Capítulo 61
Me encontraba de pie sobre un pequeño podio, frente a un espejo que ocupaba casi toda la pared de la exclusiva boutique de alta costura. A mi alrededor, las empleadas se movían con discreción, llevando alfileres, cintas métricas y pequeñas herramientas de costura, mientras la diseñadora examinaba mi reflejo con una expresión cada vez más preocupada. Aquel establecimiento era uno de los favoritos de las esposas de funcionarios, empresarios y magnates de la ciudad; un lugar donde cada vestido se confeccionaba para hacer una declaración de poder, elegancia y distinción. Mi suegra había elegido personalmente el modelo que llevaría a la celebración del aniversario de Grupo Kuri, y, aunque no era la primera vez que me vestía para un acontecimiento de aquella magnitud, nunca había sentido tan poco entusiasmo por una prueba de vestuario.
El vestido era una auténtica obra de arte. De un intenso rojo carmesí, el diseño abrazaba la parte superior del cuerpo con un delicado corpiño estructurado, un escote elegante que dejaba al descubierto mis hombros y una cintura marcada que daba paso a una falda larga de caída fluida. La tela satinada capturaba la luz con cada movimiento, mientras una abertura lateral, discreta pero atrevida, aportaba un toque de sensualidad sin restarle sofisticación. Los detalles bordados a mano, casi imperceptibles a primera vista, recorrían parte del corpiño y brillaban como diminutas gotas de luz. Era un vestido pensado para que su portadora no pasara inadvertida, para que todas las miradas se volvieran hacia ella en cuanto cruzara las puertas del salón.
Y, sin embargo, había algo que no encajaba.
—Esto no puede ser —murmuró la diseñadora mientras pellizcaba suavemente la tela a la altura de mi cintura—. La última vez que viniste, el ajuste era prácticamente perfecto. Necesitábamos hacer algunos retoques, pero nada parecido a esto.
Bajé la mirada hacia el vestido. La tela se separaba de mi cuerpo en lugares donde antes se ajustaba con precisión, y las mangas dejaban demasiado espacio alrededor de mis brazos. Incluso la cintura, que debía definir mi silueta, parecía haberse rendido ante una figura que ya no era la misma.
—Tendremos que ajustarlo un poco —respondí—. No quiero que cambies el diseño ni que estropees la caída de la tela. El vestido es precioso tal como está.
La mujer dejó de revisar la costura y me observó a través del espejo. Era una profesional acostumbrada a tratar con clientas exigentes, mujeres que no dudaban en pagar fortunas para conseguir una figura perfecta antes de una gala, pero su mirada no tenía nada que ver con la crítica o la desaprobación. Había preocupación en ella.
—Señora Kuri, ¿ha estado siguiendo alguna dieta estricta? Porque ha perdido muchísimo peso desde la última prueba. Se nota en la cintura, en los brazos y hasta en los hombros. No es normal que un vestido confeccionado a su medida quede así de holgado en tan poco tiempo.
Sentí que algo se cerraba alrededor de mi garganta. Mi cuerpo estaba cambiando sin que yo pudiera hacer demasiado para impedirlo.
—Estoy preparándome para el evento —contesté, procurando mantener un tono despreocupado—. Ya sabe cómo son estas celebraciones. Todo el mundo espera que la esposa de Christian Kuri luzca impecable.
La diseñadora frunció los labios, poco convencida.
—Una cosa es querer verte bien y otra muy distinta es perder tanto peso en unas semanas. Debería cuidar su alimentación.
—Lo haré. Por ahora, ¿podría ajustar el vestido? Necesito que quede perfecto sin que se note que hemos tenido que modificarlo tanto.
No insistió, aunque su expresión me dejó claro que mis explicaciones no la habían tranquilizado. Se inclinó para marcar los primeros ajustes y pidió a una de sus ayudantes que preparara los materiales necesarios. Yo permanecí inmóvil sobre el podio, contemplando mi reflejo y tratando de no detenerme demasiado en los detalles que prefería ignorar.
La nefritis lúpica no me daba tregua. Cada día parecía llevarse un poco más de mis fuerzas, y mi cuerpo comenzaba a mostrar señales que ni el maquillaje ni los vestidos más costosos podían ocultar por completo. Había mañanas en las que levantarme de la cama me exigía un esfuerzo desproporcionado y tardes en las que apenas podía concentrarme en lo que ocurría a mi alrededor. Aun así, seguía arreglándome, cumpliendo con mis compromisos y sonriendo cuando alguien esperaba una sonrisa de mí.
