✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 44

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 8 minutos
✦ Publicado el 5 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Tadeo San Roman✦

Me puse de pie al instante en que la puerta de mi oficina se abrió. Al principio pensé que sería alguna de las enfermeras por alguna urgencia, pero cuando levanté la mirada y vi a Valentina, sentí que mi expresión cambió por completo. Estaba demasiado pálida y una de sus manos permanecía aferrada a su costado derecho, como si intentara contener un dolor que apenas podía soportar. Por instinto apreté los dientes y me pregunté qué podía haber ocurrido para que irrumpiera de aquella manera en mi oficina. La había visto enferma antes, había notado su cansancio y aquella palidez que intentaba ocultar, pero nunca la había visto así.

—Valentina…

Su nombre salió de mis labios con preocupación. Ella levantó ligeramente la mirada hacia mí, pero incluso ese pequeño movimiento parecía requerirle un esfuerzo enorme.

—Estoy mal…

Apenas consiguió pronunciar aquellas palabras. Su voz era tan débil que sentí un nudo en el estómago. Di un paso hacia ella y mi tono se volvió más apresurado de lo que pretendía.

—¿Qué pasó?

Valentina intentó responder, pero en lugar de hacerlo tuvo que aferrarse con más fuerza al marco de la puerta. La observé con atención y, en ese instante, mi intuición me advirtió que estaba a punto de desmayarse.

—Siento que… me muero.

Fue lo último que dijo antes de que sus piernas dejaran de sostenerla. Me apresuré hacia ella y, por fortuna, llegué a tiempo para sujetarla entre mis brazos. La acomodé con cuidado y comprobé inmediatamente su pulso y sus signos vitales. Estaba fría, demasiado fría, pero su pulso se mantenía estable. Solté el aire que había contenido sin darme cuenta y la miré durante unos segundos. Solo estaba inconsciente, pero aquello no me tranquilizaba. Después de conocer su diagnóstico, sabía que un desmayo acompañado de aquel dolor no era algo que pudiera tomarse a la ligera.

La alcé en mis brazos y salí de la oficina. Mi asistente se quedó inmóvil al verme pasar con Valentina y rápidamente se acercó.

—¿Qué pasó, doctor? ¿Pido una camilla?

—Sí, pero…

—¿Es la señora Kuri? ¿Quiere que le llame a su esposo?

La pregunta hizo que me detuviera.

—Ni se te ocurra —respondí de inmediato.

Mi asistente pareció sorprendida por mi tono.

—No llames a nadie todavía. Yo le avisaré personalmente, ¿entendiste?

—Sí, doctor.

No dije nada más. Bajé solamente un piso hasta el área de cuidados y entré en una de las habitaciones que se encontraba vacía. Con cuidado, recosté a Valentina sobre la cama y acomodé su cabeza antes de asegurarme nuevamente de que estuviera respirando correctamente. Tomé mi teléfono y llamé a Mendiola.

—¿Puedes venir a la habitación 708, por favor? Te necesito con urgencia.

Colgué y volví a acercarme a la cama. Tomé la mano de Valentina y noté que ya no estaba tan fría como antes, pero eso no consiguió tranquilizarme. Sus desmayos me preocupaban demasiado y necesitaba realizarle nuevos estudios. Aquello no era una buena señal para alguien con nefritis lúpica y, aunque todavía no quería sacar conclusiones, no podía ignorar lo que acababa de suceder.

Mientras la observaba, algunos mechones de su cabello habían caído sobre su rostro. Con cuidado, aparté uno de ellos para poder verla mejor. Fue entonces cuando me di cuenta de algo que hasta ese momento había intentado ignorar. Valentina era una mujer hermosa, pero había algo más allá de su belleza. Incluso enferma, incluso inconsciente, tenía una expresión que me resultaba difícil dejar de mirar. Sus facciones eran delicadas, pero había cierta tristeza en ellas que hacía que pareciera mucho más vulnerable de lo que realmente era. Recordé la manera en que había entrado a mi oficina, tratando de mantenerse en pie a pesar del dolor, y sentí una necesidad inexplicable de protegerla.

Fruncí el ceño.

Aquello era normal.

Era mi paciente.

Además, era la esposa de mi mejor amigo.

No había ninguna otra razón para que mi preocupación fuera tan intensa.

Aparté la mirada y respiré lentamente. Sin embargo, unos segundos después volví a mirarla. No podía evitarlo. Había algo en aquella mujer que despertaba mi curiosidad. Quería saber qué pensaba, qué había ocurrido realmente en su matrimonio y por qué una persona que parecía tan tranquila podía cargar con tanta tristeza en los ojos.

Mi mano fue nuevamente hacia mi teléfono.

Podía llamar a Christian.

Era su esposo y tenía derecho a saber que Valentina estaba en el hospital. Bastaba con marcar su número y explicarle lo ocurrido. No tendría que esconder nada más.

