Capítulo 6
Capítulo 6
Valentina Montesinos
Limpié rápidamente la pequeña lágrima que amenazaba con resbalar por la comisura de mis ojos, esperando que nadie hubiera alcanzado a notarla. No quería que Briana me viera llorando, mucho menos después de haberla observado junto a Christian de aquella manera. Intenté recomponerme, respiré profundamente y enderecé los hombros, pero justo en ese momento escuché el leve sonido de uno de mis zapatos al moverme. Briana giró ligeramente la cabeza en mi dirección y nuestros ojos se encontraron. Por un instante pensé que quizá había alcanzado a verme, pero ella no dijo nada. Simplemente se puso de pie con aquella sonrisa perfectamente trabajada que parecía llevar siempre consigo y caminó hacia mí con una naturalidad que me hizo sentir todavía más incómoda.
—Hola, cuñada —dijo con su habitual tono dulce mientras se acercaba para darme un beso en la mejilla—. Christian me dijo que fuiste al hospital. ¿Estás enferma? Te ves un poco pálida.
Negué rápidamente mientras forzaba una sonrisa.
—No es nada importante. Es un virus estomacal, seguramente se me pasará en un par de días.
—¿Estás segura? —preguntó con una expresión de preocupación que parecía sincera.
—Sí, no tienes de qué preocuparte.
Briana asintió, aunque su mirada permaneció sobre mi rostro durante unos segundos más. No sabía si realmente estaba preocupada o simplemente intentaba descubrir qué era lo que me había llevado al hospital. Yo mantuve la sonrisa en mi rostro, aunque por dentro sentía un nudo que parecía crecer cada vez que recordaba las palabras del doctor Mendiola. Nefritis lúpica. Todavía me costaba pronunciar aquellas palabras incluso dentro de mi propia cabeza. Había pasado los últimos minutos intentando convencerme de que podía manejarlo, de que solo necesitaba comenzar el tratamiento y seguir las indicaciones del médico. Sin embargo, una parte de mí sabía que las cosas ya no volverían a ser como antes.
Entonces sentí la presencia de Christian detrás de mí. Giré ligeramente el rostro y lo vi ponerse de pie. Su expresión había vuelto a ser la misma de siempre, aquella mirada estoica que rara vez dejaba escapar alguna emoción. Por un instante nuestras miradas se encontraron y sentí ese pequeño impulso de acercarme a él. Pero aquella valentía desapareció tan rápido como había aparecido. No podía hacerlo. No después de haberlo visto tan feliz con Briana. No después de haber comprendido que quizá la vida que él siempre había querido estaba justo frente a mí y que yo no formaba parte de ella.
—¡Tía Vale!
La voz de Santi consiguió arrancarme de mis pensamientos.
El pequeño corrió hacia mí sosteniendo un dinosaurio de juguete en cada mano y, sin pensarlo dos veces, me agaché hasta quedar de rodillas para recibirlo entre mis brazos. Sentí cómo sus pequeños brazos rodeaban mi cuello y cerré los ojos durante un instante, permitiéndome disfrutar de aquel abrazo que necesitaba mucho más de lo que él podía imaginar.
—Mi príncipe bello —murmuré mientras besaba su cabello—. Me alegra mucho saber que estás bien.
Santi se separó un poco de mí y asintió con una enorme sonrisa, levantando uno de los dinosaurios como si fuera una especie de trofeo.
—Me caí. Me salió sangre de la rodilla, pero mi mami ya me curó y ya no me duele.
El pequeño dirigió una mirada orgullosa hacia su madre, esperando seguramente que ella confirmara lo que acababa de decir. Briana sonrió y le acarició suavemente el cabello.
—Porque eres un niño muy valiente.
—Sí —respondió Santi con entusiasmo—. Quiero ser tan valiente como mi tío Christian. Él es el mejor.
