Capítulo 25
Decidí quedarme unos días más con Mara y Álvaro. Aunque al principio me sentía como una extraña en aquella casa, poco a poco me fui acostumbrando. Mara y yo nos habíamos vuelto algo así como amigas, compartíamos el tiempo juntas, apoyándonos la una en la otra en esa casa que se sentía demasiado grande cuando Álvaro no estaba.
Él, por su parte, pasaba casi todo el día encerrado en la empresa, tratando de contener el caos que se desató tras la muerte de Lorenzo. El problema más grave fue la pérdida de los Cazares como principales clientes. Lo veía llegar cada noche con los hombros tensos, el ceño fruncido y la mirada sombría. Estaba desesperado por encontrar nuevos clientes, y la presión lo estaba consumiendo.
Para amortiguar las pérdidas, incluso tuvo que vender algunas de las propiedades que Lorenzo les había heredado. Eso me hacía sentir impotente. Quería ayudar, pero no tenía idea de cómo. Solo podía observar desde la distancia, esperando que todo mejorara pronto.
Esa noche, cuando el reloj marcó las once y Álvaro seguía en su despacho, decidí hacer algo, aunque fuera pequeño. Preparé un té de manzana con canela, esperando que al menos le ayudara a relajarse. Coloqué la tetera humeante, una taza y su medicamento en una bandeja de aluminio y caminé hacia su despacho.
Frente a la puerta, respiré hondo y di un par de suaves golpecitos.
—Adelante —su voz llegó desde el otro lado, sonaba agotado.
Con cuidado, giré la manija sin inclinar demasiado la bandeja. Al entrar, la luz cálida del escritorio iluminaba su rostro. Su piel estaba pálida por el cansancio, sus ojeras más pronunciadas. Sin embargo, lo que me hizo sentir un repentino calor en las mejillas fue la forma en la que me observaba, con sus ojos oscuros fijos en mí, como si acabara de interrumpir algo importante.
—Te traje un té —murmuré, acercándome con la bandeja entre mis manos—. Te ayudará a descansar, y también traje tu medicamento. Recuerda que el doctor dijo que el descanso es importante para mantener a raya los episodios.
Dejó el bolígrafo y se recargó en el respaldo de la silla, soltando un largo suspiro.
—Huele bien… ¿Es manzana con canela? —preguntó con un dejo de curiosidad en su voz.
—Sí.
Por primera vez en toda la noche, una sombra de ternura cruzó por su mirada.
—Era el favorito de mi madre —susurró, con una melancolía que me hizo un nudo en el pecho.
Sentí un impulso irrefrenable de consolarlo, así que me acerqué y, con timidez, entrelacé mi mano con la suya. Su piel estaba cálida, su tacto firme, pero no se apartó. En cambio, levantó la mirada, atrapándome en esos ojos que escondían un torbellino de emociones.
—También es mi favorito —le confesé, con una sonrisa suave—. Me gusta tomarlo cuando leo… Mara me habló un poco sobre tu mamá. Sé que la extrañas, y lamento que hayas tenido que pasar por esa pérdida.
Un brillo cristalino cubrió sus ojos por un segundo. No estaba segura si era por la fatiga o por la tristeza, pero en ese momento, en la tenue luz de la oficina, lo sentí más cercano a mí.
Y sin quererlo, una lágrima escapó de mi propio ojo.
Álvaro soltó mi mano con suavidad y tomó la taza de té. Observé cómo soplaba ligeramente el líquido humeante antes de dar un sorbo. Luego, sin decir nada, tomó sus pastillas y las tragó con un gesto mecánico.
—No me gusta hablar sobre ella con otras personas —murmuró después de un momento de silencio. Su voz sonaba grave, casi áspera, como si cada palabra le pesara—. Me hace sentir vulnerable. Mis episodios de ira comenzaron cuando mi madre falleció… Me sentía tan mal, como si mi mundo se hubiera acabado con ella.
