Capítulo 14
Conducía hacia la casa de Emilia, sintiendo una emoción indescriptible en el pecho. Después de la noche que pasamos juntos, tenía más claro que nunca que ella era la mujer con la que quería estar siempre.
A su lado, todo tenía sentido.
Ayer, durante la tarde, había hablado con mi padre sobre mis sentimientos y mis intenciones con Emilia. Su expresión reflejaba cierta preocupación, pues nuestra relación podría complicarse si él decidía no renovar el contrato con el padrastro de Emilia. Pero estaba dispuesto a todo con tal de que ella no sufriera ninguna consecuencia, incluso pedirle matrimonio si era necesario.
Para el amor no hay edad ni tiempo, y después de casi dos años juntos, yo estaba completamente seguro de mis sentimientos por ella.
Aún quedaban cuatro meses para que el contrato expirara, pero mi padre ya había tomado su decisión. No tenía intención de renovarlo. De hecho, ya estaba en busca de un nuevo proveedor de textil para la industria. Me explicó que Lorenzo Duarte había intentado estafarnos en dos ocasiones, enviando material de menor calidad a la acordada en las cláusulas.
No me sorprendió en lo absoluto.
Solo esperaba que Emilia no sufriera por las consecuencias de las acciones de ese hombre.
Al llegar a su casa, me quedé esperando afuera. No me gustaba entrar, y menos ahora que notaba cómo Álvaro la miraba de una manera extraña.
Si seguía mi intuición, debía admitir que me daban celos.
La veía como si le perteneciera.
Eso me disgustaba muchísimo.
Pero no podía decírselo a Emilia. Lo más probable era que pensara que estaba exagerando o, peor aún, que estaba loco. Después de todo, Álvaro era su hermanastro.
Tal vez simplemente no me agradaba su actitud.
Emilia bajó las escaleras con la elegancia natural que la caracterizaba. Llevaba un vestido sencillo, azul rey, con unos zapatos sin tacón. A mis ojos, se veía hermosa.
Sonreí al verla acercarse.
—Hola, amor —dije con calidez, tragando saliva al ver su cuerpo tan cerca del mío. Me incliné de inmediato para buscar sus labios, que eran mi peor adicción. Suaves. Deliciosos. Eran míos.
Nos separamos lentamente, y ella soltó una risita.
—Hola… —me devolvió el saludo con dulzura—. Me besas como si no nos hubiéramos visto en días.
Me miró con cierta diversión y jugó con su dedo índice sobre mis labios.
Ese gesto me encendió por completo.
—Un día es demasiado para mí —exclamé, tomándola por la cintura—. Quiero verte todos los días, todo el tiempo… ¡Dios! Te quiero demasiado, Emilia.
No esperé más y la besé de nuevo.
Sabía que podía parecer intenso, pero con ella no quería contenerme.
Solo quería que supiera cuánto la amaba.
Llevé a Emilia a un pequeño parque cerca de su casa. Para nuestra fortuna, no había muchas personas. Caminamos un rato hasta encontrar un rincón con sombra donde pudiéramos hablar con tranquilidad.
Emilia se sentó sobre mis piernas, enfrentándome, y comenzó a acariciar mi cabello con suavidad. Yo posé una mano sobre su regazo, haciendo pequeños círculos con mis dedos. Su piel me encendía al instante.
—Emm… ayer hablé con mi padre sobre nosotros —hice una pausa, buscando su mirada—. Nos apoya para que estemos juntos, pero el contrato con tu padrastro finaliza en cuatro meses. Para entonces, quiero tener todo listo para que estés conmigo.
Su expresión se tornó seria.
—Esteban… —murmuró con duda.
Pero no le di oportunidad de continuar.
—Estoy seguro de que Lorenzo Duarte se va a enfadar cuando se entere de que perderá a su cliente más exclusivo —continué, ignorando su inquietud—. Y hay algo que quiero pedirte…
Sus ojos brillaron intensamente y sus mejillas se tornaron de un rojo suave.
—¿Qué es lo que me quieres pedir? —preguntó, con una mezcla de emoción y nerviosismo.
Besé sus dulces labios antes de fijar mi mirada en los suyos.
—Quiero preguntarte si te gustaría que para tu cumpleaños visitáramos a tu padre.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Qué?
—Necesito hablar con él —solté con seriedad.
Emilia frunció el ceño, confundida.
—¿Sobre qué?
