Capítulo 25
Después del encuentro con mi madre, bajé rápidamente las escaleras. No tuve tiempo para lamentarme por su desprecio cuando una sonrisa apareció en mi rostro al escuchar una voz que ya conocía.
—¡Maggie! —grité, limpiando las lágrimas de alegría de mi rostro.
Corrí hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas, mientras Bruno cargaba a su pequeño bebé. Ambas nos quedamos así durante un momento.
—Christa, no sabes cuánto me alegra que estés bien… —ella también lloraba—. Te hemos extrañado mucho. En mis oraciones siempre pedía por ti.
Mi boca se curvó en un puchero. Ellos eran las personas más buenas del mundo.
—Gracias por estar aquí. No sé qué hubiera sido de mi vida sin ustedes. Siempre me ayudaron y ahora quiero ayudarlos. Vivan aquí conmigo, la casa es enorme…
Margarita abrió los ojos con sorpresa. Yo sonreí al ver su rostro confundido.
—Pero nosotros somos empleados…
Negué con la cabeza.
—Ustedes son mis amigos, lo único bueno que me queda —mis labios temblaron.
Los miré suplicante. Ellos se dirigieron una mirada y luego contestaron:
—Podemos intentarlo.
Asentí feliz.
—Christa, él es mi bebé Diego…
—Es un nombre muy lindo —contesté, tomando al pequeño en mis brazos.
Era tan tierno. Sus ojos cafés y su sonrisita coqueta me derritieron por dentro. Era un bebé muy hermoso.
—¿Te gustaría ser su madrina? Bruno y yo estábamos esperando poder ir a visitarte pronto para hacerte la propuesta, pero, ya que estás aquí…
—Me encantaría —la interrumpí—. Me hace tan feliz ver que su hijo está sano y fuerte. Algún día, cuando crezca, trabajará también en estas tierras. Yo misma le enseñaré a amar el campo, como mi padre me enseñó a mí.
—Gracias —esbozó Maggie.
En ese momento, uno de los peones del rancho apareció.
—Señorita Christa, han venido a dejar esta carta para usted y este paquete.
Fruncí el ceño al ver la caja de color blanco, con un moño rojo en la tapa.
Regresé a mi ahijado a los brazos de su madre para desdoblar la hoja que había en el interior del sobre.
«Querida Christa:
Espero que mis hombres te hayan sido de utilidad. Ya me enteré de que has tomado el control del rancho de tu padre. Toma este obsequio como una felicitación de mi parte.
Lo menos que puedo hacer es invitarte a cenar mañana por la noche. Enviaré a alguien por ti.
Ignacio Sandoval.»
Un escalofrío recorrió mi espalda. Estaba jugando con fuego. Todo esto se sentía como si le debiera un favor a Ignacio Sandoval. No podía rechazar su invitación, pero tampoco tenía ánimos de verlo. En realidad, no quería volver a verlo después de las cosas que me había dicho aquella mañana.
—¿Pasa algo? —preguntó Maggie con curiosidad, pero negué y doblé rápidamente el papel.
—Nada —sonreí, disimulando el nerviosismo que de pronto comencé a sentir—. Debo llevar esto a mi habitación. Bruno, ¿te puedo pedir un favor?
Él asintió.
—Lo que digas.
—¿Podrías, por favor, darme el contacto de Santiago Sandoval, si es que lo tienes?
Rogaba en mi interior porque Bruno tuviera el número de teléfono de Santiago. En ese momento deseaba con todas mis fuerzas que estuviera aquí conmigo.
—Sí… sí lo tengo. Tengo una tarjeta con el número de su casa. Ahora voy por ella y te la traigo.
—Te lo agradezco de verdad, Bruno.
Tuve que pasar saliva. Saber que necesitaba que Santiago estuviera aquí antes de tener que volver a ver a su tío hacía que todo aquello se complicara demasiado.
—Maggie, dile a alguno de los muchachos que te ayuden a mover tus cosas mientras Bruno regresa.
