✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 13

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◷ Tiempo estimado de lectura: 13 minutos
✦ Publicado el 24 de octubre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Álvaro Duarte✦

Desde mi escritorio, vi cómo Emilia salía de la oficina dando un portazo. Una sonrisa se dibujó en mis labios.

Esperaba que no se enojara demasiado por la travesura que acababa de hacer, pero, en realidad, no pude evitarlo. No pensé que fuera tan ingenua como para caer tan fácilmente.

Llevé el pulgar a mis labios, recordando el roce fugaz de los suyos. Apenas había durado un segundo, pero la sensación quedó impresa en mi cuerpo, encendiendo algo dentro de mí que no esperaba.

Me gustaba verla feliz. Pero aún más si la causa de su felicidad era algo que yo provocaba.

Haberle permitido hablar con su padre fue un acierto total. Al fin y al cabo, mi padre no estaba aquí para enterarse y, aunque lo supiera, me resultaría fácil convencerlo de que era por el bien de la familia.

Claro que en realidad no lo hacía por eso.

Lo hacía por mí. Por ganarme su cariño, por sembrar en su mente la idea de que soy el único en quien puede apoyarse. Por borrar poco a poco la sombra de ese mocoso de Cazares en su vida.

Pero hoy no solo la traje aquí por eso.

Estaba decidido a que me acompañara a mi consulta con el psiquiatra. Quería ver su reacción cuando descubriera mi trastorno. ¿Se asustaría? Si lo hacía, tal vez nunca tendría una oportunidad con ella. Pero si, en cambio, lo comprendía… Si lograba aceptarlo… Entonces aún había esperanza para mí.

Porque Emilia creía amar a su novio, pero yo sabía que era demasiado joven para entender lo que era el amor de verdad. Lo que sentía por Esteban no era más que un capricho pasajero.

Yo le enseñaría lo que era el amor real.

Cada noche imaginaba lo que podría hacerle si estuviera a mi lado. Todo lo que podría enseñarle. Pero apenas la imagen de mi padre cruzaba por mi mente, un nudo se formaba en mi estómago.

Esta semana, con mi padre y Damiana fuera, aprovecharía para tomar el control. Contactaría nuevos clientes y haría los movimientos necesarios para sacar esta maldita empresa a flote. Mi padre estaba llevando todo a la quiebra por una absurda obsesión de emparentar con la familia Cazares.

Pero yo no lo permitiría.

Yo no iba a perder a Emilia.

Y menos por una estúpida alianza familiar.

Emilia Díaz

Tan pronto como Laura me entregó el teléfono, mis manos comenzaron a temblar. Marqué con cuidado cada número del teléfono de la casa de papá, sintiendo cómo la emoción me apretaba el pecho.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces…

—¡Hola! —escuché su voz al otro lado de la línea.

Mi garganta se cerró de golpe. Tragué saliva y, con la voz entrecortada, logré pronunciar:

—¡Papá! ¡Soy Emilia!

Hubo un instante de silencio, pero luego su voz volvió a sonar, esta vez cargada de asombro y emoción.

—Hija… ¿Pero cómo?

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Extrañaba tanto su voz. Extrañaba todo de él.

—Un amigo me prestó su teléfono —le expliqué rápidamente, sin querer dar muchos detalles.

Él no preguntó más. Solo soltó un suspiro tembloroso, como si también contuviera las ganas de llorar.

—Mi niña… No sabes cuánto te extraño.

—Yo también, papá… Te extraño muchísimo.

Y así, comenzamos a hablar.

Estuvimos en la línea por más de una hora, poniéndonos al día. Me contó cómo estaban él, Denise su esposa y mis hermanitos, María de catorce años y Luis de doce. Me habló sobre su cumpleaños, que había sido hace dos meses, el cual no pude pasar con él. Pero, por lo que me dijo, había sido un día especial junto a la familia.

—Denise me preparó mi comida favorita, y María hizo un pastel de chocolate casero… No quedó perfecto, pero le puso tanto empeño que fue el mejor pastel que he comido en mi vida.

