✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 51

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◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 20 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

Cuando abrí la puerta de mi habitación, sentí que el cansancio se me había acumulado hasta en los huesos. Me dolía el cuerpo, tenía la cabeza pesada y cada movimiento me exigía un esfuerzo que, en otro momento, habría considerado insignificante. Lo único que deseaba era tomar un baño caliente, dejar que el agua relajara mis músculos y meterme en la cama para dormir tantas horas como me fuera posible. Al día siguiente me esperaba una nueva batalla, y no estaba segura de tener las fuerzas necesarias para enfrentarla.

Cerré la puerta a mis espaldas y apenas había dado un par de pasos cuando sentí vibrar el celular. Lo saqué del bolso por inercia, esperando encontrar alguna notificación sin importancia, pero al mirar la pantalla descubrí un mensaje de Tadeo.

Dime que llegaste bien a casa, hice todo lo que pude para entretener a Christian mientras salías de la clínica.

No pude evitar sonreír.

Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero durante unos segundos sentí que algo cálido se extendía por mi pecho. Alguien se había preocupado por mí. Alguien había recordado que debía llegar a casa, que después de un día agotador quizá necesitaba saber que no estaba completamente sola. Era una sensación extraña, tan sencilla y, al mismo tiempo, tan reconfortante que terminé apretando el celular contra mi pecho, como si quisiera conservar aquella pequeña muestra de afecto un poco más.

No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien se había preocupado por mí de aquella manera, sin esperar nada a cambio.

Bajé la mirada hacia la pantalla y comencé a escribir.

Ya estoy en mi habitación, gracias por todo, doctor.

Leí el mensaje una vez antes de enviarlo. Después, cuando apareció como enviado, me quedé contemplando la conversación durante unos segundos, con el pulgar suspendido sobre la pantalla. Finalmente, borré los mensajes.

La sonrisa desapareció poco a poco de mis labios.

No estaba bien ocultarle cosas a mi esposo. Lo sabía, y una parte de mí se sintió culpable por hacerlo, aunque solo se tratara de una conversación breve. Sin embargo, aquella culpa no tardó en mezclarse con un resentimiento que llevaba demasiado tiempo guardado. Christian también me había ocultado cosas durante nuestro matrimonio. Había secretos entre nosotros, silencios que se habían vuelto habituales y preguntas que nunca me había atrevido a formular porque, en el fondo, temía conocer las respuestas.

¿Con qué derecho podía exigirme una transparencia que él jamás me había ofrecido?

Suspiré, bloqueé el celular y dejé el bolso sobre la cama. No quería pensar en Christian, ni en nuestro matrimonio, ni en la discusión que habíamos tenido. Por una noche, al menos, deseaba dejar de preocuparme por todo aquello que me estaba consumiendo lentamente.

Me dirigí al baño y cerré la puerta. Mientras me quitaba la ropa, levanté la mirada hacia el espejo de cuerpo completo que ocupaba una de las paredes. Me detuve frente a él, observando mi reflejo con una expresión que apenas reconocí como propia.

Mi rostro estaba más hinchado de lo normal, especialmente alrededor de los ojos, pero mi cuerpo había adelgazado. La combinación me daba una apariencia extraña, como si mi piel ya no perteneciera a la mujer que había sido unos meses atrás. Me acerqué al espejo y estudié mi cara con mayor atención. La piel se veía seca, apagada; las ojeras oscurecían mis ojos y el agotamiento se reflejaba en cada uno de mis rasgos.

Me pasé los dedos por la mejilla, intentando encontrar en aquel rostro alguna señal de la mujer que recordaba.

No la encontré.

Aquella imagen me produjo una tristeza difícil de explicar. Siempre había procurado cuidarme, incluso en los momentos más complicados, pero últimamente parecía que mi cuerpo se estaba rindiendo antes que yo. La enfermedad avanzaba a su propio ritmo, indiferente a mis deseos, a mis temores y a todo lo que todavía quería hacer con mi vida.

Aparté la mirada antes de que las lágrimas comenzaran a acumularse en mis ojos. No quería llorar. Estaba demasiado cansada para hacerlo.