Sonreí con confianza. Quería ver su reacción cuando se enterara de lo que planeaba hacer.
—Quiero pedirle la mano de su hija —dije con firmeza.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué? —susurró, llevándose ambas manos a la boca.
—Quiero que tú y yo estemos juntos para siempre, Emilia —le expliqué, sintiendo mi pecho acelerado—. No importa si piensas que es muy pronto, es lo que siento por ti.
Hice una pausa y respiré hondo antes de continuar.
—Últimamente, he estado pensando en mi futuro. Pronto me graduaré y empezaré a trabajar en la empresa de mi padre. Quiero convertirme en uno de los mejores empresarios del país, hacer que mis padres y tú se sientan orgullosos de mí. Pero, sobre todo… quiero pasar mi vida contigo.
Sentí mis ojos volverse cristalinos.
Tomé su cintura y la atraje hacia mí, sumiéndonos en un beso profundo.
Pero cuando me separé, noté algo extraño en su mirada.
—Pero… tal vez es muy pronto —dijo en un murmullo, con incertidumbre—. Mi cumpleaños es en tres meses, nunca esperé casarme antes de terminar la universidad.
Tomé su mejilla con suavidad.
—Emilia, tenemos poco tiempo para estar juntos. Necesito que, antes de que ese contrato termine, ya estés viviendo conmigo.
Su cuerpo se tensó ligeramente.
—Si es necesario, te voy a raptar —solté con seriedad, mirando sus ojos con intensidad—. No voy a permitir que tu padrastro intente desquitarse contigo después. Necesito saber que estarás a salvo.
Ella tragó saliva.
Sus ojos reflejaban miedo.
Lo sabía.
Había dado justo en el clavo con mis palabras.
Su padrastro era capaz de hacerle daño.
Y yo no lo iba a permitir.
—Esteban… —susurró, con voz temblorosa—. Yo… es que…
Parecía que quería decirme algo.
Abrí la boca para preguntarle qué pasaba, pero, antes de que pudiera hacerlo, ella sacudió la cabeza y apartó la mirada.
—Solo dime que sí, amor.
Ella asintió entre lágrimas y las limpió con sus manos.
Ese gesto me pareció tan tierno que no pude evitar acunarla en mis brazos y besar su cabello.
—Sí, quiero estar contigo… —dijo al incorporarse de nuevo.
Sonreí de oreja a oreja y tomé su cuello con suavidad, atrayéndola hacia mí.
Nuestro beso se volvió más intenso.
A nuestro alrededor, la luz de la tarde comenzaba a desvanecerse.
El parque pronto cerraría. Pero, en ese momento, no me importaba nada más que ella. Deslicé mis dedos por sus piernas, subiendo lentamente hasta rozar su ropa interior. Ella jadeó suavemente.
Mi respiración se entrecortó.
—Pronto cerrarán el parque —murmuró, mirando a su alrededor.
Asentí, robándole un último beso apasionado.
Emilia era todo para mí.
Y haría lo que fuera por protegerla.
Emilia Díaz
Después de despedirme de Esteban, entré a casa apresurada. No distinguí señales de Mara o de Álvaro. Subí las escaleras directo a mi habitación y me dejé caer boca abajo en la cama, todavía con la cabeza, dando vueltas por todo lo que acababa de pasar. Esteban quería que fuera su esposa. Su padre no renovaría el contrato con Lorenzo. Yo estaría en medio y sería quien pagaría las consecuencias.
Todo mi cuerpo se estremeció de temor. Era demasiado pronto para un matrimonio, pero era mi única salida de este infierno, confiaba en Esteban y lo quería, aprendería a amarlo tanto como él me amaba a mí, estaba segura de que podía. El simple hecho de pensar que tenía la posibilidad de formar una verdadera familia me llenaba de emoción.
Cerré los ojos e imaginé cómo sería casarme con Esteban, compartir mi vida a su lado, despertar juntos cada mañana, besarlo y abrazarlo todos los días.
Seríamos felices.
Unos golpes suaves en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
Me senté sobre el borde de la cama.
—¡Pase!
Álvaro entró y se recargó en la pared, cerca de la puerta. Ambos nos miramos por unos segundos en silencio.
—Pensé que serías mi enfermera personal —dijo con un tono irónico.
Rodé los ojos con diversión. Me alegraba que su humor conmigo no hubiera cambiado después del beso de ayer.