—Sí, Christa, no te preocupes por eso.
Después de despedirme de mis amigos y entrar a mi habitación, me di cuenta de que seguía tal como la había dejado, como si nunca me hubiera ido de aquella casa.
Puse la caja sobre mi mesita de tocador y la abrí. Era un vestido. Lo saqué de la caja para verlo. La tela era delgada y delicada, con demasiadas transparencias, de un color azul marino. Sus dos tirantes apenas eran unos hilos de tela.
Un nuevo escalofrío me recorrió la espalda. Estaba jugando con fuego y eso no me gustaba para nada. Ignacio Sandoval era el tío del hombre que yo amaba. ¿En qué líos me estaba metiendo? ¿Cómo rechazar a un hombre tan poderoso como él? Me había dicho que me ayudaría porque yo le interesaba como mujer, y yo, ingenuamente, había aceptado su ayuda con tal de ver a Marcelo fuera de las tierras de mi padre.
Tal vez, si le hablaba con la verdad y le explicaba por qué no podía corresponderle, entendería. A fin de cuentas, Santiago era su sobrino, su familia. Y si algún día Santiago y yo decidiéramos pasar nuestra vida juntos, tendría que seguir viendo a su tío. Era por ello que no quería malentendidos, pero para eso necesitaba explicarle todo a Santiago.
Suspiré.
Caminaba impaciente de un lado al otro de mi habitación, incapaz de calmar el remolino de emociones que sentía. Mis pasos resonaban suavemente contra el suelo de madera cuando escuché unos golpes ligeros en la puerta.
—Adelante… —dije, deteniéndome de inmediato.
La puerta se abrió despacio y allí estaba Maggie, con su cálida sonrisa habitual, aunque había un dejo de curiosidad en su mirada.
—Christa, aquí tienes el número de teléfono de Santiago Sandoval.
Al mencionar su nombre, apretó los labios con cierto recelo. Luego bajó un poco la voz y añadió:
—Emm… disculpa que te pregunte, pero ¿es él la persona que ibas a buscar a la Capital? ¿Lo conoces?
Suspiré y asentí lentamente, dejando que una leve sonrisa asomara en mi rostro.
—Sí, iba a buscarlo a él. —Mi voz adquirió un tono más suave, como si pronunciar su nombre envolviera mis palabras en ternura—. Santiago y yo nos amamos, Maggie. No tienes idea de todo lo que pasó entre nosotros en la Capital. Me ha prometido que vendrá en unos días a buscarme. Solo necesita poner en orden algunos asuntos en la ciudad, pero después se quedará aquí, conmigo. ¡Por mí! Eso me hace tan feliz.
Los ojos de Maggie se llenaron de lágrimas, reflejando su emoción. Sin pensarlo dos veces, me envolvió en un abrazo cálido y sincero.
—Christa, al fin la vida te está devolviendo todo lo que te quitó. Me alegra tanto que el joven Santiago Sandoval te haga feliz. Es un buen hombre, se nota en su manera de ser. No tengo duda de que te hará muy feliz, ya lo verás.
—Eso espero… —murmuré, todavía envuelta en la calidez de sus palabras.
Me separé del abrazo con una sonrisa.
—Quisiera que estuviera aquí ahora mismo. Lo llamaré desde el despacho. Anhelo tanto escuchar su voz…
Maggie asintió con entusiasmo. Su sonrisa no decayó ni un instante.
—Hazlo, Christa. Hablar con él te dará fuerzas. Si necesitas algo, no dudes en llamarme. Te dejo para que hables con el joven Sandoval.
—Gracias, Maggie. De verdad, gracias por todo.
Nos abrazamos de nuevo, esta vez con más calma.
Bajé las escaleras directamente al despacho que había pertenecido a mi padre, con el número de teléfono grabado en el papel que sostenía con esperanza. Tomé el teléfono de disco que teníamos en el rancho e hice la llamada. Mordí mi labio, rogando porque fuera él quien contestara el teléfono.
