Capítulo 4
Me encontraba sentada frente al escritorio del doctor Mendiola, con las manos entrelazadas sobre mi regazo mientras intentaba mantener la calma. Desde que había entrado al consultorio había sentido una presión extraña en el pecho, una sensación que no conseguía explicar y que se hacía más intensa cada vez que el doctor desviaba la mirada hacia los documentos que tenía frente a él. El sonido de las hojas al moverse parecía demasiado fuerte dentro de aquel pequeño consultorio y, por alguna razón, cada vez que pasaba una página sentía que mi corazón comenzaba a latir un poco más rápido. El doctor llevaba varios minutos revisando mis resultados y yo no sabía si aquello era una buena o una mala señal. Finalmente, dejó los papeles sobre el escritorio, entrelazó sus manos y levantó la mirada hacia mí.
—Valentina, quiero que primero mantengas la calma.
Sentí que mis dedos se apretaban unos contra otros.
—¿Es algo grave?
El doctor guardó silencio durante unos segundos antes de responder.
—Tus análisis muestran alteraciones importantes en la función de tus riñones. También encontramos una cantidad elevada de proteínas y sangre en la orina y, después de revisar los estudios inmunológicos, todo apunta a una enfermedad autoinmune.
Lo miré sin comprender completamente lo que estaba diciendo.
—¿Una enfermedad autoinmune?
—Sí. En tu caso, los resultados son compatibles con lupus eritematoso sistémico y, por la afectación que estamos observando en tus riñones, estamos hablando de nefritis lúpica.
Sentí que el mundo parecía detenerse durante unos segundos.
—¿Lupus? —repetí, casi en un susurro.
El doctor asintió.
—Sé que puede ser difícil de procesar, pero quiero que entiendas que no estás sola en esto. La enfermedad puede controlarse y vamos a comenzar el tratamiento cuanto antes para intentar detener o disminuir el daño que está provocando en tus riñones.
Bajé la mirada hacia mis manos. De pronto, todas aquellas pequeñas señales que había estado ignorando parecían tener sentido. Los mareos, las náuseas, el cansancio que últimamente no desaparecía aunque durmiera durante horas y aquella hinchazón que había visto esa misma mañana. Todo había estado ahí. Mi cuerpo había intentado advertirme que algo estaba mal y yo había preferido convencerme de que solamente estaba cansada.
—¿Y mis riñones? —pregunté después de unos segundos.
El doctor tomó nuevamente los resultados.
—Ya existe un deterioro importante en su función. Por eso no quiero que esperemos. Necesitamos comenzar el tratamiento cuanto antes y vigilar muy de cerca cómo responde tu organismo.
Asentí lentamente, aunque sentía que apenas podía procesar sus palabras.
—¿Y después?
El doctor respiró profundamente antes de continuar.
—En tu próxima consulta necesito que vengas acompañada de tu esposo.
Levanté la mirada de inmediato.
—¿Christian?
—Sí.
Sentí una incomodidad inmediata al escuchar su nombre.
—¿Por qué?
—Porque debo hablar con ambos sobre las posibles complicaciones y también sobre el peor escenario. No quiero adelantarnos a los acontecimientos, Valentina, porque todavía tenemos opciones de tratamiento y nuestra prioridad es que respondas favorablemente. Pero es importante que tu esposo conozca la situación y sepa qué podría ocurrir si tus riñones continúan deteriorándose a pesar del tratamiento.
Me quedé mirando al doctor en silencio.
Por alguna razón, aquella palabra parecía más aterradora que el diagnóstico.
No sabía cómo decírselo.
No sabía cómo mirarlo a los ojos y contarle que la mujer con la que se había casado, la misma que durante dos años había intentado ser perfecta para él, ahora tenía una enfermedad que podía cambiarlo todo.
Tragué saliva.
—¿Y qué pasaría si el tratamiento no funciona?
El doctor no respondió inmediatamente. Parecía estar escogiendo cuidadosamente sus palabras.
—Si tus riñones continúan perdiendo función y llegamos al punto en que ya no pueden hacer su trabajo de manera adecuada, tendríamos que considerar terapia de reemplazo renal.
—¿Eso significa…?
—Diálisis o un trasplante renal.
Sentí que mis manos se enfriaban.
—¿Un trasplante?
—Sí.
Miré al doctor sin poder apartar los ojos de él.
—¿Y cómo funciona?
—En caso de que llegaras a necesitarlo, tendríamos que valorar todas las opciones disponibles. Una de ellas sería entrar en una lista de espera para recibir un riñón de un donante fallecido. El problema es que los tiempos de espera pueden ser prolongados y dependen de muchos factores.
—¿Y la otra opción?
—Un donante vivo compatible, puede ser un familiar que se encuentre sano incluso su esposo, se podría hacer las pruebas de compatibilidad, este trasplante podría salvar tu vida.
Tragué saliva con amargura, no me quedaba más familia que mis dos tíos, los hermanos de mi padre, ni siquiera éramos cercanos. Y pensar en Christian como una posibilidad de donante era más una broma cruel.
No podía imaginar a Christian haciendo algo así.
No podía imaginarlo sentado en un hospital esperando que los médicos encontraran una forma de salvarme. Tampoco podía imaginarlo dejando de lado sus reuniones, sus negocios o cualquier otra cosa para hacer todo lo posible por conseguirme un riñón.
Christian apenas podía soportar compartir conmigo una mesa.
¿Cómo iba a arriesgar una parte de su propia vida para salvar la mía?
—¿Y si no aparece un donante? —pregunté.
—Entonces tendríamos que recurrir a la diálisis mientras esperamos un trasplante.
La palabra volvió a resonar en mi cabeza.
Diálisis.
Por primera vez pude imaginarme conectada a una máquina, dependiendo de ella para poder seguir viviendo.
Sentí un nudo en la garganta.
No quería eso.
No quería que mi vida se convirtiera en hospitales, medicamentos y máquinas. No quería pasar los años que me quedaran dependiendo de alguien para poder hacer las cosas más simples. Pero había algo que me aterraba todavía más.
¿Qué pensaría la familia Kuri?
La familia Kuri había construido durante generaciones una imagen de poder, éxito y perfección. Todo debía parecer impecable. Los negocios, las relaciones, las apariciones públicas, los matrimonios.
Y yo había pasado dos años intentando encajar precisamente en esa imagen.
¿Qué ocurriría si todos descubrían que la señora Kuri estaba enferma? ¿Qué dirían los medios? ¿Qué dirían los socios de Christian?
No pude evitar imaginar las miradas de lástima, los comentarios a mis espaldas y las preguntas sobre la salud de la esposa del heredero del Grupo Kuri.
Una esposa enferma que podía necesitar un trasplante y que, en algún momento, podría convertirse en una responsabilidad para su esposo.
Cerré los ojos durante unos segundos.
No podía permitirlo.
No podía convertirme en otra carga para Christian.
—Valentina.
Abrí los ojos y miré al doctor.
—¿Sí?
—Quiero que entiendas algo. Tu enfermedad no te convierte en una carga para nadie.
Bajé la mirada.
Ojalá pudiera creerle.
Pero en mi mundo, en el mundo de los Kuri, las cosas no funcionaban así.
Mientras salía del consultorio con la palabra lupus repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza, solo podía pensar en una cosa.
Christian no podía enterarse.
No todavía.
