Capítulo 24
El equipo de Santi había logrado ganar el campeonato de la liguilla de su colegio y él estaba por demás feliz. Yo no podía evitar sonreír al verlo de aquella manera; verlo correr por la cancha, celebrar cada gol y abrazar a sus compañeros había conseguido que por unas horas olvidara todas las preocupaciones que llevaba sobre los hombros. Lo amaba como si fuera mi propio hijo, aunque sabía perfectamente que no lo era. A veces incluso sentía cierta culpa por haber ocupado, de alguna manera, el lugar que le correspondía a mi hermano en su vida. Santi ni siquiera preguntaba por Marcelo, y aquello era algo que en ocasiones me dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir. En cambio, siempre parecía buscarme a mí primero. Cuando tenía miedo, cuando necesitaba ayuda o cuando simplemente quería contarme algo, mi nombre era el primero que salía de sus labios. Quizá por eso había terminado involucrándome tanto en su vida; no podía permitir que creciera sintiendo que estaba solo después de haber perdido a su padre.
Cuando cruzamos el umbral de la sala de estar de la casa de mi madre, una lluvia de confeti de colores cayó sobre nosotros. Miré hacia todos lados, sorprendido por la pequeña celebración que habían preparado mientras las personas de servicio lanzaban serpentinas desde diferentes puntos de la habitación. Al fondo había un enorme cartel que decía «Felicidades, campeón», acompañado de globos y algunas fotografías de Santi durante sus partidos. Él abrió los ojos como platos y enseguida soltó una exclamación de entusiasmo.
—¡Wooow! Esto es… ¡genial!
Su emoción hizo que todos sonriéramos. Briana se acercó inmediatamente a él, lo cargó entre sus brazos y le plantó un enorme beso en la mejilla, provocando que Santi soltara una carcajada mientras intentaba limpiarse la marca de sus labios.
—Te mereces esto y mucho más, mi jugador estrella. Te amo muchísimo, hijito. Y tengo una sorpresa más para ti: ¡pizza y pastel para celebrar!
—¡Sííí! —gritó Santi emocionado, levantando los brazos.
No pude evitar reír mientras lo observaba. Había algo especial en verlo así, tan despreocupado, tan feliz. Después de todo lo que había ocurrido en nuestra familia, momentos como aquel eran los que me recordaban por qué había hecho aquella promesa de cuidar de él.
En ese momento, la puerta principal volvió a abrirse y aparecieron los padres de Briana, los señores Pereyra. Ambos entraron con grandes sonrisas y varios regalos en las manos. El señor Pereyra llevaba una caja enorme envuelta en papel azul, mientras que su esposa sostenía una bolsa decorada con un enorme moño.
—¡Felicidades, campeón! —exclamó ella al ver a su nieto.
Santi prácticamente salió corriendo de los brazos de su madre para recibirlos. Los abrazó a ambos con tanta fuerza que la señora Pereyra tuvo que inclinarse para poder rodearlo con sus brazos.
—¿También me trajeron regalos?
—Por supuesto —respondió su abuelo entre risas—. Un campeón como tú no puede quedarse sin premio.
—¡Tío Christian! ¡Mira!
Santi volvió a correr hacia mí y me tomó de la mano para arrastrarme hasta donde estaban los regalos. Sonreí mientras me dejaba llevar. Aquella felicidad suya era contagiosa.
—Despacio, Santi. Primero saluda como es debido y después podrás abrir todo lo que quieras.
—Pero quiero enseñarte primero.
—Está bien —cedí, revolviéndole el cabello—. Veamos qué te trajeron tus abuelos.
Mientras Santi comenzaba a abrir sus regalos rodeado de su madre y de sus abuelos, levanté la mirada y encontré a mi madre observándonos desde uno de los sillones. Mi madre tenía una sonrisa satisfecha en el rostro, pero algo en su mirada me hizo pensar que estaba analizando la escena con mucho más detenimiento de lo habitual.
