Capítulo 100
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Roberto Abad Rocamonte
Lili no dejaba de mirarme, como si temiera que en cualquier instante yo desapareciera también. Tragué saliva, porque no sabía cómo decirle algo tan devastador sin romperme otra vez.
—Lili… —tomé aire, pero la voz me tembló antes de que pudiera continuar— hubo un derrumbe… en la plaza Antara, donde falleció el ex novio de Ana.
Su rostro se tensó.
—¿Un derrumbe…? Roberto… ¿Quién estaba ahí? —su voz ya era un susurro lleno de miedo.
No pude sostenerle la mirada. Cuando por fin lo hice, mis ojos ardían.
—Ana y Arturo… —las palabras se me atoraron en la garganta—. Cuando dejaste de verme fue porque seguí a Ana.
Fueron las únicas palabras que pude pronunciar.
Lili se cubrió la boca con ambas manos, como si quisiera impedir que su alma se le escapara por un grito.
—No… no… no… —negó varias veces, y luego comenzaron a caer lágrimas gruesas, desesperadas— Ana… ella… ella no merecía eso… ¿Cómo… ¿Cómo pasó?
Me acerqué y la tomé entre mis brazos. Su llanto se clavó en mi pecho. Ojalá hubiera podido absorber su dolor, o el mío, o todo. Pero no podía. Solo podía sostenerla.
—Lo hizo Domenika —logré decir, con el odio subiéndome por la garganta—. Engañó a Ana para que fuera ahí. Ella… activó una bomba. Estaban juntos cuando todo cayó sobre ellos. Estaba ahí también solo que no cerca de ellos.
Lili lloró más fuerte y yo la abracé con más fuerza, pero siempre con cuidado. Se aferró a mi camisa como si se estuviera hundiendo y yo fuera la única tabla en medio del mar.
—Nunca pensé que doliera tanto perder a Arturo así… —mi voz tembló, me ardieron los ojos—. Preferiría… preferiría haberme distanciado aún más de él a que hubiera pasado esto. Él… Él merecía vivir, Lili. No pude salvarlos.
Ella levantó la mirada, con lágrimas corriéndole por las mejillas, y me acarició el rostro con ternura infinita.
—Roberto… ustedes se acercaron en estos días. Eso no fue casualidad. Fue una oportunidad. Una última oportunidad para que ambos se encontraran de nuevo. Aunque fuera un poquito… aunque fuera tarde. No fue tu culpa. ¿Me oyes? —limpió una lágrima que se me escapó— No te atormentes con eso, por favor.
Apreté los dientes, porque la verdad era que la culpa me estaba ahogando.
—Fui a decírselo a mis padres —confesé, con amargura—. Mi madre… solo estaba en shock. Pero él… —exhalé con amargura, asqueado— mi padre me preguntó si yo lo había hecho. Si yo había provocado el derrumbe. Y luego me dejó claro que si Arturo moría, yo no vería ni un peso de su herencia.
Lili abrió los ojos, indignada.
—¿Qué? ¿Te dijo eso? ¿En un momento así?
—Sí —asentí, frustrado—. Pero le dije algo que necesitaba decir: que no quería nada de él. Que no quería su dinero, ni su legado, ni su apellido. Que así como me desconoce como hijo, también lo desconozco como padre. Ya no me importa nada que venga de él.
Ella me miró como si acabara de ver algo nuevo dentro de mí. Algo que le gustaba. Algo que la conmovía.
—Acércate —susurró.
—¿Qué?
—Acércate… quiero un beso.
Una sonrisa involuntaria se formó en mis labios. Me incliné hacia ella, despacio, como si ese pequeño momento fuera sagrado. Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, después un poco más profundos. Ella colocó una mano en mi nuca, atrayéndome hacia sí, y yo sentí que el mundo entero se quedaba en silencio por primera vez en todo el día.
Cuando nos separamos, Lili me acarició la mejilla.
—Estoy orgullosa de ti —dijo con voz suave, sincera—. Del hombre que eres ahora. Me lo has demostrado. Te has convertido en un hombre mejor. Quiero que sepas que no estás solo, porque yo estoy contigo y te amo.
Cerré los ojos un instante, dejando que sus palabras me sostuvieran, porque era lo único que evitaba que me rompiera por completo.
—Gracias, cariño… —susurré contra su frente—. No sabes cuánto necesitaba escuchar esas palabras de tus labios. También te amo, más de lo que imaginas.