Mi dedo se quedó suspendido sobre su contacto.

Entonces recordé la promesa que le había hecho.

Valentina me había pedido que guardara silencio y, aunque sabía que aquello podía complicarse, no podía obligarme a traicionarla en ese momento. La forma en que había llegado hasta mi oficina, completamente desesperada, me había dejado claro que no quería que Christian supiera.

Bajé lentamente el teléfono.

—¿Qué estás haciendo, Tadeo? —murmuré para mí mismo.

Guardé el móvil y volví a mirar a Valentina. Ella permanecía inmóvil sobre la cama, completamente ajena a la lucha que comenzaba a formarse dentro de mí. No sabía por qué me importaba tanto verla así. No sabía por qué me había quedado observándola más tiempo del necesario ni por qué aquella necesidad de protegerla comenzaba a sentirse diferente.

Tragué saliva y me senté junto a la cama.

—Valentina…

Tomé nuevamente su mano, esta vez con más cuidado.

—¿Qué haré contigo?

No esperaba una respuesta.

El doctor Mendiola llegó pocos minutos después. Entró a la habitación con el ceño ligeramente fruncido y, apenas cruzó la puerta, dirigió su mirada hacia mí.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me llamaste con tanta urgencia?

No respondí de inmediato. Solo señalé la camilla.

En cuanto Mendiola vio a Valentina recostada, su expresión cambió. La seriedad apareció en su rostro y se acercó para observarla con atención.

—Se desmayó —expliqué—. Apenas alcanzó a llegar a mi oficina. Necesito que le realices nuevos análisis. Tenemos que saber si su enfermedad ha avanzado a pesar del tratamiento. Estos desmayos no son normales y me preocupan.

Mendiola me miró con evidente desaprobación.

—Por supuesto que no son normales.

Su tono tenía un ligero atisbo de irritación, pero no le di demasiada importancia. Sabía que no estaba molesto conmigo, sino con la situación. Después de todo, ambos conocíamos perfectamente los riesgos que implicaba la enfermedad de Valentina.

Mendiola se acercó a la camilla y volvió a observarla.

—¿Ya habló con el señor Kuri sobre la enfermedad de su esposa? —preguntó finalmente—. No podemos permitir que la enfermedad avance sin que él lo sepa. La terquedad de la señora Kuri puede traernos muchos problemas y yo tengo una familia, doctor San Román. Si algo llega a sucederle y después se descubre que nosotros sabíamos que estaba empeorando…

—No te preocupes tanto, Mendiola. Solo te estoy pidiendo que atiendas a la señora Kuri. De lo demás me encargo yo.

Mendiola negó con la cabeza.

Definitivamente no estaba de acuerdo conmigo.

—Esta señora no es cualquier señora, doctor. Su esposo es uno de los socios propietarios del hospital. No sé por qué está apoyando a la esposa de su amigo en decisiones tan absurdas.

Lo miré fijamente.

No tenía una respuesta para eso.

Yo mismo me había hecho aquella pregunta varias veces antes.

¿Por qué estaba protegiendo a Valentina?

¿Por qué había aceptado guardar silencio cuando sabía perfectamente que Christian debía conocer la gravedad de su enfermedad?

Me llevé una mano al rostro y masajeé el puente de mi nariz, intentando ordenar mis pensamientos.

—Lo sé, pero yo soy el director del hospital y quién decide.

Mendiola permaneció en silencio unos segundos.

—Entonces sabes que esto puede complicarse.

—Lo sé.

—Si su enfermedad está avanzando y nosotros no actuamos a tiempo…

—Lo sé, Mendiola.

Esta vez lo interrumpí.

No necesitaba que me explicara algo que llevaba días repitiéndome mentalmente.

Miré hacia la camilla.

Valentina seguía inconsciente.

Tan pálida que por momentos parecía aún más frágil de lo que era. Había llegado hasta mi oficina prácticamente sin fuerzas, aferrándose a su costado y tratando de mantenerse de pie hasta el último segundo.

Y, aun así, había decidido venir conmigo.

No con Christian, conmigo.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Tal vez ahí estaba la respuesta que estaba buscando.

Quizá Valentina no confiaba en su esposo.

Quizá tenía miedo.

O quizá simplemente estaba cansada de sentirse sola dentro de su propio matrimonio.

No lo sabía.

Pero mientras la observaba, algo dentro de mí me impedía abandonarla a su suerte.

—Hazle todos los estudios que consideres necesarios —dije finalmente—. Quiero saber exactamente qué está pasando.

Mendiola asintió, aunque su expresión seguía siendo seria.

—Lo haré.

Se acercó a la camilla para comenzar a revisarla.

Yo permanecí a un lado.

Y, mientras observaba a Valentina, una pregunta volvió a aparecer en mi cabeza.

¿Por qué me importaba tanto?

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