✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 20

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
Publicado el 7 de septiembre de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina Montesinos

Estaba a punto de decir algo cuando escuché la voz de Christian a mi espalda.

—¿Qué está pasando aquí? No sabía que mi esposa y mi mejor amigo se hablaban con tanta confianza.

Su voz de barítono resonó en el pasillo y consiguió que mi cuerpo se tensara de inmediato. Solté las manos del doctor enseguida para volverme hacia Christian, pero al encontrarme con su mirada sentí que algo dentro de mí se estremecía. Nunca lo había visto mirarme de aquella manera. Era una expresión completamente nueva para mí.

Una mirada oscura.

Sus ojos pasaron de mí al doctor y luego regresaron nuevamente hacia mí, deteniéndose durante unos segundos en mis manos, que aún temblaban ligeramente después de haber soltado las del doctor San Román. La forma en que apretaba la mandíbula y mantenía los hombros tensos dejaba claro que algo de aquella escena no le había gustado.

—Solo estaba preguntándole a tu esposa si se siente bien, ya que se ve un poco pálida —respondió el doctor con tranquilidad.

Mi cabeza giró de Christian hacia él, sorprendida por la naturalidad con la que había respondido, pero apenas tuve tiempo de procesar sus palabras porque Christian volvió a hablar.

—¿Pálida? —preguntó con incredulidad.

Sentí cómo los nervios comenzaban a subir por mi cuerpo.

—Más bien parece que está nerviosa —continuó Christian, y su mirada volvió a detenerse sobre mí antes de dirigirse nuevamente hacia su amigo—. ¿Por qué le tomabas las manos a mi esposa, Tadeo?

Mis ojos fueron directamente hacia los del doctor San Román.

Le supliqué con la mirada que no dijera nada.

Que no mencionara mi enfermedad.

Que no dijera una sola palabra sobre el expediente que había recibido, sobre el doctor Mendiola o sobre las consecuencias que aquella nefritis podía tener para mi vida.

Tadeo pareció comprenderme de inmediato.

Simplemente sonrió con calma.

—Tranquilo, amigo. No pasa nada raro entre tu esposa y yo —respondió, manteniendo aquel tono relajado que contrastaba completamente con la tensión que Christian parecía tener—. Entiendo que quieras cuidarla, pero Valentina y yo solo estábamos hablando sobre asuntos médicos.

Sentí que mi respiración se detenía.

Christian frunció ligeramente el ceño.

—¿Asuntos médicos?

—Valentina me comentó que recientemente se realizó algunos estudios médicos —continuó Tadeo, y por un instante mis dedos volvieron a temblar—. Le dije que pasara a mi consultorio para revisar su expediente porque, al ser tú una persona muy cercana y uno de mis mejores amigos, me gustaría revisar personalmente la salud de tu esposa. Ella simplemente me estaba agradeciendo el gesto.

El rostro de Christian pareció perder parte de la tensión que había mostrado unos segundos antes. Su mandíbula, que antes se veía completamente rígida, comenzó a relajarse y una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Gracias por preocuparte por mi esposa —dijo finalmente.

Aquellas palabras hicieron que sintiera una extraña sensación en el pecho.

Mi esposa.

Christian siempre me llamaba así frente a los demás.

Pero ahora no podía evitar preguntarme qué significaba realmente para él.

—Te agradecería que, una vez que realices todos los análisis necesarios para corroborar que su estado de salud sea óptimo, me hagas llegar un informe completo.

Mi corazón volvió a dar un vuelco.

Miré rápidamente a Tadeo.

El doctor San Román permaneció completamente tranquilo.

—Por supuesto —respondió.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

Aquello no era lo que yo quería. No quería que Christian recibiera un informe sobre mi salud. No quería que mi enfermedad llegara hasta sus manos como si se tratara de uno de los tantos asuntos que él podía resolver desde su escritorio.

Pero tampoco podía decir nada.

No podía contradecirlo sin levantar sospechas.

Christian se acercó entonces hacia mí y, sin preguntarme si quería hacerlo, pasó una mano por mi cintura. Su gesto fue natural, como si aquella cercanía fuera algo habitual entre nosotros. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba ligeramente, aunque traté de disimularlo.

