Capítulo 11
Días después de la partida de Santiago, me enteré de que, antes de irse, había comprado ciento cincuenta dulces para llevarse a la Capital. Estaba anonadada por el gesto tan bondadoso que había tenido con mi amiga. Santiago era el hombre más amable que había conocido y lo extrañaba mucho.
A veces me despertaba sintiendo un hueco en el estómago, como un vacío que me mantenía inquieta. Decidí, por mi bien, ocuparme en otras cosas, como ayudar a Margarita a hacer crecer el negocio. En realidad, lo hacía más por ella, ya que, si las cosas salían como pensaba, después de terminar la universidad regresaría al rancho para hacerlo crecer mucho más.
Mi mayor sueño era transformar el rancho en un lugar donde todos pudieran prosperar. Quería que las familias del pueblo tuvieran acceso a alimentos frescos y a un trabajo digno. Sabía que, para lograrlo, tenía que prepararme y aprender todo lo necesario.
Cabalgaba de regreso al rancho a toda velocidad desde la casa de Margarita. El cielo estaba negro y pronto se vendría una tormenta. Pensé que seguramente papá estaba en los establos metiendo a todos los animales.
—¡Vamos, Rayo! —grité, animando a mi amigo, quien aceleró el paso.
Entré a las caballerizas. Papá estaba junto a otros peones asegurando a los caballos, así que metí a Rayo en su lugar.
—Christa, ve a casa. Dicen que se acerca una tormenta muy fuerte…
—Papá, quiero ayudarte a meter a los animales.
—No, hija. Fred y Marcelo ya fueron a traer a las reses que estaban al pie de las montañas. Necesito que te vayas a casa con mamá.
—Está bien, papá. Terminen pronto porque las nubes se acercan cada vez más.
Le di un beso a papá y corrí hasta el interior de la casa. Miré el cielo. Gotitas de lluvia comenzaron a caer.
—Dicen que esta tormenta será la más fuerte que ha habido en los últimos diez años. Lo escuché en la radio —escuché decir a mi abuela—. Imelda, deja que los criados se vayan a refugiar a sus casas. Es lo mejor.
—Los necesito aquí para que nos ayuden a prepararnos para la tormenta.
—No seas testaruda, mujer…
En ese momento, papá entró a la casa.
—¿Qué pasa aquí?
Mamá estaba enfadada.
—Tu madre quiere que deje ir a los empleados. ¿Y si los necesitamos para que nos ayuden en algo? —la voz de mamá era severa.
—Todos los empleados del rancho pueden irse a sus casas. Que nadie se quede. Dicen que esta tormenta podría arrasar con los sembradíos.
—¡Está bien! ¡Como tú digas! —reprochó mamá.
—Marcelo fue por nuestro nieto y Greta. Pasarán la noche aquí con nosotros, estaremos todos juntos.
Mamá se marchó a la cocina.
Me acerqué a papá, preocupada.
—Papá, ¿qué pasará con los sembradíos si se pierden?
—Podría ser un año difícil, hija. Tuvimos suerte los años anteriores, pero tengamos fe en que esta tormenta solo será pasajera —me sonrió, acariciando mi mejilla—. Recuerda que la naturaleza es sabia y hace las cosas por algún propósito.
Asentí.
Las horas pasaron y la lluvia cada vez era más intensa. Nos manteníamos reunidos en la sala de la casona. Por recomendación del locutor de la radio, habían puesto un albergue para los habitantes del pueblo. Mi abuela sugirió que podíamos irnos para allá, pero mi madre se negó, alegando que no teníamos por qué involucrarnos con esa gente. Según ella, las personas como nosotros se quedaban en sus casas porque la estructura de las casas del rancho era fuerte.
La casa de mis padres estaba construida completamente de piedra y era muy difícil que se inundara. Había sido edificada pensando en ese tipo de situaciones. Lo que me preocupaba era la familia de Margarita. Esperaba que ellos sí se hubieran ido al albergue, pues su casita apenas podía resistir las lluvias y, por la altitud del terreno, podía inundarse.
Estábamos todos sentados en los sillones revestidos de cuero de la sala de estar. Greta, Marcelo y mamá estaban sentados en uno de los sillones; papá, mi abuela, Fred y yo, en otro. Mi sobrino jugueteaba con los adornos de la mesa de centro. Mi abuela había preparado las lámparas de gas en caso de que la electricidad fallara.
De pronto, un enorme estruendo nos dejó a oscuras. Fue ensordecedor y quedamos iluminados solo por la luz de las lámparas. Greta y mamá gritaron. Mi hermana se abrazó a Marcelo como pudo mientras Genaro comenzó a llorar.
Otro relámpago iluminó la oscuridad y, de pronto, escuchamos un golpe fuerte, seguido del sonido de las reses saliendo del establo.
Papá se puso de pie enseguida.
—¿Qué? ¿No aseguraron bien esas reses? —preguntó directamente a Marcelo.
—Sí lo hicimos, ¿verdad, Fred?
—Sí, papá. Cerramos la puerta con candado. Las reses deben de estar asustadas.
Marcelo se puso de pie.
—Deberíamos ir por las reses. Si perdemos las cosechas y también el ganado, será muy difícil recuperarnos.
Me puse de pie también. Ahora estaba realmente preocupada. La tormenta aún no cesaba y era muy peligroso salir al monte.
—Pero es muy peligroso. No vayan, papá.
—Tú cállate, Christa. Eso es asunto de mayores —espetó mamá.
