Capítulo 31
Me negaba a creer que Emilia estuviera con Álvaro por voluntad propia. Ese tipo nunca le convino, no era más que un oportunista manipulador. Ella me amaba a mí, lo pude ver en sus ojos la última vez que nos vimos. Quizá estaba asustada, confundida… Pero tenía que entender que yo era el hombre indicado para ella.
El eco de mis propios pensamientos se desmoronó cuando la voz grave de mi padre retumbó en el recibidor.
—Esteban, ¿qué estaba haciendo Álvaro Duarte en mi casa? —exigió saber con el ceño fruncido, cruzando los brazos sobre su pecho.
Tragué saliva. Desde el momento en que lo vi entrar, supe que esto pasaría. Le había prometido a mi familia que dejaría en paz a Emilia, que cumpliría con mi deber como esposo y padre. Pero no pude evitarlo. No cuando todavía la amaba.
—No quiero hablar de eso ahora, papá… —murmuré con seriedad, tratando de evadir el tema. Me di media vuelta con la intención de subir a mi habitación, pero una mano se aferró con fuerza a mi brazo.
Marcela.
Su mirada era puro veneno, y su voz, aún peor.
—¿Por qué no les dices a tus padres la verdad? —dijo con frialdad—. Álvaro Duarte vino a reclamarte porque sigues buscando a Emilia, a pesar de que tienes un hijo en camino y una esposa a tu lado.
La forma en que enfatizó la palabra “esposa” me hizo sentir como si me clavara un puñal en la espalda.
—¿Es cierto, hijo? —preguntó ahora mi madre, con expresión severa pero dolida.
Suspiré con resignación. ¿De qué servía mentir?
—Sí, es verdad. Le envié un regalo y fui a su graduación esperando verla, pero no me acerqué… —bajé la mirada—. No pude hacerlo por mi hijo. Pero en cuanto nazca…
—¿En cuánto nazca qué? —Marcela me interrumpió con un tono cargado de sarcasmo—. ¿Nos vas a abandonar para irte con esa zorra? —soltó con desprecio, sus ojos brillaron de furia—. Por lo que dijo su hermanastro, ahora está con él, y por lo visto, muy feliz. ¡Ya no te ama, Esteban! ¡Entiéndelo!
Un calor explosivo recorrió mi cuerpo.
—¡Cállate, Marcela! ¡Todo esto que estoy viviendo es por tu culpa! —grité, sintiendo mi rabia desbordarse—. Fuiste tú quien me dijo que te estabas cuidando, y lo hiciste a propósito.
—¿A propósito? —se burló con una sonrisa amarga, cruzando los brazos—. De haber sabido que vivir contigo sería un infierno, no lo habría hecho.
—¡Ya basta! —espetó mi padre con autoridad—. ¡Los dos parecen niños!
El ambiente estaba cargado de tensión. Mis puños estaban cerrados con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron. Sabía que seguir discutiendo no llevaría a nada, así que simplemente solté un resoplido y subí las escaleras, ignorándolos.
—¿A dónde vas, Esteban? —vociferó Marcela, claramente aún con ganas de pelear—. ¡Esteban! ¡Esteban!
Un grito desgarrador la interrumpió.
—¡Ahhhh… me duele!
Me detuve en seco, frunciendo el ceño antes de girarme.
—¿Qué tienes, Marcela? —preguntó mamá preocupada, corriendo a su lado.
Marcela se sujetó el vientre con ambas manos, su rostro descompuesto por el dolor.
—Me duele mucho… Creo que el bebé ya va a nacer… ¡Ahhh!
El pánico me recorrió la columna.
—Pero si aún no tienes los nueve meses… No puede ser.
—¡Ya viene! ¡Me duele, ahhhhhh! —gimió, aferrándose al brazo de mi madre.
Mi padre reaccionó al instante.
—Hay que llevarla rápido al hospital. Esteban, llama a sus padres.
Asentí sin cuestionarlo. Mientras mi madre y mi padre ayudaban a Marcela a salir, yo saqué el teléfono con manos temblorosas y marqué.
La conversación con sus padres fue rápida y llena de ansiedad. Aún antes de que terminara de hablar, ellos ya estaban en camino.