Su mirada se perdió en un punto fijo, pero de pronto se puso de pie con un movimiento tenso. Quedó frente a mí, su altura era imponente y su expresión sombría. Nos miramos, atrapados en un instante suspendido.
—Mi vida jamás volvió a tener sentido… hasta que…
Hizo una pausa, desviando la mirada. Su cuerpo pareció cerrarse sobre sí mismo mientras se alejaba un par de pasos. Algo dentro de mí se retorció. No quería que se alejara. Lo necesitaba cerca, aunque todavía no entendiera del todo el porqué.
—¿Hasta qué…? —pregunté con suavidad, dando un paso hacia él.
Álvaro se giró despacio.
—Hasta que me enamoré de ti… —El aire pareció abandonarme. Mi corazón tamborileó con fuerza dentro de mi pecho, y un estremecimiento me recorrió hasta el último rincón de mi cuerpo. —Si tan solo pudieras amarme con la misma intensidad con la que te amo a ti… —su voz se quebró ligeramente—. Pero no te voy a obligar, Emilia. Aunque el vacío que siento al saber que amas a otro me carcoma por dentro.
El peso de sus palabras se asentó en el espacio entre nosotros, opresivo, insoportable. Entonces bajó la cabeza, apoyando ambas manos sobre la mesa del escritorio. Sus hombros se encorvaron ligeramente, como si estuviera cargando una presión demasiado grande.
Estaba sufriendo. Y eso me dolía.
—Álvaro… hay algo que debes saber…
Mi voz salió más temblorosa de lo que esperaba. Él giró un poco la cabeza, su ceja se arqueó ligeramente.
—¿Te irás? —preguntó en un susurro, y en su tono había un leve atisbo de miedo.
Apreté los labios. Lo había pensado durante días. Después de todo lo que habíamos pasado, después de todo lo que estábamos pasando… ya no había nada que me impidiera decirle la verdad.
Mis verdaderos sentimientos.
—No… si tú quieres que me quede, me quedaré.
Álvaro suavizó su mirada, y su espalda se enderezó con un movimiento firme. Ahora era yo quien debía alzar la vista para mirarlo. Siempre me había parecido imponente, su presencia tenía un peso difícil de ignorar. Pero lejos de intimidarme, me hacía sentir segura, como si a su lado nada ni nadie pudiera lastimarme otra vez.
Tomé aire, sintiendo el pecho oprimido por todo lo que estaba a punto de confesar.
—Álvaro, antes de que todo esto pasara… la última vez que vi a Esteban, yo… —tragué saliva, buscando las palabras correctas— yo planeaba terminar con él.
Álvaro ladeó ligeramente la cabeza, observándome con atención.
—Quise a Esteban, mucho… pero no era amor lo que sentía por él. Lo supe el día que estuvimos juntos, de lo contrario jamás hubiera estado con alguien más.
Su expresión se endureció por un breve instante, pero no me interrumpió.
—Intenté amarlo con todas mis fuerzas porque… porque contigo jamás podría tener lo que Esteban me ofrecía: una felicidad estable, una familia de verdad. Y eso es lo que más anhelo. Pero cuando Esteban me confesó que Marcela estaba embarazada, lo primero que sentí fue coraje. No con él… sino conmigo misma.
Álvaro frunció el ceño, como si intentara descifrar lo que estaba diciéndole.
—Me odié por haber creído que mi felicidad estaba a su lado… porque, en realidad, todo este tiempo me estuve mintiendo. Mi felicidad no es con Esteban.
—Emilia… —su voz sonó grave, densa, cargada de emociones contenidas.
—Álvaro… —su nombre se deslizó entre mis labios, y antes de que pudiera decir algo más, sentí el roce cálido de sus dedos recorriendo con lentitud el costado de mis brazos.
Mi piel se erizó al instante.
Sus manos subieron con una suavidad casi reverente, enmarcando mi rostro con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada.
—Cuando estás cerca de mí… me estremezco —confesé en un susurro, sintiendo mis mejillas arder bajo el peso de su tacto—. De una manera que no puedes imaginarte.
