Capitulo 40
Me giré para verlo.
Christian tenía una copa de vino tinto en la mano y las mejillas ligeramente sonrojadas. No sabía si era por la bebida o por el enojo que parecía contener a duras penas.
—¿Crees que puedes irte como si nada y dejarme ahí, en medio de todos, como un esposo abandonado e ignorado?
Su voz resonó por el pasillo.
Miré a mi alrededor.
Parecía que, por primera vez, no le importaba alzar la voz. El pasillo estaba vacío y todos permanecían concentrados en el salón donde se llevaría a cabo el evento, así que nadie podía escucharnos.
—¿No es eso lo que has hecho durante estos dos últimos años, Christian? —respondí—. ¿Ignorarme? Ahora sabes lo que se siente.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Es una venganza?
—No.
—Entonces, ¿qué demonios es?
Dio varios pasos hacia mí.
Yo retrocedí por instinto.
Él avanzó nuevamente y yo volví a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared.
Christian se detuvo frente a mí.
Estaba demasiado cerca.
Podía sentir el aroma del vino en su aliento.
Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas y su mirada se clavaba en la mía con una intensidad que me hizo contener el aliento.
—¡Dímelo! —exigió—. ¿Te estás vengando de mí porque no llegué a nuestra cena de aniversario? ¿Es eso? ¿Hasta cuándo vas a seguir con este juego, Valentina?
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¡Esto no es un juego!
Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.
—¡Ya te lo dije!
Christian apretó la mandíbula.
—Entonces explícame por que lo estás haciendo.
—¿Para qué quieres que te lo explique? —pregunté, sintiendo cómo la rabia comenzaba a mezclarse con la desesperación—. ¿Para qué me quieres ahí si la única opinión que te importa es la de Briana?
Sus ojos cambiaron.
—No metas a Briana en esto.
Solté una risa amarga.
—¿Cómo no voy a meterla? Todo gira alrededor de ella, Christian. Siempre.
—Eso no es cierto.
—¡Claro que lo es!
Ya no pude contenerme.
—Hoy mismo pasó otra vez. Todo lo que decidimos durante la mañana dejó de importar en cuanto ella comenzó a hablar contigo. ¿Sabes qué sentí? Que daba igual que yo estuviera allí.
Christian apretó con fuerza la copa.
—Estás exagerando.
—¡No estoy exagerando!
Sentí que los ojos comenzaban a arderme.
—Estoy cansada de sentir que nunca soy suficiente para ti.
Christian me observó fijamente.
Y entonces dijo algo que no esperaba.
—Porque ella es la única persona que es atenta conmigo.
Me quedé inmóvil.
—Es amable. Siempre tiene una sonrisa para regalar. Se interesa por lo que hago, me escucha…
Cada palabra se clavó en mi pecho.
—En cambio, tú eres fría, insensible y demasiado silenciosa. Vagas por la casa como un fantasma, como si yo fuera el peor de los esposos.
Negué lentamente con la cabeza.
No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Sabes cómo me siento yo?
La pregunta salió de sus labios con una rabia diferente.
Más personal.
Mis manos se aferraron a la pared.
No quería discutir con él.
No quería seguir escuchándolo.
Porque, aunque intentara convencerme de lo contrario, todavía lo amaba.
Y precisamente por eso cada palabra suya dolía tanto.
Quería que dejara de importarme.
Quería poder mirarlo y sentir solamente indiferencia.
Pero entonces mencionaba a Briana y algo dentro de mí se retorcía.
Los celos me quemaban aunque sabía que no tenía derecho a sentirlos.
Porque él no me había amado como yo anhelaba.
Porque quizá nunca lo haría.
Y aun así…
Yo seguía amándolo.
—Vete con ella entonces —susurré.
Christian frunció el ceño.
—¿Qué?
Lo miré directamente, aunque las lágrimas ya comenzaban a acumularse en mis ojos.
—Vete con ella.
Mi voz tembló.
—¿Para qué me quieres a mí si solo soy un estorbo en tu vida?
Una lágrima escapó.
La limpié rápidamente, pero otra cayó detrás.
—Ella te escucha, te entiende, te hace sonreír… —continué, intentando mantener la voz firme—. ¿Qué haces conmigo, Christian?
Tragué saliva.
—Déjame ir.
Él se quedó completamente inmóvil.
Desde que había comenzado aquella discusión, no tuvo una respuesta inmediata.
Y ese silencio me dolió todavía más.
Porque yo tampoco sabía qué había dentro de su cabeza.
No sabía por qué se enfurecía cuando me alejaba si llevaba dos años demostrando que podía vivir perfectamente sin mí.
No sabía por qué le molestaba que hablara con otro hombre.
No sabía por qué había venido detrás de mí.
Porque mientras una parte de mí seguía esperando que Christian me eligiera, otra sabía que, si quería sobrevivir a aquel matrimonio, tenía que aprender a dejarlo ir.
Aunque para hacerlo tuviera que arrancarme del pecho todo lo que todavía sentía por él.
