✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 17

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
Publicado el 1 de septiembre de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina Montesinos

El salón se llenó de aplausos ante las palabras de Christian. Por unos instantes, todos los presentes parecían haber quedado cautivados por aquel discurso. Algunos se pusieron de pie mientras otros continuaban aplaudiendo con entusiasmo, y yo no pude evitar dirigir una mirada hacia mi suegra.

Lucrecia aplaudía con orgullo.

Había una expresión en su rostro que pocas veces había visto cuando se trataba de Christian. Su mirada lo seguía con admiración mientras él descendía del estrado y varios de los invitados se acercaban inmediatamente para saludarlo. Empresarios, médicos y algunas personalidades importantes lo rodearon para felicitarlo y conversar con él.

Lo observé desde la distancia.

Era impresionante la facilidad con la que podía desenvolverse entre las personas.

Sonreía, estrechaba manos y respondía a cada uno con esa seguridad que parecía haber nacido con él. 

—Eres muy afortunada, Lucrecia.

La voz de una mujer sentada frente a nosotras consiguió llamar mi atención.

—Educaste a un joven capaz de ponerse al frente de todo el conglomerado de la familia. ¿Quién lo diría? Tenían ese as bajo la manga.

Lucrecia sonrió de inmediato.

Una sonrisa triunfante.

—Por supuesto que Christian es capaz —respondió con seguridad—. Ha sido toda mi fortaleza desde que mi esposo y mi hijo ya no están.

Por un momento, su sonrisa pareció disminuir.

Pero apenas fue un segundo.

—Christian ha traído una nueva esperanza a mi vida y pronto, junto a Valentina, me darán el nieto que tanto deseo.

Sentí que un nudo se formaba en mi garganta.

Varias personas de nuestra mesa dirigieron la mirada hacia mí.

Esperaban una respuesta.

Pero yo apenas podía respirar.

Me limité a sonreír, una sonrisa pequeña y ensayada apareció en mi rostro.

—Tu nuera es una mujer reservada —comentó entonces otra mujer—. Me encanta. No es como las nueras de ahora, que apenas llegan a la familia y ya quieren tener el control de todo.

Reconocí a la señora Cinthia Rivero. Era una de las amistades más cercanas de Lucrecia y, aunque no tenía la oportunidad de verla con frecuencia, sabía perfectamente quién era. Se encontraba sentada junto a su esposo, Edgar Montes, dueño de una de las cadenas de gasolinerías más grandes del país. Ambos pertenecían a ese reducido círculo de personas que parecían conocerse desde hacía décadas y cuyas familias siempre aparecían en las mismas reuniones, eventos y cenas privadas.

Mi suegra tomó un pequeño sorbo de agua antes de responder.

—Valentina es una mujer sofisticada y muy inteligente.

Sus palabras me sorprendieron.

Giré lentamente el rostro para mirarla.

—Ella sabe cuándo hablar y cuándo escuchar —continuó—. Es una excelente esposa. Servicial, amable y educada. Le gusta leer y es una chef profesional, aunque por obvias razones por ahora no ejerce, pero tiene un sazón que derrite a cualquiera que pruebe sus platillos.

Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse.

No sabía por qué aquellas palabras me habían afectado tanto.

Quizá porque nunca la había escuchado hablar así de mí.

Lucrecia siempre había sido exigente. Siempre encontraba algo que corregir, algo que mejorar o alguna responsabilidad que recordarme. Pero en aquel momento hablaba de mí con un orgullo que parecía completamente sincero.

Me quedé observándola.

Y cuando notó mi mirada, me sonrió.

Entonces extendió su mano y apretó delicadamente una de las mías.

Fue un gesto sencillo pero consiguió hacer que mi pecho se encogiera.

Lucrecia tomó nuevamente su copa y se acercó ligeramente hacia mí.

—Mis palabras son reales —susurró, procurando que nadie más la escuchara—. Eres una buena esposa y no me equivoqué al aprobarte para mi hijo.

Tragué saliva.

Ella continuó.

—Lástima que mi hijo sea tan cuadrado de mente para no ver el potencial que yo veo en ti.

Mi respiración se detuvo.

La miré sorprendida.

