Capítulo 45
Tuve que regresar a mi oficina para indicarle a mi asistente que no quería que nadie supiera sobre el estado de salud de Valentina. Al menos mientras ella siguiera inconsciente, respetaría su deseo de mantener su enfermedad en secreto. Sabía que estaba tomando una decisión complicada, sobre todo porque Christian era su esposo y, como médico, entendía perfectamente que debía estar informado de cualquier cambio importante en la salud de Valentina, pero ella me había pedido que no dijera nada y no quería traicionar su confianza.
Apenas terminé de hablar con mi asistente, escuché una voz que reconocí de inmediato.
—Tadeo.
Me giré y vi a Christian.
Por un instante, todo mi cuerpo se tensó. Lo primero que pensé fue que alguien le había informado que Valentina estaba aquí. Mi mente comenzó a buscar rápidamente una explicación, pero entonces supe que Christian había ido a mi oficina por la herida que tenía en la mano. Respiré con discreción y traté de actuar con normalidad.
No podía permitir que notara mi preocupación.
Después de atender su visita, tuve que buscar la manera de ganar tiempo. Llamé a una enfermera para que se encargara de curarlo en mi oficina mientras yo regresaba a ver a Valentina. Necesitaba una ventana de tiempo suficiente para asegurarme de que ella estuviera bien y, aunque intentaba convencerme de que aquello se debía únicamente a mi responsabilidad como médico, sabía que también había otra razón.
Necesitaba saber cómo estaba.
Cuando finalmente regresé a la habitación, me encontré con que Valentina ya había despertado. Estaba hablando con Mendiola y, al verme entrar, levantó la mirada hacia mí.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, todavía débil, pero suficiente para que algo dentro de mí cambiara.
Sin pensarlo, le devolví la sonrisa.
—Doctor San Román…
Me acerqué hasta el costado de la cama y observé su rostro con atención. Su semblante ya se veía mucho mejor que cuando la había encontrado en mi oficina. Seguía pálida, pero al menos tenía los ojos abiertos y podía hablar con normalidad.
—¿Cómo te sientes, Valentina? —pregunté con suavidad.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—No lo sé. Estoy asustada.
Su respuesta me hizo fruncir ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—No recuerdo exactamente qué pasó. Solo recuerdo que llegué a tu oficina y después… todo se volvió negro.
Hizo una pequeña pausa antes de mirarme nuevamente.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Poco más de media hora.
Sus ojos se abrieron un poco más.
—Tu cuerpo necesitaba descansar. Mendiola ya te revisó y estamos esperando algunos resultados para saber qué provocó el desmayo.
Valentina permaneció en silencio. Pude notar el miedo en sus ojos.
Intenté tranquilizarla.
—No pienses en lo peor todavía. Primero necesitamos saber qué está pasando.
Ella asintió lentamente.
En ese momento, Mendiola se acercó a nosotros.
—Bien, ahora que la señora Kuri ya despertó, voy a salir un momento. Tengo otros pacientes que atender, pero regresaré en unos veinte minutos para revisar cómo sigue y hablar con ustedes cuando tengamos algunos resultados.
—Está bien —respondí.
Mendiola salió de la habitación y la puerta se cerró detrás de él.
Volví a mirar a Valentina.
Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Ella seguía observándome con cierta inseguridad.
Esperé unos segundos antes de volver a hablar. Aunque Valentina ya había despertado, seguía viéndose demasiado pálida y no quería presionarla, pero necesitaba asegurarme de que hubiera seguido las indicaciones de Mendiola. Después de aquel desmayo no podía simplemente asumir que todo estaba bien.
—¿Has estado tomando tus medicamentos como lo prometiste?
Valentina asintió de inmediato.
—Sí, todos los días.
—¿Y estás cuidando tu alimentación?
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo. Estoy cocinando mi propia comida, como me indicó el doctor Mendiola.
Sonreí ligeramente al escucharla. Sabía que para ella aquello debía ser un cambio importante, especialmente porque había dedicado buena parte de su vida a la gastronomía y ahora tenía que pensar en su propia alimentación de una manera completamente diferente.
—Sé que no debe ser sencillo para ti.
—No lo es —admitió—, pero quiero hacer las cosas bien.
Asentí. Por lo que me estaba diciendo, parecía estar cumpliendo con el tratamiento, pero todavía había algo que me preocupaba.
—¿Y has estado descansando lo suficiente?
Esta vez tardó un poco más en responder.
—Lo intento.
—Valentina…
Ella levantó la mirada y sonrió débilmente.
—No puedo quedarme acostada todo el día, Tadeo.
—No te estoy pidiendo eso. Solo necesito que entiendas que ahora tienes que cuidarte un poco más. El estrés tampoco ayuda y puede hacer que el tratamiento no tenga el efecto que esperamos. Si estás sometida a demasiada presión, tu cuerpo termina resintiéndolo.
La expresión de Valentina cambió.
Dejó de sonreír y bajó la mirada hacia sus manos.
No respondió.
La observé durante unos segundos. Había aprendido que, cuando una persona guardaba silencio de aquella manera, normalmente era porque había algo detrás que todavía no estaba preparada para contar. No quise presionarla, así que simplemente esperé.
—¿Pasó algo?
Valentina permaneció callada unos segundos más antes de asentir y desviar su mirada antes de decir:
—Discutí con Christian.
Sentí una ligera tensión en el pecho al escuchar su nombre. No sabía por qué, pero últimamente cada vez que Valentina mencionaba a mi amigo terminaba sintiendo una mezcla extraña de preocupación y frustración.
—¿Qué ocurrió esta vez?
