Capítulo 33
El silencio se prolongó unos segundos, pero finalmente Lucrecia dejó escapar un suspiro. Hasta ese momento había intentado convencerme con paciencia, apelando a los años de matrimonio, a las responsabilidades de Christian y a todo aquello que, según ella, todavía podía salvarse.
Sin embargo, al darse cuenta de que no estaba consiguiendo hacerme cambiar de opinión, su expresión comenzó a transformarse.
La suavidad desapareció poco a poco de sus ojos.
Lucrecia no estaba acostumbrada a que le dijeran que no.
—Hay algo que nunca te he contado —dijo.
Me mantuve en silencio.
Ella tomó nuevamente su taza, pero en lugar de beber, la sostuvo entre las manos.
—Yo siempre supe que Omar amaba a tu madre.
La confesión me tomó desprevenida.
—Tu madre fue una mujer muy importante para él. Tal vez la más importante de su vida.
Mis dedos se tensaron.
Nunca había escuchado aquello.
—Entonces, ¿por qué se casaron?
Lucrecia dejó escapar una sonrisa sin alegría.
—Porque no siempre hacemos lo que queremos, Valentina.
Dejó la taza sobre la mesa y acomodó el borde de su saco.
—Omar y yo tuvimos dos hijos maravillosos. Tuvimos una familia, construimos una vida y cumplimos con nuestro papel. ¿Crees que fue sencillo para mí saber que el hombre con el que estaba casada amaba a otra mujer?
No respondí.
—No lo fue. Pero hay cosas que una persona aprende a aceptar cuando comprende que hay algo más grande que sus propios sentimientos.
—¿La familia?
—Exactamente.
La palabra salió de sus labios con una seguridad que me hizo sentir incómoda.
—A veces tenemos que hacer sacrificios por el bien de la familia. Eso es lo que mantiene unidos a los Kuri.
La observé en silencio.
—Cuando Omar me habló de ti y de la posibilidad de que te casaras con Christian, yo me opuse.
Abrí los ojos sorprendida. Aunque entendía sus razones.
—Por supuesto. No sabía quién eras. No sabía si eras la mujer adecuada para mi hijo. Y no estaba dispuesta a permitir que Christian tomara una decisión equivocada.
Su expresión se endureció ligeramente.
—Omar me dijo que debía darte una oportunidad. Que al menos debía conocerte antes de juzgarte.
—Y lo hiciste.
—Sí.
Lucrecia inclinó ligeramente la cabeza.
—Y entonces te vi.
Su mirada se clavó en la mía.
—Vi la manera en que hablabas, cómo tratabas a las personas, la educación que tenías, tu inteligencia. Pero sobre todo vi algo en Christian.
Hizo una pausa.
—El brillo de sus ojos.
No pude evitar fruncir el ceño.
—¿Christian?
—Sí. Quizá él no lo recuerda, pero yo sí. Cuando te conoció, había algo diferente en él. No era el hombre frío y calculador que yo conocía. Te miraba con interés. Quería saber más de ti. Incluso comenzó a hablar de cosas que normalmente no le importaban.
Lucrecia sonrió ligeramente.
—Fue entonces cuando entendí que quizá Omar tenía razón.
Bajó la mirada hacia su taza.
—Tuve que hacer a un lado muchas de mis convicciones y aprobar aquel matrimonio.
Sentí una extraña presión en el pecho.
Durante dos años había pensado que Lucrecia me había aceptado porque simplemente consideraba que era una buena esposa para su hijo.
Nunca había imaginado que ella había visto algo en Christian que yo jamás había conseguido encontrar.
—Y ahora me estás diciendo que todo eso fue un error.
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Te estoy diciendo que no pienso permitir que lo conviertas en un error.
La suavidad había desaparecido por completo.
Me quedé inmóvil.
Lucrecia se inclinó hacia adelante.
—En esta familia el divorcio nunca será una opción.
—Pero mi matrimonio es mío.
—Mientras lleves el apellido Kuri, también es asunto de nuestra familia.