—¿Christa Bauer? —la voz de la madre de Santiago sonó cortante, afilada como un cuchillo, al otro lado del teléfono.
Mi corazón dio un vuelco. Tomé aire y respondí con toda la educación que pude reunir.
—Sí, señora Sandoval. Disculpe que la moleste, pero necesito hablar con Santiago.
Hubo un breve silencio, uno que me hizo imaginarla evaluándome desde la distancia. Luego, su tono volvió a sonar frío y deliberado.
—¿Qué quieres con mi hijo, Christa? Santiago tiene su vida muy organizada en la Capital. Es un hombre ocupado y con responsabilidades importantes. No sé qué podrías necesitar de él desde… Montenegro, ¿verdad?
Cada palabra estaba cargada de desdén, pero no iba a dejarme intimidar tan fácilmente.
—Es algo importante, señora. Solo necesito hablar con él un momento.
—¿Importante? —soltó una risa breve, carente de calidez—. Mira, Christa, voy a ser muy directa. Santiago es un hombre con un futuro brillante, un futuro que ya está trazado. No tiene espacio en su vida para… complicaciones.
Me mordí el labio con fuerza para no interrumpirla, aunque sabía que cada palabra estaba diseñada para herirme.
—Con todo respeto, señora, mi relación con Santiago no es algo que usted pueda juzgar.
—¿Relación? —repitió, con un tono cargado de burla—. ¿De verdad piensas que lo que tuvieron fue algo serio? Déjame abrirte los ojos, Christa. Santiago ya está comprometido.
Sentí cómo el aire se me escapaba del pecho.
—¿Comprometido? —repetí, incrédula.
—Sí. Está comprometido con Mariana Ríos, una doctora joven y exitosa. Viene de una familia respetable, igual que nosotros, y comparten los mismos sueños y valores. ¿Sabes qué significa eso? Que su vida está en la Capital, no en Montenegro.
Sus palabras me golpearon como un mazo, pero algo en su tono me hizo dudar.
—Eso no puede ser verdad —dije con voz temblorosa—. Santiago no me dijo nada de eso.
—¿Por qué habría de decírtelo? —replicó con frialdad—. Santiago es un hombre amable, pero a veces demasiado débil para poner límites. Seguro no quería lastimarte al decirte que lo vuestro no significaba nada.
—No le creo —respondí, aunque mi voz ya no sonaba tan firme como al principio—. Santiago no es de esos hombres.
—Oh, Christa… Qué ingenua eres. —Su risa fue casi cruel—. Jugó contigo, como un hombre joven que pasa el tiempo en un pueblo aburrido. Pero ahora que está de regreso en la ciudad, donde pertenece, ya no piensa en ti.
—Usted no sabe lo que pasó entre nosotros.
—Sé lo suficiente —me interrumpió con un tono tajante—. No quiero ser cruel contigo, muchacha, pero deberías entender que no tienes lugar en su vida. Es mejor para todos si sigues adelante y lo dejas en paz. Santiago no va a volver a Montenegro, y mucho menos por ti.
Un silencio pesado se instaló entre nosotras. Mi mente estaba inundada de dudas y dolor, pero no podía rendirme tan fácilmente.
—Quiero escucharlo de él —dije al final, con voz firme.
—No está disponible. Y aunque lo estuviera, te diría lo mismo que yo: ya no hay nada para ti en su vida.
La línea quedó en silencio durante unos segundos, hasta que escuché el clic de la llamada terminando.
Me quedé inmóvil, sosteniendo el teléfono con fuerza mientras la rabia y la tristeza me quemaban el pecho. ¿Era cierto lo que decía? ¿Santiago estaba comprometido? ¿Había jugado conmigo todo este tiempo?
No podía creerlo. No quería creerlo. Pero ahora tenía más preguntas que respuestas, y cada una era un peso que se sumaba a mi corazón.
