✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 26

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◷ Tiempo estimado de lectura: 12 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

El calor de su cuerpo envolvía mi espalda, su respiración pausada y profunda acariciaba mi nuca, enviando escalofríos que recorrían mi piel como un estremecimiento inevitable. Sentí el peso de su brazo ceñirse más firmemente alrededor de mi cintura, atrayéndome hacia él con una familiaridad que aún me resultaba desconcertante.

Cerré los ojos con fuerza, tratando de procesar todo. Habíamos vuelto a hacerlo. Nos habíamos dejado llevar una vez más por la intensidad del momento, por la conexión innegable que se encendía cada vez que estábamos juntos. Y, como la primera vez, Álvaro se había entregado con una pasión arrolladora, como si su mundo entero dependiera de ello.

Una sonrisa se dibujó en mis labios sin que pudiera evitarlo. Me gustaba estar con él. Me hacía sentir plena en formas que nunca antes había experimentado.

Con cautela, me giré entre sus brazos hasta quedar frente a él, encontrándome con la intensidad de su mirada oscura que me estudiaba con una mezcla de ternura y posesión. Un escalofrío de anticipación recorrió mi piel cuando su pulgar se deslizó lentamente sobre mis labios, acariciándolos con una delicadeza que contrastaba con su usual carácter dominante.

Reposaba su cabeza sobre su brazo, con una sonrisa genuina y relajada en su rostro. Verlo así, sin la seriedad habitual que siempre lo rodeaba, me desarmó por completo.

—Buenos días, mi hermosa pelirroja —murmuró con voz rasposa, bajando su mano desde mis labios hasta mi cintura, recorriendo mi piel con una lentitud exasperante.

Cuando sus labios capturaron los míos en un beso suave, me mantuve inmóvil por un segundo, sorprendida por la ternura que emanaba de él. Esto era diferente. No solo pasión, no solo deseo desenfrenado… esto era Álvaro mostrándome un lado suyo que nunca antes había visto.

—¿Estás bien? —preguntó con cierto nerviosismo al notar mi distracción.

Sacudí la cabeza, alejando cualquier duda.

—Estoy bien… —respondí con una leve sonrisa—. Es solo que esto es raro. No suelo verte sonreír tanto.

Él rió con suavidad, pegando su nariz a la mía en un gesto travieso que me hizo sonrojar.

—¿En qué momento llegamos hasta aquí? —murmuré, aún incrédula de todo lo que había pasado entre nosotros.

Álvaro deslizó una de sus manos por mi costado antes de responder.

—Nos quedamos dormidos en el sofá. Te traje cargada hasta aquí casi de madrugada.

Abrí los ojos completamente, sintiendo el rubor subir a mis mejillas.

—¿Me trajiste aquí desnuda? —pregunté en un susurro avergonzado, cubriéndome el rostro con la sábana.

Pero él no me dejó ocultarme por mucho tiempo. Con un movimiento rápido, apartó la tela y sonrió divertido.

—Yo también estaba desnudo —respondió con descaro, encogiéndose de hombros—. Además, es nuestra casa, podemos hacer lo que queramos.

Sentí su mano acariciar mi mejilla antes de atraerme a otro beso, más pausado, más profundo. Su calor me envolvía, me hacía olvidar cualquier reparo.

Pero entonces sus palabras se quedaron flotando en mi mente.

“Nuestra casa.”

El peso de esa afirmación me golpeó. No sabía exactamente qué éramos, nunca le habíamos puesto un nombre a lo nuestro, y sin embargo, él hablaba como si esta unión fuera algo natural, algo que ya estaba decidido.

—Álvaro… —susurré, sintiendo cómo sus manos se aferraban a mi cintura para mantenerme cerca—. Me gusta esta parte cariñosa de ti…

Él me miró con una intensidad nueva, y luego, sin previo aviso, atrapó mi barbilla entre sus dedos y volvió a besarme, esta vez con una mezcla de ternura y necesidad. Mi piel hormigueó, respondiendo instintivamente a su cercanía.

Cuando nos separamos, una risa escapó de mis labios.

—Pero por favor, no vuelvas a hacer eso —dije entre risas.

—¿Hacer qué? —preguntó con fingida inocencia.

—Llevarme desnuda por la casa. Mara nos pudo haber visto… o alguien más.

Él soltó una risa baja y despreocupada.

—Era muy tarde, todos estaban dormidos. No tienes que preocuparte por eso. Además… —sus dedos se entrelazaron con los míos, apretando con firmeza—. Mara tendrá que acostumbrarse a vernos juntos de ahora en adelante.

Mi respiración se detuvo por un instante.

—¿Crees que ella apruebe que estemos juntos? —pregunté con cautela—. ¿Qué le diremos que somos?

Mordí mi labio inferior, sin estar segura de qué respuesta esperaba de él.

Álvaro me sostuvo la mirada con una seguridad aplastante antes de decir, sin titubeos:

—Eso lo podemos arreglar.

Y entonces, su expresión cambió, tornándose más seria, más profunda.