Sentí algo extraño al escucharlo y levanté lentamente la mirada hacia mi esposo. Christian estaba a unos cuantos pasos de nosotros, acomodándose el reloj antes de tomar nuevamente su teléfono. Observé el rostro de Santi, la admiración con la que hablaba de él y después volví a mirar a Christian. No podía evitar pensar que quizá algún día yo también había querido mirar a mi esposo de esa manera. Con orgullo. Con admiración. Con ese cariño sincero que un niño podía sentir por alguien que consideraba su héroe.
Asentí con una pequeña sonrisa.
—Sí, cariño. Tu tío es un hombre muy valiente.
No sabía por qué había dicho aquello. Quizá porque Santi lo admiraba y no quería quitarle aquella ilusión. Quizá porque, a pesar de todo, yo también seguía admirando a Christian de alguna manera. Después de dos años continuaba buscando razones para sentir orgullo por él, incluso cuando él parecía no encontrar una sola razón para sentirse orgulloso de mí.
Christian pasó a mi lado sin detenerse. Por un instante pensé que simplemente seguiría de largo sin decirme nada, como tantas otras veces, pero cuando estuvo a mi altura escuché su voz.
—Voy a cambiarme. Tengo una reunión en una hora.
Giré ligeramente la cabeza para seguirlo con la mirada.
—Está bien.
No se detuvo.
Lo observé alejarse por el pasillo y después subir las escaleras sin volver la mirada hacia atrás. Sentí nuevamente aquella pequeña presión en el pecho que ya comenzaba a resultarme familiar. Era extraño cómo podía dolerme tanto algo tan sencillo como verlo alejarse. Era mi esposo, pero cada día se sentía más como un hombre al que simplemente observaba pasar por mi vida.
Finalmente dejé escapar el aire que había estado conteniendo y volví mi atención hacia Santi. El pequeño ya estaba en el suelo, acomodando sus dinosaurios para continuar con su juego, mientras Briana se sentaba nuevamente junto a él. Yo permanecí de pie durante unos segundos, observándolos en silencio.
Ahora solo quedábamos nosotros tres en la sala.
Intenté sonreír para Santi, pero en el fondo de mi corazón no podía dejar de pensar en la conversación que tendría que enfrentar tarde o temprano.
Christian tendría que saberlo.
La pregunta era cuándo sería capaz de decirle que la mujer que llevaba dos años intentando amarle estaba enferma.
Durante los siguientes veinte minutos permanecí en la sala de estar junto a Briana y Santi, intentando concentrarme en las ocurrencias de mi sobrino y en las historias que nos contaba mientras jugaba con sus dinosaurios. Santi parecía haber olvidado por completo el pequeño accidente de aquella mañana y corría de un lado a otro del salón, haciendo que sus juguetes chocaran entre ellos mientras nos explicaba quién era el bueno y quién era el villano. Yo sonreía y participaba en su juego siempre que podía, aunque mi mente seguía regresando una y otra vez a la conversación que había tenido con el doctor Mendiola. Cada vez que recordaba sus palabras, sentía un pequeño nudo en el estómago. Intentaba no pensar en el tratamiento, ni en la posibilidad de que mi cuerpo no respondiera como esperábamos, mucho menos en aquella palabra que todavía se sentía demasiado aterradora para pronunciar: trasplante. Así que preferí concentrarme en Santi. En su risa. En sus historias. En la manera en que sus ojos brillaban cuando conseguía que alguna de nosotras creyera que un dinosaurio de plástico podía destruir toda la mansión Kuri.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché nuevamente unos pasos acercándose por el pasillo. Levanté la mirada y vi aparecer a Christian. Ya llevaba puesto el traje que usaría para su reunión y, como siempre, se veía impecable. El saco oscuro se ajustaba perfectamente a sus hombros y la corbata estaba perfectamente colocada alrededor de su cuello. Por un instante mis ojos se detuvieron en él más tiempo del que debería. Había algo en su presencia que todavía conseguía alterar mis pensamientos, incluso después de todo lo que había ocurrido. Christian caminó directamente hacia Santi, ignorando prácticamente todo lo que había a su alrededor, y se agachó frente a él con una pequeña sonrisa.
