✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 33

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Esteban Cazares✦

La madre de Emilia pidió hablar conmigo a solas. Mi madre sugirió que usáramos su biblioteca, un lugar donde nadie nos interrumpiría.

No tenía idea de qué quería decirme, pero su repentina aparición me inquietaba.

Una vez sentados en la sala de mi madre, ella me miró con una expresión que no supe descifrar. Sus ojos oscuros parecían cargados de angustia, como si llevara un peso imposible sobre los hombros.

—Esteban, hijo… siento mucho la pena que estás sufriendo. Sé lo que es perder a un ser querido, ¿me entiendes, verdad?

Asentí, suponiendo que hablaba de la muerte de su esposo, Lorenzo, hacía unos meses.

—Disculpe si soy directo, pero… ¿de qué quiere hablar? —pregunté sin rodeos.

Ella sonrió levemente, pero su expresión no reflejaba felicidad. Había algo en su mirada, una mezcla de tristeza y urgencia, que hizo que todo mi cuerpo se tensara.

—Quiero preguntarte algo —hizo una pausa y arqueé una ceja, expectante—. ¿Aún amas a mi hija?

Su pregunta me tomó por sorpresa.

—Sí… —respondí sin dudarlo—. Mi madre quiere que la busque, pero Emilia ya está con Álvaro. Usted debería saberlo más que nadie… es su madre.

Damiana suspiró con pesar y bajó la mirada.

—Si supieras todo lo que ha pasado… —susurró.

Su tono me puso en alerta.

—¿Qué quiere decir?

Ella levantó la vista y vi que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Después de la muerte de Lorenzo, Álvaro me echó de la casa. Me dejó en la calle sin nada. Si no hubiera vendido mis joyas, no tendría ni para comer. —Su voz se quebró y, en ese instante, sentí como la rabia se encendía en mi interior—. Me alejó de Emilia… con toda la intención. Y lo peor es que no sé si ella está con él por amor… o por miedo.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Por miedo? —pregunté, con el estómago hecho un nudo—. ¿A qué se refiere?

Damiana asintió con el rostro completamente descompuesto.

—Álvaro está enfermo, Esteban. Tiene un trastorno mental. Es violento… El día que Lorenzo murió, fue porque ambos pelearon en la escalera… y él lo empujó.

La habitación pareció dar vueltas.

—¿Entonces era cierto? —musité, sintiendo cómo mi garganta se cerraba.

—¿Por qué no está en la cárcel… o en un psiquiátrico?

Damiana dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Porque Emilia y Mara declararon a su favor. Él las manipuló… o, peor aún, las amenazó.

El aire se hizo pesado en mis pulmones. Mi mente se llenó de imágenes de Emilia atrapada en una pesadilla de la que no podía escapar.

—Vine aquí porque necesito saber… ¿Qué estarías dispuesto a hacer para salvar a mi hija de ese monstruo? —susurró Damiana, limpiando algunas lágrimas de sus mejillas.

La desesperación en su voz me golpeó como un puñetazo en el pecho.

No tenía idea del infierno que Emilia estaba viviendo.

No podía permitirlo.

Ya había perdido a mi hijo.

Ya había perdido a Marcela.

No perdería a Emilia también.

—¿Cómo lo haríamos? —pregunté, con la mandíbula tensa.

Damiana tomó aire y se inclinó hacia adelante.

—Antes no pude encerrarlo en la cárcel porque Emilia y Mara testificaron a su favor. Pero si logramos que más personas vean el monstruo que realmente es… si lo llevamos al límite, Emilia abrirá los ojos. Se dará cuenta de que Álvaro es un peligro para ella y encontrará el valor para alejarse.

Mi sangre hervía.

No había dudas en mi mente.

Haría lo que fuera necesario.

Porque lo vi en sus ojos una vez…

Emilia sí me amaba.

Y esta vez, no dejaría que nada nos separara.

—Haré lo que sea —afirmé con determinación—. Quiero a Emilia a mi lado. Ahora que sé la clase de hombre que es Álvaro, no permitiré que siga con él. No dejaré que le haga daño.

