✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 30

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◷ Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

A la mañana siguiente, Álvaro se fue temprano a la fábrica a trabajar, prometiendo que llegaría a tiempo para despedir a papá y a su familia, quienes tenían que regresar ese mismo día. Papá había logrado obtener tres días de licencia para asistir a mi graduación, y hoy era el segundo día que pasaríamos juntos. Sin embargo, por la tarde-noche partirían de regreso a casa, y serían varias horas de viaje hasta su destino.

Mara nos llevó en su coche a almorzar, pasear y hacer algunas compras. No quería que el día terminara, no quería tener que despedirme de papá y Denise. Pero lo inevitable llegó. Cuando regresamos a casa, Álvaro ya había llegado y, con ese tono protector que siempre usaba conmigo, se ofreció a llevarnos al aeropuerto.

La despedida en la terminal fue más difícil de lo que esperaba.

—Los extrañaré mucho —dije con la voz entrecortada, sintiendo cómo unas pequeñas lágrimas escapaban de mis ojos.

Denise y papá se acercaron. Ella, con su ternura habitual, limpió las lágrimas de mis mejillas con el pulgar.

—Verás que pronto nos volveremos a ver —me animó con su voz dulce.

Asentí, tratando de sonreír a pesar del nudo en mi garganta.

—Denise, cuida a papá —le pedí, tomándole las manos con afecto.

Ella sonrió delicadamente y me envolvió en un cálido abrazo.

—No tienes que pedírmelo, yo lo amo… —Acercó su rostro a mi oído y susurró—Sé feliz, Emilia. Olvida el pasado y sé feliz.

Sus palabras me conmovieron profundamente. Era increíble que, sin ser mi madre biológica, se preocupara tanto por mí. Le asentí con gratitud antes de abrazar a mi padre y a mis hermanitos por última vez.

Vimos cómo entraban por el acceso de pasajeros. Sentí una lágrima rodar por mi mejilla, pero la limpié rápidamente, forzándome a sonreír con la certeza de que estarían bien y que, en cuanto pudiéramos, nos volveríamos a ver.

De repente, sentí el aliento cálido de Álvaro junto a mi oído.

—Prometo que en unas semanas iremos a visitarlos —susurró antes de depositar un beso suave en mi sien.

Me giré para mirarlo con emoción.

—Gracias… por todo lo que haces por mí… —le dije, abrazándolo con cariño.

Él me sostuvo con fuerza y, después de unos segundos, apartó apenas su rostro para encontrar mis labios.

—Solo quiero hacerte feliz, mi vida —susurró antes de besarme con dulzura.

Sonreí complacida, sintiéndome protegida en su abrazo.

Después del aeropuerto, decidimos ir a un restaurante a almorzar. La atmósfera era tranquila, aunque aún sentía un poco de nostalgia por la despedida.

Mientras esperábamos la comida, intenté aligerar el ambiente.

—¿Cómo te ha ido con la empresa? —pregunté con curiosidad.

—Bien —respondió con una sonrisa tensa—. Ya tenemos dos clientes nuevos que son importantes. Ha sido difícil, pero no imposible… De algo debe servir que haya estudiado tantos años en el extranjero —agregó con un tono sarcástico.

El mesero llegó en ese momento con nuestras bebidas. Álvaro había pedido dos limonadas naturales, ya que no podía tomar alcohol.

Tomé un sorbo de la mía antes de hablar de un tema que llevaba rondando en mi cabeza.

—Álvaro… —dije, y él alzó la vista para mirarme fijamente—. He estado pensando en trabajar en el periódico de los padres de Gaby. Ayer, en la graduación, me lo propusieron y… me parece una buena idea. Quiero ir ganando un poco de experiencia.

Él permaneció en silencio por un instante, observándome con detenimiento. Luego, sin apartar su mirada de la mía, tomó mi mano y la llevó a sus labios para depositar un ligero beso.

—Emilia, tú no tienes que trabajar, para eso trabajo yo. Pero si eso te hace feliz, está bien —espetó con voz sensual.

Jugué un poco con el vaso entre mis manos antes de continuar.

—Además, tú y yo no encajamos en ningún tipo de relación tradicional.

Álvaro arqueó una ceja con cierta molestia.

—¿A qué te refieres? —preguntó, endureciendo su voz.

—A que vivimos juntos y tú me mantienes… Es como si… —dudé un poco antes de continuar.

—Estuviéramos casados —completó mi frase.

Negué con la cabeza.

—Como si nos hubiéramos saltado la parte de conocernos, el noviazgo y todo eso. De pronto, todo es tan serio…

Álvaro me observó con intensidad, su mirada se oscureció apenas un poco.

—¿Te arrepientes? —preguntó con voz seca. Pude notar un atisbo de decepción en sus ojos.

—No, solo que todo ha sucedido demasiado rápido. Pero es tan hermoso a la vez que… a veces me da miedo echarlo a perder —tomé su mano, intentando suavizar el momento.

Sin embargo, vi cómo apretaba su puño con fuerza. No era buena señal.

—¿Estás bien? —pregunté, preocupada—. Sé que el doctor dijo que debes evitar cualquier discusión.

Él asintió, pero su expresión seguía tensa.

