✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 43

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◷ Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
✦ Publicado el 26 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Christa Bauer✦

Cuando llegué a casa, sentía una especie de euforia que recorría todas mis venas.

—¡Maggie! ¡Maggie! —grité apenas crucé la puerta.

Busqué a mi amiga mientras caminaba en dirección a su habitación, pero ella ya venía de la cocina con el pequeño Diego en brazos.

—¿Qué pasa, Chris? Me asustas. ¿Estás bien? —preguntó preocupada, mirándome de arriba abajo para cerciorarse de que estuviera bien.

Asentí mientras una sonrisa espontánea aparecía en mi rostro.

—Santiago… quiere pasear… esta tarde… conmigo… —solté entre pausas. Mi respiración era agitada. Me sentía emocionada; tal vez me estaba haciendo demasiadas ilusiones.

Maggie sonrió pícara.

—¿Al fin le dijiste de tus sentimientos?

Mi sonrisa se borró del rostro.

—No… —solté, haciendo un puchero—. Solo me invitó a pasear cuando lo fui a buscar, pero ya no puedo más, amiga. Necesito decírselo y lo haré hoy. Necesito decirle que necesito saber si aún me ama, porque yo lo amo más que nunca.

Maggie me miró compasiva.

—Te quiero, amiga. Deseo que Santiago te corresponda como esperas. Eres una jovencita muy hermosa, buena persona y cualquier hombre estaría encantado de tener a una mujer como tú.

—Pero lo amo a él.

Cargué a mi ahijado en brazos.

—Tal vez me estoy encaprichando con la idea de él, pero ¿podrías ayudarme a elegir qué ponerme hoy? No llevaré vestido, iremos a caballo.

—Claro que sí. Y te peinaré y maquillaré. Santiago debe darse cuenta de que no hay mejor mujer para él que tú. Además, si se quedó en el pueblo fue por algo. Tal vez solo está tomándose un tiempo. Es difícil cortar todos los lazos con tu familia. Bruno me ha platicado que no le han devuelto ninguna carta a Santiago; al parecer, siguen molestos con él.

Mi pequeño ahijado se removió entre mis brazos, tratando de escalar mi cuerpo, lo que me dio mucha ternura.

—He tenido ideas locas… —dije, sonrojándome.

—¿Cuáles?

Maggie y yo nos sentamos en el borde de mi cama. La miré y sonreí, pues solo a ella le tenía la suficiente confianza para abrirle mi corazón.

—¿Te imaginas que un día yo tuviera una hija? ¿Y que se enamorara de Diego?

Maggie rió divertida.

—Tendrías que darte prisa, pues mi hijo ya casi tiene un año.

—Nada me haría más feliz que estas tierras quedaran en buenas manos.

Maggie puso una de sus manos sobre mi hombro y ambas sonreímos. Después, suspiró.

—Solo el tiempo lo dirá, Christa. Nada me haría más feliz que verte formando la familia que deseas, sea con Santiago o no. Lo mereces, porque ya has sufrido mucho a tu corta edad y ahora mereces la felicidad.

…

Una de las empleadas domésticas de mi casa entró a la habitación para anunciarme que Santiago estaba esperando en la puerta.

Le pedí que me enviaran a Rayo con uno de los peones; ya lo había mandado alistar. Me miré en el espejo una vez más. Me sentía nerviosa.

Opté por unas botas negras hasta la rodilla, por si caminábamos entre los matorrales, unos vaqueros ajustados y una blusa a cuadros con las mangas dobladas hasta los codos. Esto último era porque el sol solía dejarme la piel muy roja, por lo que debía cuidarme.

Tomé mi sombrero de paja y casi bajé las escaleras corriendo.

Cuando llegué a la puerta, lo miré.

Una sonrisa escapó de mi rostro. Él se veía tan apuesto. El estilo que tenía antes, de citadino, se había estado esfumando con el tiempo; ya nada quedaba de eso.

Santiago era muy guapo. Apenas me vio, bajó del caballo.

Tuve que llevarme las manos a la boca cuando su caballo relinchó y él se asustó.

—Aún no estoy muy acostumbrado… —dijo mientras caminaba hasta mí. Sus mejillas se sonrojaron de la pena y eso a mí me derritió de ternura.

—No sueltes las riendas o se irá —le sugerí a manera de burla.

—Estás bellísima… Bueno, si es que puedo decirlo. Ahorita no estamos en horario laboral, por lo que, técnicamente, por ahora no eres mi jefa.

Mis ojos se abrieron como platos.

—Gracias. También te ves muy apuesto; te queda lo vaquero.

—¿Tú crees?

Asentí sonriendo.

—¿Nos vamos?

Mi respiración se entrecortó cuando sentí su mano tomar la mía.

—Aún no traen mi caballo…

—Te llevaré en el mío. ¿Recuerdas aquella vez que me llevaste a conocer la laguna? Quiero ser yo quien te lleve esta vez.

—Está bien —respondí sonriendo.

Santiago subió al caballo y luego me brindó su mano para ayudarme a subir. Me quité el sombrero del cabello, dejando que colgara el cordón en mi cuello, porque él también llevaba uno.

—¿Estás lista? —preguntó.

Asentí.

Abracé a Santiago ligeramente mientras el caballo comenzaba su andar. Podía notar que su cuerpo estaba tenso, tal vez porque, como lo había dicho, aún no tenía la suficiente experiencia para cabalgar más rápido. La velocidad con la que el caballo se movía no era tan veloz. Aun así, disfruté abrazándolo.

En un momento sentí la necesidad de descansar mi cuerpo en su espalda, pero no sabía si era algo apropiado.

Tardamos varios minutos hasta llegar a la laguna.

El aire era cálido y movía mi cabello de un lado a otro. Apenas Santiago detuvo el caballo, bajé de inmediato para darle espacio a que él hiciera lo mismo.

—Me has sorprendido. Has aprendido bien a cabalgar —le expresé, recordando la vez que huimos de la iglesia. Él había cabalgado con mucha dificultad; fue una de las razones por las que no pudimos llegar tan lejos antes de que Ignacio nos alcanzara.

Él se sonrojó, esbozando una sonrisita.

—Esa era la idea —suspiró, mirando hacia la laguna que estaba a mi espalda.

Se escuchaba el movimiento del agua y el canto de algunos pájaros.

—Pareciera que fue ayer la última vez que estuvimos aquí. ¿Recuerdas?

Sonreí nerviosa.

—Cómo olvidarlo.

Si nos besamos, pensé, pero me callé.

Pareciera que ambos pensábamos lo mismo. Santiago me miró de una forma que me estremeció hasta el último poro de mi cuerpo, pero ninguno de los dos habló. Solo nos miramos.

Después de un rato así, esquivé su mirada.

Tomó mi mano.

—Nos besamos aquí… —dijo finalmente.

—Sí, ese ha sido el primer beso que alguien me dio…

Sentí cómo mis mejillas comenzaban a arder.

—Christa…

Su voz era ronca. Sentí mis piernas temblar y mi corazón tiritar de emoción.

—Santiago…

Mi voz sonó malditamente temblorosa.

—Mis padres me han dado un ultimátum. Quieren que regrese a la Capital para la boda de Christian y me quede en la Capital o, de lo contrario, me expulsarán para siempre de la familia. Nunca me van a perdonar que no asista a la boda de mi hermano.

En ese instante, pasé saliva en seco.

¿Eso era lo que me quería decir?

¿Que se iría?

Inconscientemente, mis labios comenzaron a temblar.

—¿Te irás? —musité, sintiendo cómo mi corazón quería estallar dentro de mi pecho, pero no de emoción.

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