Capítulo 103
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Roberto Abad Rocamonte
Abrí la puerta de mi departamento con Lily en brazos, como si no pesara nada. Su risa suave vibró contra mi pecho y, por un instante, me olvidé de todo lo que pasamos en los últimos días.
—Roberto, no tenías que cargarme —se burló, divertida, su voz dulce raspándome por dentro.
La miré de reojo sin detener mis pasos.
—Quería hacerlo —respondí—. Además… aún no puedo creer que aceptaras venirte a quedar conmigo unos días.
Ella frunció los labios, ese gesto siempre me volvía loco.
—Mis padres son demasiado controladores —explicó—. No quería tenerlos encima vigilando cada movimiento mientras me recupero. Y Ana estaría con Arturo en la residencia de sus padres, así que mi departamento iba a estar vacío. —Se encogió un poco de hombros—. Podríamos aprovechar estos días que vamos a vivir juntos… para ver si realmente nos llevábamos bien.
Sonreí. Una sonrisa lenta terminó dibujándose en mis labios. Porque sabía exactamente lo que quería decir… y me encantó.
Ella me había pedido tiempo para que yo hablara con sus padres sobre una posible boda.
Y aun así… decidió venir conmigo.
Joder. Esa mujer me derretía de formas que no quería admitir.
—No pienso dejarte ir tan fácil, cariño —murmuré mientras empujaba la puerta con el hombro—. Tendré que ir a la oficina algunos días para revisar los proyectos. Son los primeros de la constructora, no puedo quedar mal. —Me incliné un poco sobre ella—. Pero la mayor parte del tiempo trabajaré desde aquí. No vas a estar sola.
Ella me miró con picardía, sonriendo de una manera peligrosa que me encendía.
—Más te vale no encadenarme a la cama —me provocó—. Ni ser tan controlador como mis padres… porque entonces te dejo y me regreso a mi departamento.
Solté una carcajada baja, oscura. Esa que solo ella conseguía arrancarme.
—Tu departamento dejó de ser tu hogar desde el momento en que entraste aquí —afirmé, sin rodeos—. Haz lo que quieras, Lily. Esta es tu casa. A partir de ahora.
Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave que me calentó por dentro.
Caminé hasta la habitación y la deposité en mi cama con todo el cuidado que pude. Acomodé las sábanas, ajusté sus piernas para que el yeso no le molestara. El collarín seguía firme en su cuello, recordándome que estuve a segundos de perderla. Y que no pensaba permitir que algo así volviera a ocurrir.
Me recosté a su lado con cautela, procurando no lastimarla. En cuanto mi cuerpo tocó el colchón, ella extendió su brazo sano y me jaló hacia ella, acurrucándome como si fuera un niño.
Yo. Un hombre hecho de cicatrices, sombras y decisiones duras… acurrucado en sus brazos. Cerré los ojos y sentí su respiración tibia contra mi clavícula. Algo dentro de mí se aflojó, se derritió… se entregó por completo.
La rodeé por la cintura con firmeza, pero con la delicadeza que merecía. Después abrí los ojos para mirarla, para grabar la imagen de su rostro iluminado por la luz tenue de la habitación.
Sus ojos se encontraron con los míos, cálidos, tranquilos… y llenos de esa paz que solo encontraba a su lado.
Me incliné, buscando sus labios en silencio, guiado por una necesidad ardiente que me consumía desde la primera vez que la tuve entre mis brazos.
Cuando nuestros labios se encontraron, el mundo desapareció.
El derrumbe.
El hospital.
La tensión.
El cansancio.
Nada importó. Todo había quedado atrás.
Solo ella.
Solo nosotros.
El beso con Lily se profundizó de una forma que me dejó sin respiración. Sus labios se movían contra los míos con una mezcla perfecta de dulzura y deseo que me hizo perder el control. Mi mano se deslizó por su muslo, despacio, con una calma que contrastaba con el torbellino que llevaba por dentro.
Ella carraspeó apenas, pero no se apartó. Al contrario, me besó con más ganas.
—Roberto… —murmuró entre beso y beso— debemos esperar… al menos unos días más.
Su voz tembló ligeramente—. Podrías lastimarme el cuello.
Fui yo quien carraspeó esta vez, tratando de recuperar el aire y el maldito autocontrol que debería tener porque ella aún no se recuperaba por completo. Me forcé a detener mis manos y apoyé la frente en la suya, respirando hondo, inhalando su olor delicioso para mí.
—Está bien —susurré con un tono ronco—. No quiero hacerte daño.
Ella sonrió con esa ternura que me partía en dos y deslizó la palma de su mano por mi mandíbula con infinita ternura.
—Oye… —dijo despacio— ¿Crees que podríamos ir a visitar a Ana y Arturo? No pude verlos antes de que salieran del hospital, aunque Ana me escribió para decirme que Arturo ya estaba mejor. Por suerte, la bala salió rápido y la herida está cicatrizando; no dañó ningún nervio importante.
Solté un suspiro pesado. No porque no quisiera verlos… sino por lo que implicaba.
Me acomodé en la cama, quedando medio inclinado contra la cabecera, sin soltar su mano.
—No creo que mi padre quiera verme en su casa —respondí con la verdad cruda—.
Preferiría que esperes a que puedas caminar bien… y vayas tú a verlos.
Será mejor.
Lily me miró con esos ojos grandes que siempre parecían leer más allá de mis palabras. Se le oscurecieron con una tristeza que me atravesó como un puñal.