Nos pusimos de pie al mismo tiempo. Damiana se acercó y me abrazó con fuerza, musitando un “gracias” que sonó más a un suspiro de alivio.

—Esteban, créeme, nada me hará más feliz que ver a Emilia con un hombre como tú —dijo, mirándome con sinceridad.

Asentí, agradecido por sus palabras.

—Solo una cosa más… —su voz se tornó cautelosa, casi dubitativa—. Espero que no me lo tomes a mal, pero voy a necesitar algo de dinero. No es para mí —se apresuró a aclarar—, sino para conseguir los recursos necesarios para acercarme a Emilia y reunir evidencias para hundir a Álvaro. Él ni siquiera me deja acercarme a mi propia hija ni a la casa en la que viví más de trece años.

Respiré hondo.

—Lo entiendo —dije tras una breve pausa—. No tengo mucho dinero, pero mi padre me dio una cantidad para cuando Marcela y yo nos independizaramos. Son cerca de doscientos mil pesos. Espero que eso ayude. Los tengo en mi habitación, iré por ellos ahora. Solo le pediré que esto quede entre usted y yo.

Damiana asintió sin dudar.

—Por supuesto, mantendremos esto en secreto.

Emilia Díaz

Me miraba en el espejo, acariciando mi vientre con suavidad. Estaba en mi habitación, a punto de ponerme la pijama, pero mi mente seguía atrapada en el resultado de la prueba casera que Gaby me había comprado.

Positivo.

El peso de esa palabra me envolvía por completo. No sabía exactamente qué sentir. Una mezcla de emoción y miedo recorría cada rincón de mi cuerpo. Nunca pensé que un hijo llegaría tan pronto a nuestras vidas, pero aquí estaba, con la certeza palpitante en mis manos. Sonreí de manera traviesa. Álvaro y yo teníamos sexo… y mucho. Era lógico que, tarde o temprano, esto pasaría.

En ese momento, la puerta se abrió y él entró a la habitación. Al verme, sonrió.

—¿Qué haces? —preguntó acercándose hasta envolverme con sus brazos por la espalda.

Ambos nos miramos en el espejo, reflejados en un instante de intimidad perfecta.

—¿Alguna vez has pensado en ser padre? —pregunté en voz baja, con una timidez que me sorprendió.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba levemente antes de que me girara con suavidad. Se sentó en el borde de la cama y me atrajo a su regazo. Sus manos cálidas se posaron en mi cintura, mientras yo rodeaba su cuello con los brazos.

—Sería el hombre más feliz del mundo si me hicieras padre —confesó con dulzura, mirándome a los ojos—. Aunque… ahora mismo no sé si sería el mejor momento. Preferiría que un bebé nuestro llegara después de que la fábrica normalice sus operaciones. Para eso aún faltan unos seis meses.

Hizo una pausa y sonrió antes de continuar:

—Pero los hijos nunca llegan exactamente cuando los planeas, ¿cierto? Si estuvieras embarazada… de todos modos, sería el hombre más feliz del mundo, buscaríamos la manera de salir adelante, juntos.

Su mirada era tan sincera, tan llena de amor, que me costó respirar por un momento.

Mi espalda se tensó. Pensé en decirle la verdad, pero al final decidí esperar unos días más. Solo me había hecho una prueba casera y tenía pocos días de retraso. No quería ilusionarlo en vano.

Para acallar mis pensamientos, busqué sus labios.

—No, no lo estoy. Solo era una pregunta —mentí suavemente contra su boca antes de besarlo de nuevo.

Álvaro me estrechó contra su pecho, y apoyé mi rostro en su cuello, inhalando su aroma.

—Quiero que sepas que te amo, más que a nada en este mundo —susurré—. Te has convertido en todo lo bueno que tengo.

Él me abrazó con más fuerza, sin notar el torbellino de emociones que se agitaba dentro de mí.

Cerré los ojos, disfrutando del calor de sus brazos. Por ahora, era suficiente saber que, si realmente estaba embarazada, nuestro hijo tendría unos padres que lo amarían con todo su corazón.

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