¿Acaso ella sabía algo que yo no?

Ni siquiera tuve tiempo de analizar las palabras de mi suegra porque, en ese instante, Christian se acercó a nuestra mesa. Mi corazón dio un pequeño vuelco al verlo detenerse junto a nosotros. Saludó a los presentes con la seguridad que siempre lo caracterizaba, estrechando algunas manos y sonriendo cordialmente a quienes le dirigían unas palabras. Después se inclinó para besar a su madre en la mejilla.

Lucrecia sonrió orgullosa.

Entonces Christian giró hacia mí.

Antes de que pudiera siquiera reaccionar, sentí sus labios depositarse suavemente sobre mi sien.

Me quedé completamente inmóvil.

Era un gesto sencillo, pero suficiente para que las personas que estaban sentadas a nuestro alrededor sonrieran al verlo.

Exhalé lentamente.

Esa era la única manera en que Christian parecía recordar que yo existía para él. Una muestra de cariño frente a los demás. Un beso en la mejilla. Una mano sobre mi espalda. Una mirada aparentemente afectuosa.

Todo lo necesario para representar bien su papel de esposo perfecto.

Pero yo sabía nuestra verdad.

Sabía que, cuando las puertas de la mansión Kuri se cerraban y no había nadie observándonos, aquella cercanía desaparecía por completo.

Christian tomó la silla que estaba a mi lado y se sentó con naturalidad. Lo observé de reojo durante unos segundos. Aún no podía creer que estuviera ahí. Después de haberlo visto aquella mañana dormido en su estudio, jamás imaginé que aparecería en el evento como si nada hubiera ocurrido.

Me incliné ligeramente hacia él.

—No sabía que vendrías —le dije en voz baja, procurando que solo él pudiera escucharme.

Christian tomó una de las copas de agua que habían colocado sobre la mesa y bebió tranquilamente. Parecía completamente relajado. Después dejó la copa frente a él y me miró de reojo, como si mi pregunta no tuviera la menor importancia.

—¿Por qué no vendría? —respondió con naturalidad—. Es el evento de una de mis fundaciones.

Fruncí ligeramente el ceño.

Él continuó hablando antes de que pudiera decir algo.

—Te lo hubiera dicho ayer, pero hiciste berrinche.

Abrí los ojos como platos.

Por unos segundos me quedé mirándolo sin poder creer lo que acababa de escuchar.

¿Berrinche?

¿Eso era lo que él pensaba que había sucedido la noche anterior?

Sentí cómo algo dentro de mí comenzaba a hervir lentamente.

Para Christian, lo que había ocurrido entre nosotros no había sido más que un berrinche.

Para él, yo simplemente había hecho una rabieta, había tomado una almohada y decidido dormir en la habitación de invitados como una niña caprichosa que no conseguía lo que quería.

Pero para mí…

Para mí había sido diferente.

Yo había descubierto que nuestro matrimonio no fue un simple acuerdo de matrimonio, su padre amo a mi madre tanto que casó a su hijo conmigo para asegurar que yo no quedará desamparada una vez que mi abuela muriera. Conocía a Christian lo suficiente para saber que para él habría significado una humillación, casarse con la hija de la mujer que su padre amó tanto, y que no era su madre.

Y lo peor era que mi abuela había guardado ese secreto.

Bajé la mirada hacia mis manos, apretándolas ligeramente sobre mi regazo.

Para él fue un berrinche.

Pero para mí, aquella conversación había sido el principio del fin de todo lo que alguna vez creí que podía existir entre nosotros.

Él apartó la mirada de mí inmediatamente.

Como si nuestra conversación nunca hubiera existido.

Christian se inclinó hacia adelante para saludar nuevamente a los presentes y, unos segundos después, ya estaba conversando con todos ellos.

Yo permanecí en silencio a su lado.

Observándolo.

Preguntándome si algún día comprendería que no estaba haciendo un berrinche.

Porque una mujer puede soportar muchas cosas.

Puede soportar la indiferencia.

La soledad.

Incluso vivir al lado de un hombre que no la ama.

Pero llega un momento en el que algo dentro de ella simplemente deja de esperar.

Y yo comenzaba a sentir que ese momento estaba cada vez más cerca.

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