—No puedes estar cuidándome como si fuera un niño. No haré una escena… Estaré enfermo, pero soy consciente de mis acciones —dijo con tono molesto. Luego, su voz se suavizó—. Si quieres trabajar, hazlo, pero debes llevar un auto o que Pedro sea tu chofer. No quiero que andes sola por las calles, y menos de noche.

Me penetró con la mirada, entrecerrando los ojos.

—Está bien, que Pedro sea mi chofer —acepté justo cuando nos traían los platos con comida.

Mordí mi labio, nerviosa.

—Hay otra cosa que necesito decirte antes de que pase más tiempo. Pero antes… quiero que sepas que esto no cambia nada de lo que siento por ti. Solo… no quiero que haya más secretos entre nosotros.

Álvaro arqueó una ceja, observándome con atención.

—¿Qué pasa?

—Emm… ayer por la mañana, Esteban me envió un regalo de graduación.

Su rostro cambió de inmediato al escuchar ese nombre. Sentí un nudo en el estómago mientras sacaba la cajita con la pulsera de mi bolso y se la mostraba.

—Esto.

Álvaro dejó caer la servilleta sobre la mesa con molestia.

—Dijiste que no te enojarías…

—¿Por qué ese tipo te manda regalos? ¿Quién le dijo que podía? —espetó con evidente fastidio.

Fruncí los labios.

—Tal vez no le dejé en claro que no lo amaba de la misma manera que él a mí. La última vez que lo vi, la discusión sucedió tan rápido que pensé que cumpliría su promesa de odiarme y no volver a verme nunca más.

Álvaro sonrió de manera seca.

—¿Y le creíste? ¡Es un chantajista, Emilia! —soltó con desdén—. Dame eso.

Miró la caja con la pulsera por un instante antes de guardarla en uno de los bolsillos de su saco.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté nerviosa—. Prométeme que no harás una locura. No quiero que tengas más problemas por mi culpa.

Álvaro me sostuvo la mirada con intensidad y, tras un breve silencio, respondió:

—Prometo que no los habrá…

Álvaro Duarte

Si ese maldito mocoso pensaba que podía enviarle regalos a Emilia a mi propia casa, estaba muy equivocado. Estábamos mejor que nunca, ella era mi felicidad entera, y no pensaba perderla por su culpa. Aunque Emilia me había dicho que me amaba, no me fiaba de sus artimañas. Yo no era tan inocente.

Toqué el timbre tres veces con impaciencia, sintiendo la adrenalina recorrer mi cuerpo. Le había prometido a Emilia que no haría una locura, y lo cumpliría. Solo necesitaba que a Esteban le quedara claro que debía dejarla en paz.

La puerta se abrió, y una mujer de edad avanzada, vestida con un uniforme impecable, me miró con cierta reserva.

—¿Sí? ¿Diga?

—Busco a Esteban Cázares.

La mujer pareció dudar.

—Permítame un momento.

Antes de que pudiera cerrar la puerta, di un paso al interior del recibidor, ignorando por completo la etiqueta.

—¡Esteban! —vociferé con furia, sin importarme que sus padres me escucharan. De hecho, si lo hacían, mejor. Tal vez así le recordaban que tenía una esposa y un hijo al que debía cuidar, en lugar de andar merodeando a la mujer de otro.

No pasaron ni diez segundos cuando Esteban apareció en lo alto de la escalera, bajando a toda prisa. Tras él, una joven embarazada descendía con más lentitud, sujetando con delicadeza su vientre abultado.

La observé con rapidez. Su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos grandes y expresivos reflejaban confusión y un dejo de tristeza. Su piel era clara y tersa, y su avanzado embarazo la hacía verse más frágil de lo que probablemente era.

—¿Qué quieres en mi casa, Duarte? —espetó Esteban con hostilidad, clavando su mirada en la mía.

Sin mediar palabra, le lancé la caja con la pulsera directamente al pecho. El impacto lo tomó por sorpresa, y la pequeña caja cayó al suelo, abriéndose al instante. Su rostro palideció al ver su contenido.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué es eso, Esteban? —preguntó su esposa, su tono cargado de sospecha y temor.

Pero él la ignoró por completo.

—¡Eres un maldito! —espetó, dando un paso hacia mí—. No te basta con tenerla viviendo contigo, ¿ahora la tienes secuestrada? ¡Debí saber que nunca le harían llegar mi regalo!

—¿Regalo? —repitió su esposa con incredulidad, llevando ambas manos a su vientre en un acto instintivo de protección.

Mi mirada se endureció.

—Emilia y yo estamos juntos. Ella misma me dio esta caja, te advierto que la dejes en paz o te las verás conmigo —solté con firmeza.

Di un paso adelante y empujé su pecho con fuerza, obligándolo a retroceder. Esteban apretó la mandíbula, pero no se atrevió a devolverme el golpe.

—¿Álvaro? —escuché una voz grave a mi espalda.

Giré apenas el rostro y vi a su padre entrar al recibidor acompañado de su esposa. Su expresión era severa, cargada de autoridad.

—¿Qué haces en mi casa? —preguntó en un tono desafiante.

Sonreí de lado, con sorna, antes de girarme por completo hacia la puerta.

—Que le explique su hijito —espeté con desprecio antes de largarme de ahí.

Esa mansión me asfixiaba.

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