Me quedé ahí, con ella en mis brazos, aferrándome a la única persona que todavía me hacía sentir que tenía un lugar en el mundo. Que no estaba solo.
Ana Paula Lago
Lo primero que sentí fue dolor. En cada músculo, en cada costilla, incluso respirar me ardía como si mis pulmones se hubieran llenado de agujas.
Intenté abrir los ojos, pero la oscuridad me envolvió entera. Solo una pequeña línea de luz, diminuta, casi imperceptible, se coló por algún hueco del escombro. Un centímetro… tal vez menos. Me cegaba, irónicamente, porque mis pupilas no entendían qué estaba pasando.
Estaba atrapada.
Lo sabía incluso antes de moverme.
Cuando intenté hacerlo, mi cuerpo quedó aprisionado. Apenas pude girar la cabeza unos milímetros.
Y entonces lo sentí.
A Arturo.
Debajo de mí.
—Arturo… —susurró, pero mi voz apenas salió en un hilo.
Él no respondió.
Un miedo helado me subió por la espalda, más intenso que cualquier dolor.
—Arturo, por favor… mírame… dime algo… —lo llamé otra vez, intentando mover el brazo, pero estaba encajada entre losas, vigas y pedazos de concreto que se sentían como toneladas sobre mi cuerpo.
Una lágrima me resbaló por la mejilla.
Y luego otra.
Y otra.
—Todo… todo esto era mi culpa —rompí en un sollozo silencioso—. Si tan solo no le hubiera creído a Domenika… si tan solo…
La culpa me estrangulaba.
—Perdóname, Arturo… —susurré con la voz rota—. Perdóname… amor…
Conseguí mover mis dedos, apenas. Lo toqué. Su pecho estaba tibio. Mi corazón dio un salto desesperado porque eso significa que…
Estaba vivo.
—Gracias a Dios… —suspiré, temblando— Arturo… resiste, por favor… por favor…
Toqué su rostro a tientas. No vi nada, pero mis dedos recorrieron su mandíbula, su mejilla. Estaba húmeda y pegajosa.
Sangre.
Mi garganta se cerró.
¿Se golpeó la cabeza?
¿Le cayó algo encima?
Intenté mover la mano más abajo, hacia su brazo. Recordé la bala. El disparo. El impacto que él recibió defendiendo… defendiendo todo. Defendiéndome.
Cuando toqué su ropa, la humedad era distinta. Más tibia. Más abundante.
No… no… no…
—Arturo, estás perdiendo mucha sangre… —dije en voz baja como si él pudiera escucharme—. No te mueras, ¿sí? Por favor… no me dejes tú también.
Mi mano tropezó con su cinturón. Sabía lo que tenía que hacer, aunque el espacio era miserable, estrecho, casi asfixiante. Era doctora. Sabía cómo detener una hemorragia. Pero el ángulo me era imposible. Mis brazos temblaban. Estaba casi encima de él, prensada entre el concreto y su cuerpo.
Aun así, luché.
Desabroché el cinturón con torpeza. Me tomó varios intentos, mis dedos estaban entumecidos y la oscuridad me desesperaba. Cuando al fin logré liberarlo, lo deslicé como pude, guiándome por lo que sentía, no por lo que veía.
—Aguanta… —murmuré jadeando.
Tomé su brazo, identificando la zona donde la tela estaba más empapada. Ahí. No podía ser otro sitio.
Le coloqué el cinturón, apretándolo con toda la fuerza que me permitió este infierno de espacio reducido.
Él gimió, apenas. Un sonido ronco, débil, pero tan poderoso para mí que el corazón casi me estallaba.
—Eso es… estás aquí… conmigo… —mis lágrimas caían sobre su cuello—. Por favor, no te rindas. Yo… yo no puedo perderte.
Me quedé quieta un instante, respirando su aire, escuchando su débil respiración mezclada con el silencio oscuro del derrumbe.
De pronto me pregunté si estarían tratando de encontrarnos o ya nos dieron por muertos.
Pero mientras él respirara, mientras yo pudiera mover un dedo, mientras existiera ese hilo ridículo de luz…
No pensaba dejar que muriera. Tenían que rescatarnos, Roberto estaba aquí, él no nos podía dejar aquí, sin ayuda. Solo esperaba que él también hubiera sobrevivido.
