Capitulo 41
—¿Estás celosa de Briana?
La pregunta me dejó inmóvil.
Christian soltó una risa amarga.
—Tú sí puedes estar celosa, ¿pero yo no? Porque tú eres la víctima y yo soy tu verdugo, ¿verdad?
—Christian…
—¿Acaso es ese chef el que te ha estado metiendo cosas en la cabeza, Valentina?
Mis ojos se abrieron de golpe.
—¿Qué?
—No te hagas la que no entiendes.
—¡Por supuesto que no! —solté, indignada—. ¿Cómo puedes siquiera pensar algo así?
Christian dio un paso hacia mí.
—Entonces explícame por qué yo no sabía que habías hablado con él para que te ayudara con nuestra cena.
—¡Porque no había nada que explicar!
—¿Ah, no?
Su mirada se volvió más intensa.
—¿Cuántas veces ha ido a nuestra casa sin que yo lo supiera?
—¡Por Dios, Christian! Escuchaste todo. Estás malinterpretándolo.
Pero parecía cegado por sus propios pensamientos.
—¿Ah, sí? Entonces dime por qué estabas tan encaprichada con que él se encargara del banquete.
Apreté los puños.
—Porque es un excelente chef.
—¿Solo por eso?
—¡Sí!
—No parece.
Sentí que la rabia me quemaba por dentro.
—¡¿Cómo te atreves a insinuar esas cosas cuando tú eres quien me es infiel con su cuñada?!
El rostro de Christian cambió.
—Yo no te soy infiel.
Se acercó un poco más.
—En cambio, tú…
No lo dejé terminar.
Mi mano se movió antes de que pudiera pensar.
¡Zas!
El sonido de la bofetada resonó por el pasillo.
Cerré los ojos.
Durante unos segundos no fui capaz de moverme.
Cuando los abrí, Christian tenía el rostro girado hacia un lado y una de sus manos cubría su mejilla.
La piel comenzaba a enrojecerse bajo mis dedos.
Mi respiración se detuvo.
¿Qué había hecho?
Todo mi cuerpo se estremeció.
—Yo…
Mi voz apenas salió.
—Yo…
Di un paso hacia atrás.
El miedo me recorrió de pies a cabeza.
No porque pensara que Christian fuera a golpearme.
Sino porque jamás había querido llegar a esto.
Nunca había querido convertirme en una persona capaz de reaccionar así.
—No quería hacerlo —balbuceé.
Christian bajó lentamente la mano de su mejilla.
Me miró.
No había gritos.
No había insultos.
Solo un silencio pesado entre los dos.
Y aquella mirada suya me hizo sentir todavía peor.
—Yo no quería…
Las lágrimas comenzaron a caerme sin que pudiera detenerlas.
—Pero me acusaste de algo que no hice.
Christian seguía mirándome.
Yo no sabía qué estaba pensando.
No sabía si estaba furioso, decepcionado o simplemente sorprendido.
Y esa incertidumbre me aterraba.
Porque una parte de mí todavía esperaba que dijera algo.
Cualquier cosa.
Pero Christian permaneció en silencio.