—¿Quieres ser mi novia, Emilia?

Mi corazón dio un vuelco. Un escalofrío de emoción recorrió mi espalda, sintiendo cómo la piel de mi vientre se contraía con un cosquilleo placentero.

—Sí, quiero… —dije sin titubeos antes de buscar sus labios de nuevo.

Álvaro suavizó su mirada al escuchar mi respuesta, y cuando nuestras bocas se encontraron otra vez, el beso fue pausado, cargado de emociones contenidas.

—Te prometo que seré el mejor hombre para ti, Emilia —susurró contra mis labios, con un tono tan genuino que me estremecí.

Pese a la seguridad de sus palabras, podía notar la preocupación en su mirada. Había cosas que lo inquietaban, y aunque intentaba ocultarlo, su leve suspiro lo delató.

—Mientras estés a mi lado, todo estará bien —continuó—. Y si lo demás no lo está, siempre podemos vender todo e irnos de aquí. Ya lo he hablado con Mara… En el extranjero tenía un buen trabajo, estaba en ascenso. Tendríamos un futuro asegurado.

Me incorporé lentamente hasta sentarme en la cama, procesando lo que acababa de decir.

—Pero, ¿y la fábrica de tu madre? —pregunté con cautela. Sabía lo importante que era para él.

Su expresión cambió de inmediato, endureciéndose.

—Sé que mi madre querría lo mejor para nosotros, para que Mara y yo estemos bien… —hizo una pausa, como si estuviera eligiendo bien sus palabras—. He intentado todo lo que está a mi alcance y, aunque parece que puedo lograrlo, no sé si realmente sea posible. Hemos tenido muchas pérdidas… —pasó una mano por su cabello, frustrado—. Tuve que reducir personal.

Suspiró hondo antes de continuar.

—Esperaré unos meses, hasta que te gradúes. Después de eso, decidiremos qué hacer.

Entonces sus ojos volvieron a posarse en mí con una intensidad abrumadora.

—Emilia… si las cosas no funcionan aquí, ¿vendrías conmigo?

El peso de su pregunta cayó sobre mí como un torrente.

Mordí mi labio inferior, considerando mi respuesta. La verdad era que siempre había querido empezar de nuevo, alejarme de esta casa llena de recuerdos dolorosos, de sombras del pasado que me perseguían a cada paso.

Tomé aire y lo miré con determinación.

—Siempre he querido iniciar de nuevo… Tener una vida distinta, lejos de esta casa que solo me ha traído amargos recuerdos.

Hice una pausa antes de susurrar:

—Sí, me iría contigo.

Álvaro me observó con sorpresa antes de que una sonrisa, amplia y sincera, iluminara su rostro. Jamás lo había visto sonreír así.

—Emilia… —susurró, tocando mi mejilla con la yema de sus dedos.

Nos inclinamos al mismo tiempo hasta que nuestras frentes se tocaron, compartiendo ese instante como si el mundo exterior no existiera.

Entonces, volvió a besarme, esta vez con más necesidad. Su boca se movió contra la mía con urgencia, como si quisiera grabar este momento en su memoria, como si mi respuesta hubiera encendido algo aún más profundo en él.

Cuando se separó, lo hizo de mala gana, como si de pronto hubiera recordado algo.

—Aunque me gustaría quedarme en la cama contigo todo el día… —murmuró con una sonrisa perezosa—. Tengo que ir a trabajar.

Su expresión se tornó traviesa mientras acariciaba mi cabello con ternura.

—Y tú, jovencita, tienes que ir a la universidad.

Bufé con resignación, fingiendo molestia. Últimamente, ir a clases se me hacía cada vez más difícil. No por la carga académica, sino por las miradas.

Cada vez que cruzaba los pasillos, los susurros me seguían. Todo el mundo se había enterado de que Esteban me había dejado por Marcela, que iban a casarse. Esperaban verme destrozada, sumida en la tristeza, convertida en un fantasma de mí misma.

Pero ninguno de ellos conocía la verdad.

Suspiré antes de salir de la habitación de Álvaro, envuelta en una sábana, caminando rápidamente como una fugitiva hasta llegar a la mía. Cerré la puerta con un golpe suave y me apoyé en ella, dejando escapar un suspiro aliviado.

Espero que nadie me haya visto.

Aún tenía que hablar con Mara sobre su hermano. Con el tiempo, ella y yo nos habíamos vuelto más cercanas, y lo último que quería era que esto nos separara.

Cuando bajamos juntos al comedor, ya vestidos, Álvaro entrelazó su mano con la mía, sujetándola con firmeza.

Al cruzar la puerta, mis ojos se encontraron con los de Mara, quien nos observaba con una sonrisa juguetona y una ceja arqueada.

Lo supe de inmediato.

Ella ya lo sabía.

—Buenos días, dormilones… —soltó Mara de pronto con una sonrisa traviesa.

Álvaro rodó los ojos con una media sonrisa mientras me abría la silla para que me sentara. Agradecí el gesto con una leve inclinación de cabeza, sintiendo el calor subir a mis mejillas.