—Parece que hoy tenemos un campeón muy consentido —comentó.
—Se lo ganó —respondí.
—Eso nadie lo discute.
Mi madre sonrió y después dirigió la mirada hacia Briana, quien se encontraba ayudando a Santi a retirar el papel de uno de los regalos. Durante unos segundos, ambas intercambiaron una mirada que no supe interpretar. Quizá porque todavía tenía demasiadas cosas en la cabeza, quizá porque las palabras de Valentina seguían resonando en mi mente.
«La manera en que miras a Briana…»
Apreté la mandíbula y aparté la mirada.
No quería pensar en eso.
Había prometido a Marcelo cuidar de Briana y de su hijo, y eso era exactamente lo que estaba haciendo. No había nada más detrás de aquella relación y no permitiría que las inseguridades de Valentina convirtieran una responsabilidad familiar en algo que nunca había existido.
Sin embargo, por más que intentara convencerme de ello, las palabras que mi esposa había pronunciado antes de marcharme seguían regresando una y otra vez a mi cabeza.
…
Miré el reloj en mi muñeca y descubrí que eran casi las seis de la tarde. Había pasado buena parte del día con mi familia y, aunque por unos instantes había conseguido olvidarme de la discusión con Valentina, sabía que debía regresar a casa. Me puse de pie despacio y acomodé las mangas de mi camisa antes de despedirme.
—Tengo que irme. Fue un gusto ver a Santi jugar el partido y pasar el domingo en familia.
Briana también se puso de pie, pero antes de que pudiera dar un paso hacia la salida, Santi corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos. Lo recibí con una sonrisa mientras él rodeaba mi cuello con sus pequeños brazos.
—Tío, por favor, quédate un rato más. Mis abuelos me han traído juguetes nuevos, juega conmigo, por favor.
Lo miré directamente a los ojos y fue imposible negarme. El rostro de Santi, con aquella expresión tan angelical y esperanzada, siempre había sido una de mis mayores debilidades. Nunca había podido resistirme demasiado tiempo a sus peticiones, mucho menos cuando se trataba de pasar tiempo juntos. Después de la muerte de Marcelo, había aprendido que aquellos momentos eran demasiado valiosos como para desperdiciarlos.
—Está bien, campeón, pero solo un rato —acepté mientras le revolvía el cabello.
Una sonrisa enorme apareció en su rostro, pero antes de que pudiera decir algo, Briana se acercó y tomó a Santi de mis brazos.
—Christian, gracias por estar presente en momentos tan importantes para nosotros. Nos gustaría que te quedaras un poco más, pero entiendo que en casa te espera Valentina.
Algo dentro de mí se removió al escuchar su nombre.
¿Culpa?
¿Por qué sentía culpa si era Valentina quien estaba haciendo rabietas y pidiendo el divorcio? Yo no había hecho nada para provocar aquella situación. Al menos eso era lo que me repetía desde que había salido de casa. Valentina tenía todo lo que una mujer podía desear y, aun así, parecía empeñada en destruir nuestro matrimonio.
Pero, siendo sincero conmigo mismo, sabía que regresar a casa tampoco significaba encontrarme con algo particularmente agradable. No me esperaba una conversación tranquila ni una esposa que quisiera recibirme con una sonrisa. Probablemente encontraría el mismo silencio de siempre. La soledad que se había convertido en una presencia habitual dentro de aquella enorme casa.
Miré a Briana y después a Santi.
—Está bien, solo un rato. No creo que a Valentina le moleste.
—Gracias, Christian.
Briana sonrió y su mirada se iluminó de una manera que me hizo sentir extrañamente reconfortado. Al menos para ella yo era alguien importante. Alguien en quien podía confiar.
Cuando sus padres y mi madre se adelantaron hacia el comedor, Briana se quedó unos segundos a mi lado. Entonces tomó mi mano y le dio un leve apretón antes de soltarla.
—Gracias, Christian. Eres un ángel.
Sonreí.
Al menos para ella era eso.
Un ángel.