—Nos vemos, campeón. Cuídate mucho, no queremos que tu mamá se preocupe demasiado.
Santi asintió con entusiasmo.
—Sí, tío.
Christian sonrió y depositó un beso en la frente del niño antes de ponerse nuevamente de pie. Yo observé aquella escena en silencio, sintiendo una pequeña punzada en el pecho. Había algo en la manera en que Christian trataba a Santi que siempre conseguía conmoverme. Con él era diferente. Era paciente, cariñoso, atento. Era el hombre que yo había imaginado que sería algún día con nuestros hijos. Y quizá por eso me dolía tanto verlo. Porque me mostraba constantemente una versión de Christian que conmigo nunca existía.
Entonces sus ojos se encontraron brevemente con los míos.
Fue apenas una mirada.
Tan rápida que probablemente ni siquiera habría significado nada para otra persona, pero yo conocía demasiado bien a mi esposo. Su mirada fue breve, casi de cortesía, como si simplemente recordara que yo también estaba allí porque Briana se encontraba frente a él. Bajé la mirada inmediatamente, intentando que mi expresión no delatara lo mucho que me había afectado.
—Me voy —dijo después—. Nos vemos en la noche.
Asentí.
—Nos vemos.
Sentí un ligero escalofrío recorrerme cuando noté que Briana me observaba. No sabía exactamente qué estaba mirando, pero su expresión me hizo sentir incómoda. Quizá había notado que entre Christian y yo no existía ningún gesto de cariño. No hubo un abrazo. No hubo un beso. Ni siquiera un roce de manos. Solo aquellas dos palabras que parecían más propias de dos conocidos que de un matrimonio.
Christian se dio la vuelta para marcharse, pero apenas había dado un par de pasos cuando Briana se puso de pie rápidamente.
—Christian…
Él se detuvo y giró ligeramente el rostro.
—¿Qué pasa?
Briana se acercó a él con una pequeña sonrisa.
—Espera. Tienes la corbata un poco de lado, te ayudaré.
Me quedé inmóvil.
No sé por qué, pero durante un instante sentí que estaba esperando que Christian rechazara su ayuda. Quizá porque esa era la respuesta que siempre había recibido yo.
Cada vez que intentaba acercarme para ayudarlo con algún detalle de su ropa, acomodarle el cuello de la camisa o ajustar su corbata, Christian siempre encontraba la manera de decirme que podía hacerlo solo. Incluso aquella mañana, cuando le ofrecí mi ayuda, había respondido con la misma indiferencia.
Pero esta vez no lo hizo.
Christian simplemente sonrió y asintió.
Briana se colocó frente a él y, con toda naturalidad, levantó las manos para acomodar la corbata. Sus dedos se movieron con delicadeza sobre el nudo mientras Christian permanecía quieto, permitiéndole acercarse sin mostrar la menor incomodidad. Yo observaba la escena desde unos pasos de distancia y sentí cómo aquella pequeña punzada en el pecho se transformaba lentamente en algo mucho más doloroso.
Era una simple corbata.
Un gesto pequeño que probablemente no significaba nada.
Pero para mí significaba demasiado.
Porque yo había deseado hacer exactamente eso tantas veces.
Había querido acercarme a Christian, arreglarle la corbata antes de que saliera de casa, acomodar su camisa, darle un beso y despedirlo como una esposa normal. Había querido sentir que existía un lugar para mí dentro de su vida. Y, sin embargo, siempre había encontrado una barrera invisible que me impedía hacerlo.
Con Briana no parecía existir ninguna barrera.
—Listo —dijo ella finalmente, dejando caer las manos.
Christian miró brevemente su corbata y después volvió a sonreír.
—Gracias, Bri. Nos vemos.
—Nos vemos.
Christian se dio la vuelta y salió de la sala sin siquiera volver a mirarme.
Yo permanecí inmóvil, observando la puerta por la que acababa de desaparecer.