—Espero que no sea nada importante —dijo, mirando a su amigo.

Tadeo volvió a sonreír.

—Por supuesto. Solo debemos asegurarnos de que todo esté bien.

Su mirada se encontró con la mía durante apenas unos segundos.

Pero fue suficiente.

Había entendido.

No iba a decirle nada a Christian.

Al menos no todavía.

Tadeo estaba sorprendentemente haciéndome un favor. Había tenido la oportunidad perfecta para contarle todo a su mejor amigo y, aun así, había decidido respetar mi silencio. No había mencionado la nefritis, ni los resultados de mis análisis, ni el hecho de que el doctor Mendiola estuviera preocupado por mí.

Pero aquello no significaba que pudiera confiarme.

Necesitaba asegurarme de que no cambiara de opinión.

Necesitaba hablar con él.

Porque, aunque Tadeo había guardado mi secreto por ahora, sabía perfectamente que no podría esconder la verdad para siempre.

Pero algo no andaba bien conmigo.

Al principio fue una sensación extraña en las manos. Las sentí frías, demasiado frías, como si de pronto la sangre hubiera dejado de circular por mis dedos. Bajé la mirada hacia ellas y noté un ligero temblor, aunque intenté ignorarlo. Quizá eran los nervios. Había sido demasiada tensión en tan poco tiempo. El miedo de que Tadeo revelara mi enfermedad frente a Christian, tener que mentir una vez más y, sobre todo, la sensación de que mi secreto podía quedar expuesto en cualquier momento habían conseguido que mi corazón comenzara a latir con fuerza.

Pero entonces sentí calor.

Mucho calor.

Una sensación sofocante comenzó a recorrer mi cuerpo mientras mis manos permanecían completamente frías. Fruncí el ceño, intentando respirar con normalidad, pero algo dentro de mí me decía que aquello no estaba bien. Mi respiración comenzó a sentirse más pesada y tuve que tragar saliva varias veces al sentir cómo mi boca se secaba.

Intenté mantenerme de pie.

Pero mi cuerpo parecía tener otros planes.

Parpadeé varias veces cuando pequeños puntos de colores comenzaron a aparecer frente a mis ojos. Al principio pensé que era por la intensidad de las luces del salón, así que intenté enfocar la mirada en algún punto frente a mí. Sin embargo, los colores no desaparecieron. Por el contrario, comenzaron a multiplicarse, moviéndose frente a mis ojos hasta que mi visión comenzó a nublarse.

Sentí que el aire comenzaba a faltar.

Llevé una mano hacia mi sien.

—Valentina…

Escuché la voz de Christian.

Quise girarme para mirarlo, pero los puntos de colores comenzaron a transformarse lentamente en manchas oscuras. Cada vez eran más grandes. Más negras. Hasta que comenzaron a cubrir todo lo que tenía frente a mí.

Mi corazón comenzó a latir con desesperación.

—Yo…

Intenté hablar.

Intenté decirles que algo no estaba bien.

Pero las palabras no consiguieron salir de mis labios.

Sentí que mis piernas perdían fuerza y mi cuerpo comenzó a inclinarse hacia un lado. Por un instante intenté sostenerme, buscando desesperadamente algo de qué sujetarme, pero ya no podía ver nada.

Todo se había vuelto oscuro.

—¡Valentina!

La voz de Christian llegó hasta mí.

Esta vez sonaba diferente.

Más cercana.

Sentí que alguien me sujetaba antes de que pudiera caer al suelo. Unos brazos rodearon mi cuerpo mientras otras voces comenzaron a escucharse a mi alrededor. Reconocí algunas de ellas. Christian. Tadeo. Quizá incluso mi suegra, aunque ya no podía distinguir con claridad quién estaba hablando.

Todos me llamaban.

—¡Valentina!

Quise abrir los ojos.

Quise responder.

Pero ya no podía.

Mi cuerpo se sentía cada vez más pesado y las voces comenzaron a alejarse lentamente, como si alguien estuviera cerrando una puerta entre ellas y yo. La última sensación que tuve fue la de unos brazos sosteniéndome con fuerza.

Después de eso…

Todo desapareció.

Me había desmayado.

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