Quizá porque admitir lo que estaba pasando significaba reconocer que no tenía el control de mi propia vida.
O quizá porque, en el fondo, todavía esperaba que alguien lo notara sin que yo tuviera que pedir ayuda.
La campanilla de la entrada sonó y me sacó de mis pensamientos. Una de las empleadas levantó la cabeza para recibir al visitante, y la diseñadora volvió a concentrarse en los alfileres que sujetaban la tela a mi cintura. No presté demasiada atención hasta que escuché una voz masculina que habría reconocido incluso en medio de una multitud.
—Buenos días.
Giré la cabeza de inmediato.
Christian.
Mi esposo acababa de entrar en la boutique, vestido con un traje oscuro que realzaba su figura y una expresión tan seria como de costumbre. Por un momento, creí haberme equivocado. La cita había sido organizada por la asistente de Lucrecia, y yo había dado por hecho que Christian encontraría alguna excusa para no acudir. Siempre tenía una reunión pendiente, un documento que revisar o algún asunto empresarial que requería su atención con mayor urgencia que cualquier compromiso relacionado conmigo.
Sin embargo, allí estaba.
Nuestros ojos se encontraron a través del espejo. Christian se detuvo brevemente al verme y su mirada recorrió el vestido desde el escote hasta la falda. Durante una fracción de segundo, algo cambió en su expresión. Fue apenas un destello de sorpresa, seguido de una admiración que intentó disimular casi de inmediato. No necesitaba que lo dijera en voz alta para comprender que el vestido le había gustado, aunque no estaba dispuesta a regalarle la satisfacción de preguntárselo.
Me limité a levantar la barbilla y sostenerle la mirada.
Si esperaba encontrar a una esposa sumisa, agradecida por su presencia, tendría que conformarse con otra cosa.
—Señor Kuri —saludó la diseñadora, acercándose a él—. Qué gusto verlo. Precisamente estábamos hablando de usted.
Christian me observó una vez más antes de responder.
—Espero que no estén hablando de nada que requiera una reunión adicional.
—Solo de su traje para la gala. Lo tenemos preparado en el vestidor. Será cuestión de unos minutos.
—Perfecto.
La diseñadora le indicó el camino, pero antes de que pudiera acompañarlo, Christian se acercó al podio. Se detuvo a mi lado y miró nuestro reflejo en el espejo. Desde aquella perspectiva, parecíamos una pareja sacada de una revista de sociedad: él, impecable y distinguido; yo, envuelta en un vestido de alta costura que parecía hecho para una noche memorable.
Entonces su mirada descendió hasta mi cintura.
La tela sobrante no dejaba lugar a dudas.
—¿Qué ha pasado con el vestido? —preguntó.
La diseñadora respondió antes de que yo pudiera hacerlo.
—La señora Kuri ha perdido bastante peso desde la última prueba. Tendremos que ajustar varias partes para que vuelva a quedar como debe. La cintura, las mangas y el corpiño necesitan algunos arreglos.
Christian volvió a mirarme, esta vez con más detenimiento. Sus ojos se detuvieron en mis brazos y después subieron hasta mi rostro. Durante un instante, tuve la impresión de que iba a preguntarme si me encontraba bien. Algo parecido a la inquietud apareció en su mirada, una expresión fugaz que no supe interpretar y que desapareció en cuanto sus labios se curvaron con desdén.
—¿Ahora también te has propuesto cambiar tu cuerpo para castigarme?
Sus palabras cayeron con la misma facilidad con la que otras personas comentaban el tiempo.
La diseñadora se quedó inmóvil, con un alfiler entre los dedos. Una de las ayudantes bajó la mirada y fingió revisar una caja de herramientas, aunque era evidente que había escuchado cada palabra.
Yo, en cambio, no aparté los ojos del espejo.
—No sabía que mi peso fuera un asunto tuyo —respondí con calma.
—No lo es. Pero vas a aparecer en las fotografías familiares y, por si lo has olvidado, llevas el apellido Kuri. No puedes presentarte en un evento de esa importancia con un aspecto descuidado.
Una risa breve y carente de humor escapó de mis labios.
—Qué alivio. Por un momento pensé que te preocupaba mi salud.
Christian endureció la mandíbula.
—No empieces, Valentina, quedamos en recuperar nuestro matrimonio.
—No he empezado nada. Solo te estoy escuchando.
