✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 17

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Esteban Cazares✦

—En efecto, usted tiene cuatro meses de embarazo —dijo el doctor mientras retiraba el gel azul del vientre de Marcela.

Ella me miró con una sonrisa de suficiencia, pero yo apenas podía mantenerme en pie.

Sería padre.

Las palabras golpearon mi pecho con un peso abrumador.

No estaba preparado. No estaba en mis planes. Era demasiado pronto.

Pero había algo de lo que sí estaba seguro: a este bebé jamás le faltaría mi amor.

—¿Quieren saber el sexo? —preguntó el doctor, mirándome fijamente antes de dirigir la vista a Marcela.

Ella asintió de inmediato, emocionada.

Yo apenas pude asentir en silencio. Mi corazón latía con fuerza, como si estuviera al borde de un precipicio.

Era una experiencia nueva, única… pero también amarga. Porque no la estaba viviendo con la mujer que amo.

El doctor volvió a aplicar el gel frío sobre el vientre de Marcela y deslizó el transductor sobre su piel.

Fijé la vista en la pantalla.

Una pequeña figura borrosa se movía en el monitor.

Mi hijo.

Una sensación indescriptible me recorrió el cuerpo. Algo parecido al orgullo, al miedo… a la responsabilidad.

Sentí que mis ojos se humedecían cuando Marcela tomó mi mano.

No la amaba.

Pero éramos los padres de ese bebé.

Y él no tenía la culpa de nuestros errores.

Apreté su mano con firmeza.

—¡Felicidades! —exclamó el doctor—. ¡Un bebé varón está en camino!

Marcela se giró hacia mí con los ojos brillantes y una sonrisa de triunfo.

—¡Tendremos un hijo, Esteban! ¿Te imaginas? ¡Será el nuevo heredero de los Cazares—Berasteín!

Su voz rebosaba orgullo.

Y yo… entendí lo que significaba.

Un hijo varón en mi familia no era solo un niño. Era un símbolo.

Mi apellido, mi linaje, mi futuro.

La gente esperaría mucho de él. De mí.

Mi padre tenía razón.

…

Ayudé a Marcela a subir al auto.

Desde que salimos del consultorio, tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar. Eran demasiadas emociones para tan poco tiempo y no sabía como reaccionar.

—Vamos a tener un hijo, Esteban. Cambia esa cara, por favor —dijo ella, haciendo un puchero infantil.

La fulminé con la mirada.

—¿Cómo esperas que cambie mi expresión cuando esto no es nada de lo que tenía planeado para los próximos años de mi vida? Sabes perfectamente cuáles eran mis planes y ahora… —solté con hosquedad.

Por un momento pensé que me había excedido con el tono.

Marcela empezó a llorar de inmediato, sin reservas.

—¿Por qué mejor no me pides que aborte? —gritó con los ojos enrojecidos.

—Ni se te ocurra —espeté con dureza.

Ella giró el rostro hacia la ventana. Por un instante, su expresión parecía dolida… pero luego, como si nada, recompuso su semblante.

A veces me preguntaba si sus lágrimas eran genuinas o si solo eran parte de su juego. La conocía lo suficiente como para saber que estaba utilizando a nuestro hijo como una herramienta para alejarme de Emilia.

—¿Entonces si nos quieres? —susurró, mirándome con ojitos suplicantes y ese aire de niña mimada que me resultaba insoportable.

—Quiero a mi hijo —respondí, con voz seca.

Marcela sonrió con autosuficiencia y cruzó los brazos.

—Es suficiente para mí… por ahora —dijo con una frialdad que me revolvió el estómago.

Solté un profundo suspiro y encendí el auto.

El trayecto transcurrió en silencio.

Antes de llegar a casa, le hice prometer que no le diría nada a Emilia. Quería ser yo quien hablara con ella.

Marcela aceptó sin oponer resistencia, pero algo en su mirada me decía que no podía confiar del todo en su palabra. Necesitaba hablar con Emilia pronto, antes de que se enterara por alguien más y terminará odiándome, eso jamás lo podría soportar.

Al entrar a casa, informé a mis padres sobre el sexo del bebé.

Mi madre estaba eufórica. Mi padre, aunque más contenido, dejó escapar una sonrisa de satisfacción.

Sabía lo que significaba.

En nuestra familia, el primer hijo varón era más que un simple heredero.

Era la continuidad del linaje.

El futuro líder de la empresa.

Yo mismo estaba por asumir ese papel. 