Sonreí con ternura.

—Me alegra que hayas tenido un buen día, papá.

—Me hubiera gustado que estuvieras aquí —su voz sonó un poco más baja.

—Lo sé… Lo siento mucho —murmuré, sintiendo la culpa crecer en mi pecho—. Te prometo que haré todo lo posible para verte pronto.

Él suspiró, como si quisiera creerme, pero dudara de que eso fuera posible.

Para aligerar el ambiente, le hablé sobre Esteban y mis planes para terminar la universidad a fin de año. También le mencioné cómo, desde que Álvaro había llegado a casa, Lorenzo parecía más tranquilo.

—Eso es un alivio —dijo papá con genuina alegría—. Por un momento temí que él… bueno, que las cosas estuvieran más difíciles para ti.

—Sí, yo también lo temí —confesé con sinceridad—. Pero Álvaro ha hecho que todo sea más… llevadero.

—Entonces le agradezco lo que ha hecho por ti.

No supe qué responder a eso. Parte de mí quería decirle que no era tan simple, que Álvaro era un misterio para mí, pero decidí dejarlo pasar.

El tiempo pasó volando, y cuando vi que Álvaro salía de su oficina, supe que debía terminar la llamada.

—Papá, tengo que colgar. Gracias por hablar conmigo.

—Gracias a ti, hija. Y recuerda, no importa lo que pase, siempre tendrás un hogar conmigo.

Un nudo se formó en mi garganta.

—Lo sé… Te quiero mucho.

—Yo también te quiero, Emilia.

Colgué, sintiéndome agridulce. Feliz por haber escuchado su voz, pero triste porque la llamada no podía durar para siempre.

Al mirar hacia adelante, me encontré con la sonrisa brillante de Álvaro, quien me observaba desde la distancia.

Mi primer impulso fue corresponderle, pero recordé lo ocurrido minutos antes. El beso.

El calor subió a mis mejillas, y sin pensarlo, desvié la mirada y me apresuré a devolverle el teléfono a Laura.

Aún me sentía demasiado avergonzada como para enfrentar su mirada.

Álvaro Duarte

Sentí la mirada de Emilia clavada en mí, llena de asombro y confusión, cuando estacioné el auto frente a la clínica psiquiátrica. Su silencio me pesaba más que cualquier palabra que pudiera decir.

Respiré hondo, tratando de ordenar mis pensamientos. Bajé del auto y rodeé el vehículo para abrir su puerta. Tal vez, si estábamos frente a frente, sería más fácil explicárselo.

Ella descendió con cautela, sin apartar los ojos de la fachada de la clínica.

—Emilia… —murmuré, sintiendo cómo mi garganta se cerraba.

Su mirada se encontró con la mía, expectante.

—Yo… tengo un trastorno explosivo intermitente, detonó a partir de que mi madre falleció —confesé, con voz tensa.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué es eso? —preguntó con desconcierto.

Me pasé una mano por el cabello, desviando la vista hacia la acera.

—Es un trastorno crónico emocional… A veces tengo ataques de ira incontrolables —admití en voz baja, apretando los labios.

Odiaba decirlo en voz alta. Odiaba sentirme vulnerable. Pero necesitaba que ella lo supiera.

Su mirada bajó lentamente hasta mis manos vendadas.

—Por eso te lastimaste… —susurró—. ¿Tú te hiciste esto? —acarició las vendas de mis manos con suavidad.

Asentí con amargura.

Vi sus ojos suavizarse antes de que, sin previo aviso, me rodeara con sus brazos.

El gesto me tomó por sorpresa. Su calor me envolvió, su perfume floral inundó mis sentidos. Durante un segundo, cerré los ojos, permitiéndome disfrutar de la sensación de su cuerpo, encajando a la perfección contra el mío.

Quise besarla.

Dios, cuánto lo deseaba.

Pero en lugar de aferrarme a ella, hice lo contrario. Me forcé a apartarme con suavidad.

—Vamos —dije con voz ronca, sintiendo el vacío en mi pecho al separarnos.