Cuando llegamos al hospital, las luces blancas y el olor a desinfectante golpearon mis sentidos. Marcela fue llevada de inmediato al quirófano mientras sus padres nos esperaban en la sala.
Me pasé las manos por el rostro, intentando calmar mi mente. Algo en el pecho me oprimía con fuerza.
Algo estaba mal.
Tenía un mal presentimiento.
En la sala de espera, el murmullo de las enfermeras y el sonido distante de monitores cardiacos eran lo único que rompía el incómodo silencio entre nuestras familias.
Mis piernas se movían inquietas, rebotando contra el suelo sin control. No podía dejar de pensar en lo rápido que todo se había salido de mis manos. Una parte de mí aún no terminaba de procesar lo que estaba ocurriendo.
Marcela estaba en el quirófano.
Mi hijo… aún no sabía si lograría nacer.
Cerré los ojos por un momento, intentando calmar la tormenta en mi cabeza. Pero justo cuando estaba a punto de perderme en mis pensamientos, el sonido de unos pasos apresurados captó mi atención.
Un doctor de bata blanca se acercó a la sala de espera con rostro serio.
—Buenos días, ¿familiares de Marcela Berastáin? —preguntó con tono profesional.
Me puse de pie al instante, sintiendo que mi pecho se contraía.
—Soy su esposo. —Mi voz sonó más tensa de lo que hubiera querido—. ¿Cómo están ella y el bebé?
El doctor me miró fijamente por un momento antes de dirigir su mirada a los demás.
—Tengo que ser sincero. La operación será muy riesgosa debido a que la paciente se encuentra extremadamente débil.
Un silencio mortal cayó en la sala.
—Hemos detectado indicios de desnutrición severa, falta de hierro, calcio y ácido fólico, lo cual ha complicado aún más la situación. —Su tono se endureció un poco antes de soltar la siguiente pregunta—. ¿La paciente bebía alcohol durante el embarazo?
Mi corazón se detuvo un segundo.
No esperaba esa pregunta.
Mis labios se separaron en un intento de responder, pero me quedé mudo. ¿Qué debía decir? La verdad era una carga demasiado grande en este momento. Miré de reojo a los padres de Marcela, quienes parecían esperar con ansias mi respuesta.
Pero decidí quedarme callado. No necesitábamos más problemas y culpas ahora.
El doctor suspiró, como si mi silencio le confirmara lo que ya sospechaba.
—En estos casos, hay algo que tengo que preguntarles.
Se detuvo por un instante y miró a cada persona en la sala antes de continuar.
—Si la situación se complica aún más durante la operación, necesitaré que alguien decida a quién salvar: a la madre o al bebé. Aunque haremos todo lo posible para que ambos sobrevivan, quiero que estén preparados.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
La habitación pareció volverse más pequeña.
Mi respiración se volvió superficial mientras todos intercambiaban miradas llenas de angustia.
¿Cómo se supone que alguien elige entre la vida de su esposa y su hijo?
Mi estómago se revolvió. No podía hacer esto. No podía tomar esta decisión.
—Solo el esposo de la paciente podrá decidir. —La voz del doctor fue como una sentencia.
—Esteban… por favor, es nuestra hija. —La señora Berastáin rompió en llanto, sujetando mis hombros con desesperación.
Sentí que mi garganta se secaba.
—Pero es mi hijo también. —Mi voz salió baja y tensa.
Apreté mis puños con fuerza, buscando en los rostros de mis padres algún consejo, algún indicio de qué debía hacer.
Mi madre fue la primera en hablar, posando su mano en mi hombro.
—Te apoyaremos en lo que decidas.
Pero eso no hacía que la decisión fuera más fácil.
Tragué saliva y cerré los ojos por un momento, recordando todo lo que había pasado en los últimos meses.
Me había ilusionado con la idea de ser padre. Aunque no amaba a Marcela, ver su vientre crecer día con día me llenó de emoción. Dejé todo por mi hijo, incluso el amor de mi vida. Él no era un error, el error éramos nosotros, sus padres, que lo concebimos siendo inmaduros y sin pensar en las consecuencias.
Y ahora…
Ahora tenía que elegir entre su madre y él.
Tomé aire con dificultad y levanté la mirada.