—¿Ya tomaste tu medicamento?
—Al pie de la letra —respondió con una gran sonrisa.
Asentí con satisfacción.
Por un momento, noté que no se movía. Parecía estar manteniendo su distancia.
El doctor había mencionado que, frente a un episodio, lo mejor era ser amables con él, así que iba a decir algo, pero me interrumpió.
—Emilia… quiero que me des tu opinión.
Su tono de voz era más serio.
—¿Te asusta saber que soy un enfermo mental?
Abrí los ojos con sorpresa. Me dolía verlo afligido.
Siempre había sido bueno conmigo, siempre me había cuidado.
—Álvaro, el hecho de que estés enfermo no cambia en nada tu personalidad —dije con sinceridad—. Eres una buena persona, eres agradable… El doctor dijo que si sigues sus instrucciones, esos ataques de ira solo se presentarán cada muchos años. Y eso es increíble.
Él aspiró profundo, esbozando una media sonrisa.
—Esta semana aprovecharé que mi padre no está para contactar a algunos posibles clientes que puedan reemplazar a Ernesto Cazares.
Fruncí el ceño.
—Si logro hacerlo, tú ya no tendrás que seguir con este juego que mi padre te ha impuesto.
Lo miré con cautela.
—¿Y qué pasaría si realmente quiero estar con Esteban? —pregunté, observándolo con atención.
Su expresión cambió.
Resopló con evidente molestia.
—¡Por favor, Emilia! —exclamó con fastidio—. Ese chiquillo es del tipo que le gusta jugar con las mujeres.
Supe en ese momento que lo que decía no venía de la razón, sino de sus emociones.
Álvaro estaba convencido de que Esteban no era bueno para mí.
—¿De verdad crees que él no sabe del acuerdo entre nuestros padres? Para él eres algo que puede darse el lujo de comprar..—continuó, endureciendo la mirada—. ¿Aun así quieres estar con él?
Respiré hondo.
No quería discutir.
—Tú no lo conoces, Álvaro. Él es bueno y me quiere.
Mantuve mi voz tranquila.
No quería alterarlo, no cuando mamá y Lorenzo no estaban en casa.
Él apretó la mandíbula.
—Tengo experiencia en reconocer a los de su tipo —su voz se tornó fría —es cuestión de tiempo para que se muestre tal como es…
Y, sin más, se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta de un portazo.
Di un respingo.
Me llevé una mano al pecho, sintiendo mi corazón latir con fuerza. Por unos segundos, dudé si debía dejarlo así. Pero no podía seguir con esto.
Me levanté y fui tras él.
Álvaro estaba en su habitación.
—Álvaro —llamé a su puerta. Él la abrió apenas pronuncié su nombre. Cerré la puerta detrás de mí.
Se giró hacia mí para verme.
Vi la tormenta en sus ojos. Tragué saliva y me acerqué con cautela.
—Por favor, olvidemos lo que pasó.
Su expresión se endureció.
—¿Qué?
—Lo del beso… —dije con voz baja—. Fue un error.
Lo vi tensarse.
Su respiración se volvió más pesada.
—Álvaro, tú eres importante para mí, he tenido sentimientos por ti, sí, pero y ¿después qué? Sabes perfectamente que algo entre nosotros es prohibido, ¿que pasará si Ernesto Cazares ya no renueva con Lorenzo? ¿Podrás controlar la furia de tu padre?
Le sostuve la mirada, queriendo que entendiera.
—Yo te protegeré…
Apreté los labios antes de continuar.
—Continuaré con Esteban, por él, por mí y por ti, es la única manera de que a todos nos vaya bien, Ernesto Cazares no va a firmar, me lo dijo Esteban, la fábrica va a irse a la quiebra y yo tengo que estar lejos de esta casa para entonces, ni tú podrás salvarme de esto, por eso es que me comprometeré con Esteban.
Silencio.
Un silencio pesado que pareció extenderse por eternos segundos.
Finalmente, Álvaro alzó la vista.
Sus ojos oscuros reflejaban una mezcla de dolor y furia contenida.
—Podríamos escapar, irnos de aquí, si tú quisieras, dejar todo y largarnos para siempre… —dijo con voz rasposa.
Negué.
Salí de la habitación casi huyendo. Sabía que le había dolido. Pero era lo correcto. Y no había vuelta atrás.
Aunque me doliera el corazón, Álvaro siempre sería mi amor imposible.
