Capítulo 53
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, lo primero que noté fue el espacio vacío a mi lado. Estiré una mano sobre las sábanas y encontré la cama fría, una señal de que Christian llevaba bastante tiempo despierto. Durante unos segundos permanecí inmóvil, tratando de recordar lo sucedido la noche anterior. Recordé el baño, sus manos sujetándome con desesperación y la forma en que me había llevado a nuestra habitación para dormir conmigo. También recordé su brazo alrededor de mi cintura y el calor de su pecho contra mi espalda. Había algo desconcertante en despertar después de una noche así, especialmente porque no sabía qué pensar de su comportamiento. Christian podía ser tan frío como para hacerme sentir una desconocida en mi propia casa y, de pronto, comportarse como si mi bienestar le importara más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sin embargo, cuando giré la cabeza y confirmé que estaba sola, comprendí que no tenía tiempo para analizar sus contradicciones.
Tomé el celular de la mesita de noche y abrí los ojos de golpe al ver la hora.
—¡No puede ser! —exclamé, incorporándome tan rápido que tuve que detenerme un instante para evitar que el mareo me obligara a acostarme de nuevo.
Se me había hecho tarde. Tenía apenas el tiempo necesario para arreglarme y llegar al salón donde se estaban coordinando los preparativos del aniversario de Grupo Kuri. Faltaban tres días para la celebración y, a esas alturas, cualquier retraso podía convertirse en un problema. Los proveedores nuevos estaban esperando confirmaciones, había decisiones pendientes sobre el montaje y todavía debíamos revisar numerosos detalles para asegurarnos de que todo estuviera perfecto. No podía permitirme llegar tarde, mucho menos cuando ya existían suficientes personas dispuestas a cuestionar mi capacidad para organizar aquel evento.
Me levanté de la cama y entré al baño con la esperanza de que una ducha rápida me ayudara a despejarme. Sin embargo, cuando encendí la luz y me miré en el espejo, la poca tranquilidad que había conseguido reunir desapareció. Mi rostro estaba pálido, las ojeras bajo mis ojos parecían más pronunciadas y tenía una expresión de agotamiento que ni siquiera el descanso de la noche anterior había conseguido borrar. Me acerqué al espejo y estudié mis facciones con el ceño fruncido. No necesitaba que nadie me dijera que tenía mal aspecto; bastaba con verme para comprender que, si me presentaba así, las preguntas no tardarían en llegar.
No quería dar explicaciones sobre mi salud ni permitir que los demás convirtieran mi aspecto en un tema de conversación.
Me lavé la cara, me apliqué los productos que tenía a mano y después recurrí al maquillaje. Cubrí cuidadosamente las ojeras, disimulé la palidez con una base ligera y añadí un poco de color a mis mejillas. Finalmente, tomé un labial rojo y lo deslicé sobre mis labios. El tono intenso atrajo la atención hacia mi boca y le dio a mi rostro una apariencia más despierta, aunque yo sabía que, debajo de aquella capa de maquillaje, seguía estando la misma mujer agotada que había abierto los ojos unos minutos antes.
Me observé por última vez antes de apartarme del espejo.
—Puedes hacerlo, Valentina —me dije en voz baja.
No era la primera vez que tenía que fingir que me encontraba bien para cumplir con mis responsabilidades, y seguramente tampoco sería la última. Me vestí con rapidez, recogí mis cosas y salí de la habitación sin detenerme a buscar a Christian. Si él había decidido marcharse sin despertarme, tal vez significaba que había regresado a ser el mismo hombre de siempre. En ese momento, mis obligaciones no me permitían perder más tiempo.
Cuando llegué al salón de la ceremonia, descubrí que el movimiento había comenzado desde hacía rato. Varios proveedores aguardaban con carpetas y muestras de sus productos, mientras los encargados del montaje revisaban las medidas y las indicaciones que se habían establecido el día anterior. Apenas crucé la entrada, busqué a Briana con la mirada, esperando encontrarla supervisando alguno de los preparativos.
La encontré cerca de una de las mesas de trabajo, pero no estaba dando instrucciones a los empleados. Discutía con una mujer joven que llevaba un traje sastre negro, de corte impecable, y sostenía una tableta electronica contra el pecho. La desconocida mantenía una postura profesional, aunque su expresión dejaba claro que la conversación no estaba siendo sencilla.
—Le estoy diciendo que esas indicaciones no tienen sentido —insistió Briana, con los brazos cruzados—. Ayer dejamos todo organizado. No voy a cambiar mis decisiones porque alguien aparezca esta mañana diciendo que debemos empezar de nuevo.
—Comprendo que ayer se hayan establecido acuerdos, señora —respondió la joven con serenidad—, pero las instrucciones que recibí son muy claras. La organización debe revisarse personalmente con la señora Kuri antes de confirmar cualquier decisión definitiva.
—¿La señora Kuri? —repitió Briana, como si acabara de escuchar una equivocación absurda—. ¿Está segura de que ese es el nombre que le dieron? Estoy segura que se trata de mí, yo soy la señora Kuri viuda de Marcelo Kuri.
Fruncí el ceño mientras me acercaba. No conocía a aquella mujer y tampoco entendía por qué Briana estaba tan alterada. Por lo que podía escuchar, la desconocida no parecía estar intentando provocarla; se limitaba a explicar unas instrucciones que, a juzgar por su insistencia, no estaba dispuesta a desobedecer.
Briana fue la primera en verme.
El cambio en su rostro resultó tan rápido que casi habría podido pasar inadvertido si no hubiera presenciado la expresión de enfado que tenía unos segundos antes. Sus labios se curvaron en una sonrisa dulce, sus hombros se relajaron y, de pronto, volvió a parecer la mujer amable y encantadora que todos conocían.
—¡Valentina, por fin llegas! —exclamó, acercándose a mí con un tono quejumbroso—. Necesito que me ayudes a resolver este problema porque, sinceramente, no entiendo qué está pasando.
Miré a la joven, que me dedicó una sonrisa cordial antes de extenderme la mano.
—Buenos días, señora Kuri. Mi nombre es Isabella Ferrer. El señor Kuri me ha enviado para trabajar como su asistente personal durante la organización del aniversario de Grupo Kuri y apoyarla en todo lo que necesite.
Me quedé mirándola, sorprendida.
—¿Mi asistente personal?
—Así es, señora. El señor Kuri me explicó que, debido a la importancia de la celebración y al poco tiempo que queda para el evento, sería conveniente centralizar la coordinación de los preparativos. También me indicó que usted tendría la última palabra sobre las decisiones de organización. Ya he preparado una lista de pendientes y adelantado algunas gestiones para facilitarle el trabajo.
Briana soltó una risa breve, carente de humor.
—Esto tiene que ser un error. Christian jamás me dijo que fuera a enviar a alguien para supervisar lo que estoy haciendo.
Isabella no perdió la sonrisa, aunque su expresión se volvió un poco más firme.
—No estoy aquí para supervisar su trabajo, señora. Mi función es ayudar a la señora Kuri a coordinar los preparativos, mantener el control de las tareas pendientes y asegurarme de que las instrucciones del señor Kuri se cumplan.