—¿Crees que algún día te reconcilies con tu padre? —preguntó en un susurro.
Negué lentamente con la cabeza. Sin culpa. Sin dudas.
—No lo sé… y quizá no —admití, dejando que mi voz sonara tan firme como mi decisión—. Pero ahora… eso ya no importa. Mientras te tenga a ti… tengo todo lo que quiero. No necesito a la constructora Rocamonte, ni a los bienes de mi padre. Todo eso dejó de significar algo para mí.
Sus labios se entreabrieron de sorpresa, y una emoción cálida, casi tímida, le iluminó el rostro.
Yo acerqué mi mano a su cintura, acariciándola con suavidad, y mi voz bajó a un murmullo grave, de esos que nacen desde el pecho.
—Una vez que nos casemos, compraremos una residencia —le dije, rozando con el pulgar la curva de su cadera—. Una casa grande… que espero que algún día se llene de niños.
Ella bajó la mirada con una sonrisa tímida, incapaz de ocultar el brillo que iluminó sus ojos.
—Vas muy rápido, vaquero —bromeó, dándome un golpecito suave en el hombro.
Yo sonreí. Una sonrisa lenta, varonil… posesiva.
—Voy rápido porque quiero compartir mi vida contigo. Toda. —susurré junto a su oreja.
El rubor que subió a sus mejillas fue la confirmación más dulce del mundo.
Entonces, en mi cama, con ella recostada a mi lado… entendí que nunca había deseado nada con tanta fuerza como a esa mujer.
Ni poder.
Ni dinero.
Ni herencias.
Ni venganzas.
Solo Lily. Solo ella.
Arturo Abad Rocamonte
Abrí los ojos lentamente, dejándome envolver por la quietud suave de la habitación. Desde que regresamos del hospital, cada mañana comenzaba igual: con el aroma tenue a café y con Ana moviéndose por la habitación, se había dedicado a cuidarme con detalle.
Y me encantaba.
La vi entrar con una charola entre las manos y una sonrisa que, aunque intentaba ser discreta, siempre terminaba por iluminar todo. Ella era así: mi luz, incluso en las sombras más profundas.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, le sonreí sin pensarlo.
—Buenos días, amor —murmuré.
Ana dejó la charola sobre el carrito que usaba para poner mi desayuno y luego tomó un frasquito entre sus manos.
—Tu medicamento —dijo, con ese tono de enfermera dedicada.
Me incorporé un poco contra las almohadas y arqueé una ceja.
—¿Aún es necesario que me lo siga tomando?
Ana se llevó las manos a la cintura, postura perfecta de regaño maternal… pero con esos ojos brillosos que siempre me derretían.
—Debes tomarlo hasta que la herida cicatrice por completo —sentenció—. Una herida de bala no es cualquier cosa, amor.
Me reí bajo.
—Está bien, lo que ordene mi doctora bella.
Esa sonrisa satisfecha que me dedicó valía cualquier pastilla amarga del mundo. Se inclinó y me dio un beso suave, cálido, antes de depositar un par de pastillas en mi mano y un vaso de agua en la otra.
—En un par de días ya podrás comenzar a incorporarte a tus actividades habituales —me dijo mientras me acomodaba el cojín detrás de la espalda—. Solo necesitas tener paciencia.
Tomé las pastillas y bebí el agua de un trago. Luego la miré fijamente.
—Genial —respondí—, porque tengo una conversación pendiente con tu padre…
para pedir la mano de su hija de manera formal.
Ana parpadeó, sorprendida. Luego se acercó y se sentó a mi lado, en el borde de la cama, con esa expresión suave que siempre aparecía cuando algo la conmovía.
—¿Recuerdas lo que dijiste cuando estábamos atrapados bajo el concreto? —preguntó en voz baja.
Asentí, pensativo. Cómo podría olvidarlo. Tomé su mano, enlazando sus dedos con los míos.
—No lo he olvidado —le dije—. Y también… hay algo que quiero hacer. En unos días iré a visitar a Roberto. Quiero agradecerle por no habernos dejado ahí… Y lo he pensado en serio, Ana. Quiero recuperar a mi hermano, aunque mi padre se oponga.
Ella me abrazó de inmediato, con fuerza, con orgullo. Podía sentirlo en la forma en que su pecho se apretó contra el mío, en cómo suspiró cerca de mi cuello.
—Estoy tan orgullosa de ti —susurró.
Acaricié su espalda lentamente.
La vida era demasiado corta para seguir cargando odio.
—Sé que cometí muchos errores en el pasado, no supe valorar la presencia de Roberto en la constructora—admití—. Sam me contó que algunos clientes han preferido contratar proyectos con la constructora de Roberto… y no porque él los haya quitado, sino porque tiene buenas propuestas de arquitectura.
Ana se apartó apenas para mirarme a los ojos.
—¿Y qué vas a hacer?
Sonreí con un dejo de ironía, más hacia mí mismo que otra cosa.
—Cuando regrese a la constructora, tendré que ver cómo hacerle competencia… Porque aunque sea mi hermano, ambos tenemos empresas en el mismo ramo. Pero procuraré que esa competencia sea limpia. Justa. Correcta.
Ana me abrazó de nuevo, esta vez más fuerte, como si quisiera envolverme con su amor y sellar ese propósito en mi piel.
—Porque deseo que Lily y Roberto sean nuestros padrinos de boda —finalizó.