—Puedes dejar de hacer chistes, Mara. A Emilia le incomodan —dijo él con tono paciente.

Mara hizo un gesto de cerrar su boca con un candado, pero su mirada divertida me dejó claro que no se contendría por mucho tiempo.

—No te preocupes, Mara, está bien —respondí, aunque el rubor en mi rostro me delataba. A veces sentía que ella tenía el extraño don de leerme la mente.

En ese momento, Martha entró con el desayuno y dejó los platos frente a nosotros antes de retirarse. Mientras tomaba un sorbo de café, sentí la cálida mano de Álvaro acariciar la mía con suavidad.

—Emilia y yo hemos decidido iniciar una relación —anunció él con firmeza.

Mara abrió los ojos con exagerada sorpresa, como si no lo hubiese sospechado desde antes.

—Les deseo lo mejor a los dos. Y por cierto… ya lo sabía.

Parpadeé confundida.

—¿Cómo?

—Vi a Emilia salir corriendo de tu habitación a la suya esta mañana. Fue una escena digna de comedia —respondió entre risitas.

Un sonido de pura agonía escapó de mis labios mientras me cubría el rostro con ambas manos, ardiendo de vergüenza.

—¡No puede ser! ¡Qué pena! —murmuré, sin saber cómo reaccionar.

Álvaro y Mara intercambiaron miradas divertidas antes de que ella se inclinara un poco hacia mí.

—No pasa nada, Emilia. Siempre hemos sido familia y… espero que sigamos siéndolo.

Bajé lentamente las manos de mi rostro, sintiendo que mi corazón latía con más fuerza. Sus palabras se quedaron flotando en el aire, penetrando cada rincón de mi ser.

Siempre había dicho que deseaba tener una familia de verdad, un lugar donde sentirme segura, amada. Y aunque los tres no encajábamos en el concepto tradicional de familia, ellos me hacían sentir que, finalmente, había encontrado lo más parecido a una.

—Emilia —la voz de Álvaro me sacó de mis pensamientos—, ya tenemos que irnos.

Asentí con un leve suspiro, pero antes de que pudiera moverme, Mara intervino.

—No te preocupes, puedo llevar a Emilia a la universidad. Aún es temprano para sus clases, pero ya es tarde para que tú llegues al trabajo. Nos iremos en un rato. Además, Emilia todavía no termina de desayunar.

Álvaro la miró con recelo.

—¿Segura?

—Me parece bien —dije antes de que él pudiera insistir—. Ve a trabajar, nos vemos más tarde.

La tensión en su mandíbula se relajó y, con un gesto tierno, levantó mi barbilla con dos dedos antes de depositar un beso suave en mis labios. Una corriente de electricidad recorrió mi cuerpo, haciéndome sentir ligera, como si flotara.

Después de que Álvaro se despidió, Mara y yo continuamos desayunando en silencio hasta que Pedro entró en el comedor con un sobre en la mano.

—Joven Emilia, esto llegó para usted.

Alcé la vista y noté el papel grueso, de detalles dorados, con las palabras “Nuestra boda” grabadas en el centro.

Tragué saliva.

—¿Quién la envió? —pregunté con voz contenida.

—No sabría decirle, señorita. La dejaron en el buzón esta mañana. Me retiro.

Hizo un leve gesto de respeto antes de desaparecer por la puerta.

Miré el sobre con el pulso acelerado. No creía que Esteban me hubiera enviado esto, pero de Marcela… de ella sí lo esperaba. No tenía dudas de que quería asegurarme de que supiera la fecha exacta en la que se casaban.

Hoy.

Sentí el peso de la ironía en mi pecho cuando alcé la vista y me encontré con Mara observándome con curiosidad.

—¿Pasa algo, Emilia?

Con manos algo temblorosas, extendí la invitación hacia ella.

Mara la tomó y, en cuanto la leyó, su expresión cambió.

—¿Puedo preguntarte algo?

Asentí.

—¿Estás con Álvaro por amor… o por agradecimiento?

Su pregunta me tomó por sorpresa.

Su expresión se volvió más seria, más inquisitiva.

Tomé aire antes de responder.

—Quiero a Álvaro. Cuando estoy con él, me siento completa. Es algo extraño… nunca lo había sentido antes, ni siquiera con Esteban.

Apreté los labios por un momento antes de continuar.

—No creo que él haya enviado la invitación… Cuando terminamos, me miró con odio. Estoy segura de que fue Marcela. Ella siempre me ha molestado. Disfruta hacerlo.

Mara entrecerró los ojos, pensativa.

—Y ella… ¿No sabe lo que sientes por mi hermano?

Negué con la cabeza.

—Y es mejor así. No quiero que nada ni nadie arruine lo que Álvaro y yo tenemos.

Mara esbozó una pequeña sonrisa y me tomó la mano con suavidad.

—Gracias, Emilia… Gracias por hacer feliz a mi hermano.

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