Mi padre esperó a que estuviéramos a solas antes de hablarme con seriedad.

—¿Has pensado en lo que hablamos, Esteban? —su voz sonó firme, pero sin dureza—. Un matrimonio entre tú y Marcela no tiene por qué ser un sacrificio. Si firman un acuerdo antes, solo serán unos años… Después, pueden separarse sin escándalos.

Guardé silencio.

—Es mejor eso a que ella quede como la víctima abandonada y tú como un padre irresponsable —continuó—. Ese bebé significa mucho para nuestra familia. Será el nuevo heredero de los Cazares, y merece tener una familia unida cuando nazca.

Lo miré fijamente.

Entendía cada una de sus palabras.

Mi cerebro las procesaba perfectamente. Pero mi corazón no.

…

Después de días evitándola, esquivando sus llamadas y debatiéndome entre el deber y el deseo, finalmente tomé una decisión.

Esa tarde, marqué a su casa.

Cuando escuché su voz al otro lado de la línea, mi corazón se encogió de inmediato. Su tono era dulce, emocionado, como si no notara mi distancia.

Quedamos en vernos en un parque cerca de su casa. No quise pasar por ella; temía que si la veía antes, no tendría el valor de decirle la verdad.

Ni siquiera cuestionó mi elección del lugar.

Cuando colgué, exhalé un suspiro ahogado.

El trayecto hasta el parque se me hizo eterno. Llegué unos minutos antes y me senté en una banca con la mirada perdida, la mente revuelta y un nudo en la garganta que me asfixiaba.

¿Cómo se supone que le diga esto?

De pronto, su voz me sacó de mis pensamientos.

—¡Hola!

Giré la cabeza de inmediato y la vi a unos metros de distancia.

Emilia agitaba la mano con una suave sonrisa en los labios, su cabello ondeaba ligeramente con el viento, y sus ojos brillaban con ese destello de ternura que siempre me desarmaba.

Sin pensarlo, me puse de pie y caminé hacia ella con pasos apresurados.

Antes de que pudiera decir algo, la rodeé por la cintura y la alcé en el aire, girándola con fuerza contra mi pecho.

Quería que este momento quedara grabado en mi memoria.

Hundí el rostro en su cabello, respirando su aroma, aferrándome a la sensación de tenerla en mis brazos, sabiendo que después de hoy, nada volvería a ser igual.

—Esteban… —murmuró contra mi cuello—. Estaba muy preocupada por ti. ¿De qué te enfermaste?

No le respondí.

En su lugar, posé una mano en su nuca y la besé.

No fue un beso cualquiera.

Fue desesperado, intenso, como si con él pudiera detener el tiempo, borrar lo que estaba por decirle, fundirnos en un solo ser para que nada nos separara.

Sentí cómo su cuerpo respondía al mío, cómo se entregaba sin reservas… pero después de unos segundos, se apartó lentamente, con la respiración entrecortada.

Me miró con confusión.

—¿Qué fue eso?

Aún tenía mis manos en su cintura.

Un nudo se formó en mi garganta.

—Te amo, Emilia —susurré con urgencia—. Nunca lo dudes y nunca lo olvides.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué pasa? Me estás asustando… ¿Está todo bien contigo? ¿Con tu salud?

Asentí en silencio.

Pero no todo estaba bien.

Nada lo estaba.

Exhalé con fuerza, tragando saliva. Tomé su mano y la guié hasta la banca donde había estado esperando.

Ella se dejó llevar, pero su mirada me escrutaba con intriga.

—Esteban, dime qué pasa.

Me pasé una mano por el rostro y bajé la mirada antes de hablar.

—Emilia… No sé cómo decirte esto… —tomé aire—. Sabes que solo estuve con Marcela una vez…

Hice una pausa.

Ella me miraba fijamente, con el rostro impasible, como si su cerebro se negara a procesar lo que estaba por decir.

Finalmente, solté la verdad.

—Está embarazada.

El mundo pareció detenerse.

Por un instante, todo fue silencio.

Luego, Emilia se apartó bruscamente, arrancando su mano de la mía como si la hubiera quemado.

Sus ojos se encendieron con un fuego intenso y su expresión pasó del desconcierto a la furia.

—¿Qué? —gritó, con la voz cargada de incredulidad y rabia.

Mi corazón latía con fuerza en mi pecho.

Sabía que la estaba perdiendo.

Y lo peor era que no podía hacer nada para evitarlo.

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