—Marcelo tiene razón. Las reses no estarán muy lejos. Vamos cuanto antes por ellas.
—Yo voy contigo, papá.
—No, Christa. Tú debes quedarte aquí con tu mamá.
—Pero, papá, tengo miedo —chillé. Sentía un enorme temor en el pecho, un mal presentimiento.
Abracé a mi padre con fuerza.
—Fred, quédate aquí con ellas. Marcelo y yo traeremos a las reses de regreso.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. No sabía por qué. Papá se despidió de nosotras con un beso y se marcharon.
El tiempo que pasó se nos hizo eterno.
—Christa, me estás poniendo nerviosa. Ven a sentarte —me reprendió mamá, ya que desde que papá y Marcelo se fueron no dejaba de mirar por la ventana.
Pero, en ese momento, vi a lo lejos dos caballos que se acercaban.
—¡Ya volvieron!
Corrí hasta la puerta de forja sin importar empaparme, mientras mi madre gritaba mi nombre desde la sala. Fred corrió conmigo.
Pero ambos nos quedamos petrificados al ver que el cuerpo de papá yacía inmóvil sobre la montura de su caballo.
En ese momento sentí que todo mi mundo se venía abajo.
—Pa… papá… —exhalé apenas.
—¡Papá! —gritó Fred, bajándolo del caballo—. ¡Está muerto! —volvió a gritar.
Mamá corrió hasta papá y lo abrazó en medio de la lluvia, mientras la abuela y Greta se abrazaban desde la puerta. Nadie podía creer lo que estábamos viendo.
—¿Qué pasó? —golpeé el pecho de Marcelo.
Él me sujetó de las muñecas con fuerza. Me sentía enfurecida. No sabía por qué, pero si tan solo papá no hubiera salido, nada de esto habría pasado. ¿Cómo era posible que hubiera muerto?
—Cuando vimos a las reses, no estaban tan lejos. Ya veníamos de regreso, pero un trueno las asustó y comenzaron a correr. Embistieron al caballo, Abraham cayó y… —hizo una pausa en silencio—. Traté de hacer lo que pude, pero era tarde.
—No… No… No… —me llevé las manos al cabello—. Papá era un excelente jinete. No puede ser esto, no lo creo.
Miré a Marcelo. Ni siquiera tenía un atisbo de tristeza por la muerte de papá.
—¡Tú fuiste! ¡Tú siempre quisiste este rancho para ti! —comencé a vociferar.
Conocía a papá. Él jamás habría caído así de un caballo. Además, algo dentro de mí me decía que esa historia no tenía sentido.
Marcelo me tomó de los brazos con fuerza y me gritó:
—¿Estás diciendo que yo lo hice a propósito, niña tonta? ¿Que yo hice que lloviera y que las reses se salieran del establo? ¡Estás loca!
Miré a Fred. Él permanecía en silencio, llorando mientras consolaba a mi madre.
Había algo que no encajaba. ¿Cómo pudo suceder algo así? Aunque no tenía pruebas, una sospecha comenzó a crecer en mi interior, pero me la guardé para mí porque nadie me creería.
Sentía tanta rabia e impotencia.
Me dejé caer de rodillas junto al cuerpo de mi padre y lo abracé.
—¡Papá! ¡Papá! ¡No me dejes, por favor! —gritaba, desconsolada.
…
La noche fue larga. No dormí. Miraba el cuerpo de mi padre, inmóvil sobre la cama, y me negaba a pensar que ya no volvería a despertar.
Mis ojos ardían de tanto llorar.
«¡Papá! ¡Papá!»
—Vete a tu cuarto. El médico y el comandante están aquí. Lo llevarán para preparar su cuerpo para el funeral —dijo mamá al entrar en la habitación.
Me despedí de papá dándole un último beso en la frente. Su piel estaba fría.
Mamá me siguió hasta mi habitación y, una vez ahí, me dijo:
—En el funeral no se te vaya a ocurrir decir eso de que Marcelo tuvo algo que ver con la muerte de tu padre. Fue un accidente. Lo único que ha hecho es ayudarnos desde que se casó con tu hermana. Ahora él será quien saque adelante el rancho, nadie mejor que él para hacerlo.
Fruncí el ceño.
—Mamá, Fred es quien debería encargarse del rancho. A Marcelo ni siquiera le corresponde.
Mamá me miró con dureza y, con voz fría, me dijo:
—Eres una niña que no entiende nada. ¡Deja de hablar tonterías!
—Pero papá dijo…
—Tu padre no sabía lo que decía. ¿Qué, tú serías capaz de administrar todo esto? Por favor, Christa, mírate. Eres una mocosa que apenas va en el bachillerato. Las mujeres nacimos para dar hijos a hombres fuertes, y ¡ay de ti si algún día quieres vivir como hasta ahora! Consíguete un esposo con dinero, porque de mi parte ya no tendrás nada.
Miré cómo mi madre salió de la habitación.
¿En qué momento mi familia se había convertido en una jauría de aves de rapiña?
A mamá parecía preocuparle más conservar su estatus y el futuro del rancho que la muerte de papá.
Estuve llorando durante horas, desconsolada. Mi padre era el hombre que más amaba en la vida.
Papá era mi mayor apoyo. Siempre creyó en mí. Me enseñó a montar a caballo, a cuidar la tierra y a soñar en grande.
Nunca imaginé que lo perdería tan pronto.
Pero la vida es injusta. Te arrebata lo que más amas de manera inesperada.