Su tono seguía siendo bajo, pero ya no había rastro de aquella mujer amable que me había servido té en tantas ocasiones.
—No puedes decidir terminar un matrimonio de dos años como si estuvieras cancelando una reserva en un restaurante.
—No estoy jugando, mamá.
—Yo tampoco.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Sabes qué pasaría si te divorciaras de Christian?
—Sí. Tendría que empezar de nuevo.
Lucrecia soltó una pequeña risa.
—No, querida. No tienes idea.
Se acomodó en el sillón.
—Volverías a estar sola. Sin marido, sin una familia propia y sin hijos. ¿A dónde piensas ir?
Aquellas palabras me dolieron.
—Puedo arreglármelas.
—¿Con qué?
No respondí.
—Tu familia ya no está. Tus abuelos tampoco. No tienes hermanos que vayan a abrirte las puertas de su casa. Y aunque los tuvieras, ¿crees que podrías regresar a la vida que llevabas antes de Christian después de haber conocido esta?
La miré con incredulidad.
—No necesito la vida de los Kuri.
—Eso dices ahora.
Lucrecia tomó nuevamente su taza y bebió un pequeño sorbo antes de continuar.
—Pero no solo perderías dinero o comodidades. Perderías el apellido, las relaciones que has construido aquí, tu posición y, sobre todo, la protección de nuestra familia.
—No necesito que nadie me proteja.
—Quizá tú no.
Dejó la taza sobre la mesa.
—Pero yo soy la madre de Christian.
Aquella frase sonó diferente.
Más fría.
—Y no voy a quedarme sentada mientras alguien destruye la vida de mi único hijo vivo.
Sentí un escalofrío.
—Yo no estoy destruyendo la vida de Christian.
—Eso es exactamente lo que estás haciendo.
—Quiero divorciarme.
Lucrecia me sostuvo la mirada durante unos segundos.
Después sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue una sonrisa fría.
—Entonces escucha con atención, Valentina.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Si decides enfrentarte a esta familia, no tendrás un solo día de paz.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy advirtiendo.
Su voz seguía siendo tranquila.
—Tú todavía no tienes hijos, Valentina. No sabes lo que una madre es capaz de hacer cuando siente que alguien está lastimando a su único hijo vivo.
Sus palabras quedaron suspendidas entre las dos.
—Marcelo ya no está —continuó—. Christian es lo único que me queda.
Su expresión se volvió más dura.
—Y por él soy capaz de hacer cosas que quizá después ni siquiera quieras conocer.
La miré sin decir nada.
—Puedo hacer que cualquier proceso de divorcio sea interminable. Puedo asegurarme de que cada paso sea complicado. Puedo hablar con las personas adecuadas, mover las influencias que tengo y hacer que cada puerta que intentes abrir se cierre antes de que puedas atravesarla.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja con una tranquilidad que contrastaba con lo que acababa de decir.
—Y si decides enfrentarte a mí, descubrirás que la vida fuera de esta familia puede ser mucho menos amable de lo que imaginas.
Sentí un vacío en el estómago.
Aquella ya no era una conversación entre suegra y nuera.
Era una advertencia.
Una amenaza disfrazada de preocupación maternal.
—¿Y todo esto porque quiero divorciarme?
—No.
Lucrecia tomó su taza una última vez.
—Todo esto porque quieres quitarle a mi hijo algo que considera suyo.
Me quedé mirándola.
—Christian no es dueño de mí.
Por primera vez, su expresión cambió.
La sonrisa desapareció.
—Eso está por verse, Valentina.
Se levantó con elegancia y acomodó la caída de su saco.
—Piénsalo bien antes de tomar una decisión de la que puedas arrepentirte.
Pasó junto a mí y se detuvo apenas unos segundos.
—Porque puedo perdonar muchas cosas.
Giró ligeramente el rostro.
—Pero no voy a perdonar que lastimes a mi hijo.
Después tomó su bolso y salió de la sala, dejándome sola frente a la taza de té que había quedado sobre la mesa.
La miré durante unos segundos.
El té todavía desprendía un poco de vapor.