El doctor nos recibió con una sonrisa tranquila antes de comenzar la sesión. Mientras él hablaba, sentí la mirada de Emilia sobre mí, cada vez más inquieta.

—El trastorno explosivo intermitente es una condición que provoca episodios repentinos de ira intensa y descontrolada —explicó el psiquiatra—. Las personas que lo padecen pueden reaccionar de forma exagerada ante situaciones frustrantes, llegando incluso a hacerse daño a sí mismos o a los demás.

Mis músculos se tensaron.

De reojo, noté cómo Emilia se estremecía. Sus manos se aferraron a los bordes de la silla y su expresión era una mezcla de sorpresa y miedo.

El golpe en mi pecho fue inmediato.

No quería que me mirara así, como si fuera un monstruo.

—Eso no significa que Álvaro sea peligroso —continuó el doctor, dirigiéndole una mirada comprensiva—. Con el tratamiento adecuado, los episodios pueden reducirse drásticamente.

—¿Eso quiere decir que… nunca va a curarse? —preguntó Emilia en un susurro.

El doctor negó con la cabeza.

—No hay una cura definitiva, pero con la combinación correcta de medicamentos y terapia conductual, puede llevar una vida completamente normal.

Emilia asintió lentamente, aunque su expresión seguía reflejando inquietud.

Cuando llegó el momento de hablar sobre mis heridas, tuve que dar una versión moderada de los hechos. No podía decirle que la razón por la que destrocé mis nudillos contra el árbol fue verla besarse con Esteban frente a mí.

—Fue un arranque de ira —dije, simplemente, encogiéndome de hombros.

El psiquiatra me recetó un tratamiento con inhibidores de serotonina, estabilizadores del estado de ánimo, fenitoína y antipsicóticos.

—Estos medicamentos ayudarán a regular tus impulsos y reducirán la intensidad de tus episodios —explicó—. Pero lo más importante es que te comprometas con la terapia.

—Lo haré —aseguré sin dudar.

Lo haría por mí.

Por Emilia.

Por la posibilidad de tener un futuro donde no tuviera que temer que mi ira me consumiera.

Cuando Emilia prometió que me ayudaría a seguir el tratamiento y se aseguraría de que tomara mis medicamentos, sentí una extraña calidez en el pecho.

Ella estaba ahí.

A pesar del miedo.

A pesar de lo que acababa de descubrir sobre mí.

Por primera vez en mucho tiempo, tuve la esperanza de que tal vez… solo tal vez… aún podía haber redención para mí.

—¿Ahora tendré enfermera personal? —solté con sarcasmo cuando salimos del consultorio.

Emilia me lanzó una mirada de advertencia.

—Si es necesario para que estés bien, así será, estaré para ti cuando me necesites —dijo con firmeza, con esa expresión determinada que a veces me sacaba de quicio, pero que también me encantaba.

Solté una risa baja.

—Me encanta esta enfermera —dije de repente, deslizando mi mano por su rostro con suavidad.

Ella se tensó de inmediato, su cuerpo se volvió rígido como una tabla.

—Álvaro… yo… —tragó saliva, claramente incómoda—. Me siento muy incómoda cuando haces esos comentarios. Yo estoy con Esteban y lo quiero, pero tú me agradas y no quisiera… que algo cambiara entre nosotros, no quiero alejarme de ti.

Mi mandíbula se endureció.

—No volverá a suceder —la interrumpí en seco.

Ella asintió con cierta inseguridad, y por un momento quise retractarme de mis palabras.

Pero no lo hice.

Todo el trayecto de regreso lo pasamos en un silencio incómodo. Emilia miraba por la ventanilla, ausente, y yo apretaba con fuerza el volante, sintiendo que la distancia entre nosotros crecía con cada kilómetro recorrido.

Tan pronto como estacioné frente a la casa, Emilia bajó casi corriendo y subió las escaleras hasta su habitación sin siquiera voltear a verme.

Resoplé, golpeando el volante con la palma de la mano.

Esto no iba a ser fácil.

Pero si algo tenía claro, era que no me daría por vencido.