El aire entre nosotros se volvió denso, cargado de algo indescriptible.
—Cuando duermo, eres tú quien aparece en mis sueños. Y cuando despierto, eres la primera persona en la que pienso.
Álvaro cerró los ojos por un segundo, como si intentara controlarse, pero cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba nublada por algo que me dejó sin aliento.
—No sé si esto está bien o está mal… —continué, mis palabras sonaban temblorosas— pero si te condenan por amarme, entonces ambos nos iremos al infierno.
El silencio que siguió fue absoluto, como si el mundo entero se hubiera detenido a nuestro alrededor.
—El amor no es un crimen y nosotros no somos criminales… —dijo antes de unir nuestros labios en un beso urgido, necesitado.
El contacto fue voraz desde el primer instante, como si ambos hubiéramos estado conteniendo este deseo por demasiado tiempo. Su boca se movió sobre la mía con una desesperación palpable, reclamándome, haciéndome sentir su anhelo en cada roce de sus labios.
Mis manos temblaron al aferrarse a su camisa, sintiendo su calor atravesar la tela, su cuerpo firme contra el mío. No había espacio entre nosotros, y aun así, me sentía incapaz de acercarme lo suficiente.
Álvaro deslizó sus manos por mi cintura, atrayéndome aún más hacia él. Su lengua trazó el contorno de mis labios antes de profundizar el beso, invadiéndome con su sabor, con su esencia. Un suspiro escapó de mi garganta al sentir el hambre con la que me besaba, como si temiera que en cualquier momento pudiera desaparecer entre sus brazos.
No había dudas, no había miedos. Solo el fuego ardiendo entre nosotros.
Sus manos comenzaron a explorar mi espalda, recorriéndome con una ternura que contrastaba con la fiereza de nuestro beso. Su aliento se mezclaba con el mío, creando una mezcla embriagadora de deseo y emoción.
Cuando nuestras bocas se separaron apenas un instante, sentí su respiración agitada contra mi piel.
—Emilia… —murmuró mi nombre con una voz rasposa, mientras sus labios se desviaban hacia mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes sobre mi piel.
Me estremecí, mis dedos se enterraron en su cabello, necesitando más, queriendo más.
No había vuelta atrás.
En ese momento, no importaban los juicios, los miedos ni el pasado. Solo él y yo, consumidos por un sentimiento demasiado poderoso como para negarlo.
Álvaro continuó besándome con una intensidad que me hizo temblar. Sus labios descendieron lentamente por mi mandíbula hasta perderse en mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes que encendían cada rincón de mi piel. Sentí un escalofrío recorrerme cuando su aliento cálido chocó contra mi clavícula, seguido de la caricia de su boca, que me hacía arquear el cuerpo hacia él en un anhelo silencioso.
Mis manos exploraron su espalda bajo la camisa, sintiendo el calor de su piel y la firmeza de sus músculos tensarse bajo mi tacto. Álvaro dejó escapar un suspiro ronco cuando mis dedos se deslizaron con timidez por su nuca, aferrándose a él como si en ese instante solo él pudiera sostenerme.
—Eres hermosa… toda tú, así como eres… no sabes cuánto he deseado que tengamos una segunda vez…—murmuró contra mi piel, con voz gruesa y cargada de deseo.
Su declaración me estremeció. Sus manos comenzaron a deslizarse lentamente por mi cintura, dibujando caminos invisibles sobre mi piel, como si quisiera memorizar cada curva, cada latido acelerado que provocaba en mí.
Cuando su boca volvió a encontrar la mía, el beso se volvió aún más profundo, más exigente. Sus dedos hábiles se deslizaron hasta los botones de mi blusa, desabrochándolos uno a uno con una paciencia que contrastaba con la urgencia que ambos sentíamos. Cada roce de sus yemas contra mi piel desnuda encendía una chispa que se propagaba como fuego por todo mi ser.