Terminé de quitarme la ropa y me metí en la bañera. Abrí el agua caliente y esperé hasta que el nivel subió lo suficiente para cubrir casi por completo mi cuerpo. El calor me envolvió poco a poco, aliviando la tensión de mis músculos, y fue entonces que pude soltar el aire que llevaba tanto tiempo conteniendo.

Tomé una pastilla aromática y la dejé disolverse en el agua. Un perfume suave comenzó a extenderse por el baño. Cerré los ojos un instante, intentando concentrarme en aquella sensación agradable, en el calor que me rodeaba y en la tranquilidad que tanto necesitaba.

Después comencé a tallarme el cuerpo con movimientos lentos, casi mecánicos. Me lavé los brazos, los hombros y las piernas, procurando no pensar demasiado. Sin embargo, por más que intentaba distraerme, mi mente regresaba una y otra vez a la misma pregunta.

¿Qué iba a hacer?

Había repasado mis opciones tantas veces que ya ni siquiera sabía cuántas. Intentaba encontrar una salida, una decisión que me permitiera recuperar el control de mi vida sin tener que renunciar a todo lo que alguna vez había deseado. Pero cada camino parecía conducir a otro problema, a una nueva incertidumbre o a una pérdida que no sabía si podría soportar.

Mi matrimonio me asfixiaba. Mi enfermedad me aterraba. Y la idea de enfrentar el futuro sola, sin saber cuánto tiempo tendría ni qué me esperaba al final del camino, me dejaba un vacío que ninguna respuesta conseguía llenar.

Cuando terminé de lavarme, me recosté lentamente en la bañera. El agua caliente me sostuvo mientras apoyaba la cabeza en el borde, y durante unos segundos me limité a escuchar el murmullo del agua y mi propia respiración.

Quería descansar. Quería dejar de pensar, aunque fuera por unos minutos. Quería que el mundo dejara de exigirme decisiones para las que no me sentía preparada.

Entonces me deslicé un poco más hasta que el agua cubrió por completo mi rostro.

El silencio fue inmediato.

Ya no escuché el murmullo del agua ni los pequeños sonidos del exterior. Todo pareció quedar muy lejos, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde nada pudiera alcanzarme. Mantuve los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, sin hacer el menor esfuerzo por incorporarme.

Tan fácil que sería solo dejar de respirar.

El pensamiento apareció en mi mente con una claridad que me estremeció incluso en medio de aquella quietud. No había una lucha en él, ni siquiera una decisión consciente. Solo un cansancio profundo, una necesidad desesperada de que el dolor se detuviera, de no tener que seguir fingiendo que podía soportarlo todo.

Pero entonces otra voz resonó en mis recuerdos, devolviéndome a una promesa que había hecho cuando todavía me quedaban fuerzas para creer que las cosas podían mejorar.

No estás sola, prométeme que harás todo lo posible para sanarte.

Apreté los párpados.

Lo había prometido. Había aceptado luchar, buscar tratamiento y hacer todo cuanto estuviera en mis manos para salir adelante. Quería cumplir aquella promesa, aunque a veces me resultara imposible imaginar cómo iba a conseguirlo.

Sin embargo, en ese instante, el agotamiento parecía más fuerte que cualquier palabra que pudiera repetirme.

El aire comenzó a faltarme. Una presión incómoda se instaló en mi pecho y mi cuerpo empezó a reclamar aquello que yo le estaba negando. Apenas tuve tiempo de comprender lo que sucedía cuando una fuerza inesperada me sujetó y me levantó de un jalón.

Salí del agua de golpe, incorporándome con torpeza mientras abría la boca para aspirar una bocanada desesperada de aire. Tosí, respiré una y otra vez y me aferré al borde de la bañera, tratando de recuperar el aliento.

Entonces levanté la mirada.

Frente a mí se alzaba una figura imponente que jamás habría esperado encontrar allí. Su presencia llenaba el espacio, pero no fue eso lo que me dejó paralizada, sino la expresión de su rostro.

Christian me observaba con los ojos fijos en mí, la mandíbula tensa y una preocupación tan genuina que, por un instante, no supe cómo reaccionar.

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