—Vi a Marcela tomando alcohol varias veces.
Mis palabras hicieron que la madre de Marcela soltara un gemido ahogado.
—Una vez antes de que supiera que estaba embarazada… y otra cuando estuvimos de viaje después de casarnos. —Tragué saliva con amargura—. Ella salió una noche y recibí una llamada del bar del hotel diciéndome que estaba bebiendo. Mi madre me mencionó más de una vez que Marcela no comía porque decía que estaba gorda y fea.
Hice una pausa. Las palabras se volvían cada vez más pesadas, pero no podía detenerme.
—Es difícil aceptarlo, pero si nuestro hijo realmente le hubiera importado, no se habría comportado así.
Un silencio sepulcral se adueñó del lugar.
—Ella solo se embarazó para casarse conmigo.
El peso de la verdad cayó como una losa sobre los presentes. Sus padres permanecieron en silencio. Sabían que lo que decía era verdad.
Exhalé profundamente antes de dar la última estocada.
—Si tengo que elegir… —Mi voz apenas fue un murmullo—. Sálvenla a ella.
La madre de Marcela sollozó con fuerza, llevándose las manos al rostro.
—Si el bebé sobrevive, prometo que lo cuidaré y lo amaré siempre. Pero si tengo que decidir… sálvenla.
—Nuestro hijo jamás será feliz teniendo padres como nosotros.
El doctor asintió con gravedad y se retiró rumbo al quirófano sin decir más.
Me desplomé nuevamente en la silla, sintiendo mi corazón latir con fuerza contra mi pecho.
Esperaba no arrepentirme de mi decisión.
Una mano firme se posó en mi espalda. Levanté la vista y encontré la mirada de mi padre.
—Hiciste bien. —Susurró con calma.
Le agradecí en silencio, aunque en el fondo… no estaba seguro de haber hecho lo correcto.
El tiempo parecía haberse detenido.
Había pasado más de una hora y no teníamos noticias de ellos. El silencio en la sala de espera se volvía insoportable, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado. Mis piernas no podían quedarse quietas, caminaba de un lado a otro sin rumbo fijo, sintiendo cómo la desesperación crecía con cada minuto que pasaba.
Las luces frías del hospital me lastimaban los ojos, y el zumbido lejano de los monitores cardiacos se mezclaba con los murmullos de médicos y enfermeras que pasaban por los pasillos. Pero nada de eso importaba.
Solo quería escuchar que todo había salido bien.
Solo quería que alguien me dijera que no había tomado la decisión equivocada.
Entonces, el doctor apareció nuevamente.
Su expresión lo dijo todo antes de que sus labios siquiera se movieran.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Mi cuerpo entero se tensó.
No.
—Hicimos todo lo que pudimos. —La voz del médico sonó distante, como si viniera de otro mundo—. La paciente sufrió eclampsia. Su cuerpo estaba demasiado débil… no resistió.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—El bebé falleció unos minutos después de nacer.
Un silencio mortal se apoderó de la sala.
—Lo siento mucho.
El doctor inclinó la cabeza con pesar y se retiró, dejando tras de sí un abismo de dolor.
La madre de Marcela dejó escapar un grito desgarrador antes de romper en llanto, aferrándose al pecho de su esposo como si intentara sostenerse de la realidad que acababa de romperse en pedazos.
Mi madre me abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera protegerme de la tormenta que se desataba dentro de mí.
Pero nada podía amortiguar ese golpe.
Era un dolor agudo, profundo, imposible de explicar.
Un vacío imposible de llenar.
Cerré los ojos, intentando contener las lágrimas que amenazaban con escapar. No quería llorar. No podía.
Me separé de mi madre con torpeza, con la mirada perdida, sintiendo que mi cuerpo no me pertenecía.
—Quiero estar solo.
Mi voz apenas fue un susurro, como si me costara incluso pronunciar esas palabras.
Sin esperar respuesta, di media vuelta y caminé.
Caminé sin rumbo fijo, como un zombi arrastrado por la inercia.
Los pasillos del hospital se extendían ante mí en un laberinto sin salida, las luces fluorescentes me cegaban, las sombras en las esquinas parecían alargarse, pero nada de eso importaba.
Porque dentro de mí…
No quedaba nada.
