.

—Eso no lo decides tú, Bruno. Mejor no te metas en asuntos ajenos. ¡Vámonos, Christa!

Al decirlo, Marcelo me miró con esa sonrisa fría y altiva que siempre me había aterrorizado, dejando claro que no aceptaría un no por respuesta.

Apreté los puños con fuerza. Lo que menos deseaba era que le hiciera algo a Bruno por defenderme.

Di apenas dos pasos hacia adelante, pero Bruno me sujetó del brazo.

—Si Christa no quiere regresar a su casa, es por algo. Así que vete de aquí, Marcelo. Te recuerdo que estás en propiedad ajena y puedo llamar al comandante.

La quijada de Marcelo se tensó.

—Y yo te recuerdo que Christa sigue bajo la tutela de su madre y no está bien que la tengas aquí sin su permiso. Podrías tener problemas con la ley.

—Hasta que no traigas una orden en mi contra, nadie se la llevará de esta casa.

Estaba inmóvil. La manera en que Marcelo me miraba me daba escalofríos.

Pensé que insistiría más, pero para nuestra fortuna Marcelo solo sonrió y caminó de regreso hacia la camioneta.

Margarita me abrazó.

—Regresemos adentro —dijo Bruno.

—Haré café. Debes cenar algo, Christa.

Negué. No tenía hambre.

—No puedo estar aquí. No quiero causarles problemas.

—Ayudaste a Margarita. Gracias a ti, el negocio de los dulces ha sido un éxito. Te defenderemos, Christa. Esta casa es muy pequeña, tal vez del tamaño de tu habitación en la casona de tu madre, pero siempre serás bienvenida.

—¿Y si ellos regresan cuando no estés, Bruno? —preguntó Maggie con preocupación.

Noté la preocupación reflejada en el rostro de Bruno.

—Es lo que temo. Marcelo es un cobarde, aprovechará cualquier momento para venir por Christa.

—Si tan solo pudiera irme a la Capital, pero ni siquiera tengo dinero para tomar un autobús.

Ambos me miraron extrañados.

—¿A la Capital? —preguntó Maggie.

—Sí, ahí hay alguien que me puede ayudar.

Decidí omitir el nombre de Santiago, ya que ellos ni siquiera sabían que Santiago y yo nos conocíamos.

—Podemos ayudarte, ¿verdad, Bruno?

Bruno asintió.

—Tenemos algo de dinero que estábamos ahorrando. Solo quiero estar segura de que te ayudarán en la Capital.

Me puse de pie.

—No, no quiero que se queden sin sus ahorros. Debe haber otra manera.

Maggie fue hasta una de las alacenas de la cocina y sacó un pequeño bote de aluminio que tenía guardado. Me entregó unos billetes.

—Ten. Con esto podrás llegar a la Capital y rentar un cuartito mientras encuentras a esa persona.

—¿Es un familiar? —preguntó Bruno.

—Es una persona muy cercana a mí —contesté.

No sabía si él podría ayudarme, pero quería sentir de nuevo esa sensación de seguridad que había experimentado cuando me estrechó entre sus brazos. Él me había dicho que me quería.

Era la única persona que sentía que me quedaba en la vida.

—Te llevaremos a tomar un camión. Hay uno que sale a medianoche. Es la mejor opción para que nadie se entere de que te vas.

Asentí.

—No sé cómo les pagaré esto, pero, en verdad, muchas gracias.

Maggie me abrazó.

A medianoche me encontraba frente al autobús. Era la primera vez que salía de Montenegro sola, pero también sabía que necesitaba irme muy lejos. Mientras Marcelo tuviera engañadas a mi madre y a Greta, corría peligro.

Me despedí de mis amigos con un abrazo. Un enorme nudo se formó en mi garganta cuando volví a mirarlos antes de abordar.

Solo llevaba conmigo una pequeña mochila con un par de cambios de ropa que Maggie me había regalado y una chamarra por si hacía frío.

Miré por la ventana del autobús cómo se alejaba el pueblo que tanto amaba, el lugar donde había nacido.

No sabía qué me depararía la Capital.

No era la manera en la que esperaba llegar. Se suponía que estudiaría ahí la universidad, pero ahora no tenía idea de cómo me presentaría frente a Santiago.

No conocía casi nada sobre su vida, solo que era sobrino de Ignacio Sandoval, pero nada más.

Guardaba como un tesoro el recuerdo de nuestro beso y las palabras «te quiero» en lo más profundo de mi memoria.

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