No era una pregunta médica. Era la pregunta de un amigo que intentaba entender por qué la mujer que tenía frente a él estaba cada vez más agotada.
Valentina comenzó a contarme lo ocurrido y, mientras hablaba, fui entendiendo que la discusión había comenzado por los celos de Christian. Tuve que contener un suspiro.
Pero Valentina continuó hablando.
Me contó que lo que más le dolía no era únicamente la acusación de infidelidad, sino la forma en que Christian parecía darle más importancia a todo lo que hacía Briana que a cualquier cosa que ella pudiera decir.
Entonces me explicó lo ocurrido con el banquete. Se suponía que ella y Briana habían estado trabajando juntas, habían hablado de los detalles y habían elegido ciertas cosas para la ceremonia del aniversario de Grupo Kuri. Sin embargo, cuando Christian llegó, Briana había cambiado prácticamente todo lo que habían decidido y él simplemente había aceptado sus nuevas elecciones sin siquiera preguntarle a Valentina qué habían acordado antes.
Mientras la escuchaba, sentí cómo mi mandíbula se tensaba.
No podía creerlo.
Christian podía ser terco, orgulloso y hasta demasiado impulsivo cuando algo tocaba su ego, pero aquello comenzaba a parecerme absurdo. Tenía a su esposa frente a él y, en lugar de preguntarse por qué se estaba alejando, parecía empeñado en encontrar cualquier razón para culparla.
Y entonces pensé algo que me molestó incluso a mí mismo.
Mi amigo era un completo imbécil.
Estaba perdiendo a su esposa y ni siquiera parecía darse cuenta.
Lo peor era que no estaba perdiéndola porque otro hombre se la estuviera quitando. La estaba perdiendo porque llevaba demasiado tiempo haciendo que se sintiera sola mientras prestaba más atención a su cuñada que a la mujer con la que se había casado.
—Siempre es ella —murmuró Valentina.
Levanté la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Briana siempre está ahí. Si Christian necesita algo, ella aparece. Si quiere hablar, ella lo escucha. Si necesita ayuda, ella está dispuesta a hacerlo. Y yo… —tragó saliva—. Yo llevo dos años intentando encontrar un lugar en mi propio matrimonio, pero ya me cansé.
No supe qué responder.
Conocía la historia de Christian y Briana. Sabía la promesa que había hecho después de la muerte de Marcelo y entendía por qué se había mantenido cerca de ella y de Santi. Durante años había considerado aquella relación completamente normal.
Pero nunca había pensado en cómo debía verla Valentina.
Quizá porque yo siempre había observado las cosas desde afuera.
Ella era quien tenía que vivir con aquello todos los días.
—No quiero competir con ella —continuó Valentina—. Nunca quise hacerlo. Solo quería que Christian me viera como su esposa.
Sentí un nudo en el pecho.
Aquella frase me golpeó más de lo que esperaba.
Porque, de pronto, todo parecía mucho más sencillo de lo que Christian quería hacer creer.
Valentina no estaba pidiendo demasiado.
Solo quería sentirse importante para su propio esposo.
—Estoy cansada, Tadeo.
Su voz se quebró.
—Ya no puedo más.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas y ella intentó limpiarlas rápidamente, como si incluso llorar delante de mí le resultara incómodo.
—Quiero salir de esa familia. Quiero recuperar mi vida, pero no encuentro la manera de hacerlo. Christian no quiere darme el divorcio y su madre me dejó muy claro que hará todo lo posible para impedirlo. Siento que estoy atrapada.
Me quedé en silencio.
Sentía impotencia.
Era una sensación que no me gustaba, porque estaba acostumbrado a tener respuestas. Cuando un paciente llegaba a mi hospital, podía estudiar sus síntomas, pedir análisis, buscar un diagnóstico y elegir un tratamiento. Podía hacer algo.
Pero aquello no era una enfermedad que pudiera tratar con medicamentos.
Era su vida.
Y yo no podía decidir por ella.
Tampoco podía enfrentarme a Christian en su lugar, porque yo no era alguien cercano para ella..
—No sé cómo ayudarte con tu familia —admití finalmente—, pero sí puedo ayudarte con tu salud.
Valentina levantó la mirada.
—No quiero que pienses que estoy exagerando.
—No lo pienso.
—A veces siento que todos creen que debería aguantar porque soy la esposa de Christian Kuri.
Negué lentamente con la cabeza.
—No tienes que aguantar nada que te esté destruyendo.
Ella permaneció mirándome.
No dije nada más.
Solo dejé que el silencio se quedara entre nosotros.
Por alguna razón, no podía apartar la mirada de ella. Incluso después de todo lo que había contado, seguía intentando mantenerse fuerte. Estaba enferma, acababa de desmayarse y aun así parecía más preocupada por no convertirse en una carga para los demás que por sí misma.
Había algo en esa forma de ser que comenzaba a llamar demasiado mi atención.
Tal vez era su fortaleza o la tristeza que intentaba esconder.
O quizá simplemente estaba empezando a conocer a la mujer que había estado frente a mí durante años sin que realmente me hubiera detenido a mirarla.
Aparté la mirada.
No era el momento para pensar en eso.
Valentina necesitaba un médico y un amigo. Necesitaba ayuda con urgencia.
Y yo debía recordar que, antes que cualquier otra cosa, ella era la esposa de mi mejor amigo.
Sin embargo, mientras volvía a observarla, una idea se instaló en mi cabeza y no pude apartarla.
Christian estaba a punto de perderla. Y, no estaba seguro de que mi amigo mereciera otra oportunidad para hacerlo bien.