El doctor me había dado esperanzas, y eso significaba que no todo estaba perdido. Si seguía con el tratamiento, si lograba controlar mi ira, tal vez, solo tal vez, podría demostrarle a Emilia que yo era lo mejor para ella.

Sabía que la ponía nerviosa cuando estábamos demasiado cerca.

Yo también le gustaba.

Solo faltaba que se diera cuenta de que yo podía hacerla más feliz que ese mocoso de Cazares.

No pude contenerme más.

Subí las escaleras y me detuve frente a la puerta de su habitación. Toqué dos veces, y un murmullo del otro lado me indicó que podía entrar.

Emilia estaba sentada en la cama, cargando un libro abierto entre las manos. Me miró con cautela cuando crucé la puerta y cerré detrás de mí.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz suave.

Me apoyé en el marco de la puerta, cruzando los brazos.

—Quiero hablar contigo —dije con seriedad.

Ella suspiró y bajó la mirada.

—¿Sobre qué?

Me acerqué lentamente hasta quedar frente a ella.

—Sobre la razón por la que me lastimé las manos.

Sus ojos se alzaron de golpe, llenos de sorpresa.

—Dijiste que fue un arranque de ira… —susurró.

—Lo fue —asentí—. Pero no te dije por qué.

Ella tragó saliva.

—¿Por qué, Álvaro?

Mi corazón latía con fuerza. No quería admitirlo, pero ya no tenía sentido seguir ocultándolo.

—Porque te vi besándote con Esteban.

Su respiración se detuvo por un instante.

—¿Qué…?

—Me cegaron los celos —confesé en un susurro—. Me sentí tan impotente… tan furioso… que no supe cómo manejarlo.

Emilia entreabrió los labios, pero no dijo nada.

Aproveché el momento y me incliné hacia ella, acercándome lentamente.

—Te quiero, Emilia —murmuré, rozando su mejilla con mis dedos—. Más de lo que debería… más de lo que puedo controlar.

Ella cerró los ojos por un instante, su respiración era temblorosa.

Y entonces la besé.

Al principio, fue un roce suave, casi inseguro. Pero cuando sentí que no se apartaba, cuando sus labios se movieron con los míos, me atreví a profundizar el beso.

Fue cálido. Fue intenso.

Fue exactamente como lo había imaginado cientos de veces.

Pero entonces, ella se separó de golpe.

—No… —susurró, llevándose una mano a los labios. Su expresión era un torbellino de emociones: confusión, anhelo… culpa. —No debería estar pasando esto —dijo con la voz quebrada—. Yo… yo estoy con Esteban.

Fruncí el ceño, sintiendo la furia encenderse en mi pecho.

—Tú no lo amas, Emilia —afirmé, sin dejar espacio a la duda—. Estás con él porque mi padre te empujó a eso.

Ella negó con la cabeza.

—No es cierto…

—Claro que lo es —di un paso hacia ella, pero retrocedió—. Emilia, yo encontraré la manera de romper ese compromiso. No tienes que seguir con él.

Ella me miró con los ojos vidriosos.

—El problema, Álvaro, es que… no sé si quiero hacerlo.

Sus palabras me atravesaron como una daga.

—¿Qué?

—Estoy bien con Esteban —dijo en un susurro, como si tratara de convencerse a sí misma más que a mí—. Me hace sentir segura… tranquila…

Di un paso atrás, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies.

Ella respiró hondo y bajó la mirada.

—Lo siento… pero nosotros nunca podremos tener un futuro juntos, Lorenzo nunca nos dejaría.

Apreté los puños, sintiendo la ira burbujear dentro de mí. Pero esta vez, la contuve.

Respiré hondo.

Me acerqué una última vez y tomé su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme.

—Voy a demostrarte que yo soy quien te hará verdaderamente feliz —susurré.

Ella no dijo nada.

Solo me observó con esos ojos llenos de dudas. 

Salí de la habitación tan rápido como pude recargándome del otro lado sobre la pared. La batalla por su corazón estaba lejos de terminar, ella me había correspondido ese beso.

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