No pude evitar soltar un suspiro entrecortado cuando la tela cayó de mis hombros, dejándome expuesta ante su mirada. Álvaro se detuvo un instante, sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de mi piel con un fulgor indescriptible.
—Eres mi perdición… —susurró antes de inclinarse sobre mí nuevamente.
Sus labios descendieron por mi pecho con una devoción que me hizo jadear, mientras sus manos seguían explorando con firmeza y delicadeza a la vez. Enredé mis dedos en su cabello, dejándome llevar por la ola de sensaciones que me envolvía.
La ropa fue desapareciendo entre caricias, entre susurros ahogados y jadeos. Cada roce de su piel contra la mía se sentía como un fuego que nos consumía lentamente. Sus movimientos eran pacientes.
Cuando finalmente nos encontramos piel con piel, el mundo a nuestro alrededor dejó de existir. Solo estábamos él y yo, envueltos en una pasión que no podíamos contener. Cada caricia era un juramento sin palabras, cada susurro ahogado un testimonio del amor y deseo que nos unía.
Me perdí en la calidez de su cuerpo, en la forma en que se movía sobre mí, con una dulzura que contrastaba con la intensidad de sus besos. Era un vaivén perfecto entre devoción y necesidad, entre deseo y ternura.
Álvaro no solo estaba reclamado mi cuerpo, sino también mi alma.
El aire en el despacho se volvió más denso. Mi respiración se entrecortaba con cada caricia de él, cada roce de su piel contra la mía. Sin apartar su mirada de la mía, me guio suavemente hacia el sofá, haciéndome recostar entre sus brazos.
Su cuerpo se cernió sobre el mío con una mezcla de dominio y ternura. Sentí la firmeza de sus manos, deslizándose por mis muslos antes de abrirlos con una delicadeza casi reverente, posicionándose en medio de ellos. El calor que irradiaba su piel contra la mía me hacía arder por dentro.
—Siempre has sido mía… —susurró contra mi cuello antes de besarlo con una intensidad que me hizo gemir.
Sus labios recorrieron mi piel con lentitud, dibujando caminos invisibles de deseo. Mientras lo hacía, tomó mis manos y las llevó por encima de mi cabeza, entrelazando nuestros dedos con firmeza. Sentí la calidez de su aliento contra mi rostro.
Entonces, cuando finalmente se fundió conmigo, un jadeo escapó de mis labios, entremezclándose con el suyo en un aliento compartido. La sensación de plenitud, fue sobrecogedora. Álvaro cerró los ojos por un instante, como si también estuviera atrapado en la intensidad del momento, en la forma en la que nuestros cuerpos encajaban con una perfección casi irreal.
Se movió con lentitud al principio, con una suavidad que contrastaba con la tormenta de emociones que desataba dentro de mí. Cada embestida era un vaivén de deseo y entrega.
Mis piernas se aferraron a su cintura instintivamente, buscando acercarlo aún más, hundiéndome en la calidez de su piel, en el aroma embriagador de su cuerpo. Su boca volvió a la mía, robándome suspiros, jadeos entrecortados, mientras su ritmo se volvía más intenso, más profundo.
Cada movimiento despertaba nuevas sensaciones en mi interior, un placer que crecía y se expandía con cada roce, con cada susurro cargado de deseo.
—Emilia… —murmuró con voz ronca, sus labios rozando mi oído, su respiración acelerada vibrando contra mi piel. Era un deleite escuchar mi nombre en su voz.
El placer ascendió en espirales hasta volverse insoportable. Un grito ahogado se escapó de mi garganta cuando una ola de sensaciones me arrastró, hundiéndome en un abismo de éxtasis donde solo existía él, donde cada latido de su corazón parecía acompasarse con el mío.
Álvaro dejó caer su frente contra la mía, su respiración errática se mezcló con la mía mientras la tormenta dentro de nosotros se apaciguaba lentamente. Acarició mi rostro con ternura, dejando un último beso en mis labios, sellando un momento que, lo sabía, quedaría grabado en mi piel para siempre.
