✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 23

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◷ Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
✦ Publicado el 11 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

—¿Divorcio…? ¿Quieres el divorcio?

Christian pronunció aquellas palabras con una calma que me hizo estremecer. Asentí lentamente, intentando mantenerme firme a pesar de que por dentro sentía que estaba a punto de derrumbarme. Había pensado tantas veces en aquel momento que, durante días, había imaginado diferentes reacciones de su parte, pero ninguna se parecía a la expresión que ahora veía en su rostro. Aun así, tenía razones lógicas para que aceptara. Al menos eso quería creer.

—Sí. Te prometo que el proceso será pacífico. Yo no reclamaré ningún bien, no quiero nada de ti, solo mi libertad. A cambio, tú podrás hacer tu vida con la mujer que siempre has amado.

Mis palabras salieron casi como una súplica. Necesitaba que entendiera que no estaba buscando dinero ni una parte de su fortuna. No quería quedarme con nada de lo que pertenecía a los Kuri. Solo quería marcharme de aquella casa y comenzar de nuevo, lejos de un matrimonio que había terminado mucho antes de que yo tuviera el valor de reconocerlo. Pensé que, si Christian sabía que no tendría que compartir conmigo su patrimonio, sería más sencillo convencerlo de aceptar el divorcio.

Pero su expresión cambió por completo.

La calma desapareció de sus ojos y en su lugar apareció una furia que me hizo contener el aliento.

—No pensé que usarías a una pobre viuda como excusa para pedirme el divorcio —dijo con evidente molestia—. Me decepcionas, Valentina. No pensé que fueras una mujer capaz de utilizar recursos tan bajos. Dime algo… ¿por qué quieres el divorcio? ¿Hay otro hombre?

Fruncí el ceño de inmediato y negué con la cabeza.

—¡Por supuesto que no!

Christian dejó escapar una sonrisa cargada de sarcasmo. Levantó una de sus manos, mostrándome el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo, mientras con la otra señaló hacia él.

—Nuestro contrato matrimonial es permanente. Eso quiere decir que, en mi diccionario, la palabra divorcio no existe. ¿Crees que con pedir el divorcio se acabarán nuestros problemas? —Su voz se volvió más dura—. Solo será el inicio de ellos. Piensa en cómo afectarás la imagen de mi familia, ¡la mía! Nuestras acciones se desplomarán, las empresas por las que lucharon tanto mi abuelo y mi padre podrían verse afectadas y a ti ni siquiera parece importarte todo el daño que provocarás.

Tragué saliva. Una vez más, estaba hablando de su familia, de sus empresas, de las acciones y de la imagen que tanto se había esforzado por proteger. Yo parecía ser lo último en su lista de preocupaciones.

—Yo no quiero nada de ti —repliqué, intentando que mi voz no temblara—. No quiero dinero, no quiero propiedades, no quiero nada. Solo quiero irme de esta casa.

Christian dio varios pasos hacia mí. Su cuerpo se acercó tanto que instintivamente tuve que retroceder uno. Él se detuvo frente a mí y bajó ligeramente el rostro para mirarme directamente a los ojos.

—¿Quién te metió esa idea en la cabeza, Valentina?

Negué.

—Nadie.

—Entonces, ¿por qué?

Respiré profundamente. Quizá ya no tenía sentido seguir guardándome todo aquello. Si quería terminar con nuestro matrimonio, necesitaba que entendiera que no se trataba de un capricho ni de una venganza.

—No sé por qué te aferras a estar atado a una mujer que no amas. ¡Eres el único que no lo ve! La manera en que miras a Briana…

Mi voz falló al pronunciar su nombre, pero respiré hondo y continué antes de perder el valor.

—Lo he visto, Christian. Pasas tanto tiempo con ella, te preocupas por ella, estás pendiente de si se enferma, de si necesita algo… siempre estás ahí. Ella sí puede ajustar tu corbata, pero yo no.

Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse, pero esta vez no aparté la mirada.

—Escúchame, Valentina —respondió él con firmeza—. Yo jamás te he sido infiel físicamente con otra mujer. Jamás he tocado a alguien que no seas tú desde que nos casamos y seguiré cumpliendo esa promesa hasta el día de mi muerte. Briana es la viuda de mi hermano. Le prometí a Marcelo que cuidaría de ella y de Santi, que sería una figura para ellos como a él le habría gustado. Tengo una responsabilidad con ellos y deberías entenderlo.

Hizo una breve pausa, como si necesitara controlar su propia frustración antes de continuar.

—Briana es una mujer íntegra, pura y jamás se me insinuaría de la manera que estás pensando. Ella me escucha… me entiende. Algo que tú no has hecho durante estos dos años de matrimonio.

Mis ojos se abrieron de par en par. Sentí que aquellas palabras me atravesaban.

—¿Que yo no te he escuchado?

Una risa amarga escapó de mis labios, aunque las lágrimas ya comenzaban a acumularse en mis ojos.

—¡Tú nunca me has dejado entrar a tu corazón! ¿Recuerdas las veces que después de nuestra boda preparaba platillos para ti? —pregunté, sintiendo cómo todos aquellos recuerdos que había intentado enterrar comenzaban a salir—. ¿Recuerdas qué me decías? Siempre había una excusa: que le faltaba sal, que sabía amargo, que no sabía bien, que estaba frío… Fueron tantas veces que terminé dejando de hacerlo.

Christian permaneció callado, pero yo ya no podía detenerme.

—Quise acomodar tu corbata antes de que salieras al trabajo, pero siempre decías que podías hacerlo solo. Intenté hablar contigo muchas veces, Christian, pero tú simplemente me ignorabas. ¿Y ahora dices que Briana te escucha y te entiende? ¿Cómo querías que yo lo hiciera si nunca me diste la oportunidad? —Mi voz comenzó a quebrarse—. Me trataste como si fuera un adorno más de esta casa. ¿Cómo quieres que sea como Briana si a ella no le pones todas las barreras que me pusiste a mí?

—¡Basta!

Su voz resonó en la habitación y me hizo guardar silencio durante unos segundos. Sentí las lágrimas resbalar por mis mejillas, pero esta vez no las limpié.

Había pasado demasiado tiempo intentando ser la esposa que él quería. Había esperado, cocinado, sonreído, guardado silencio y aceptado sus rechazos pensando que algún día las cosas cambiarían. Pero ya no podía seguir haciéndolo.

—Quiero el divorcio, Christian —dije con toda la firmeza que pude reunir—. Y lo solicitaré mañana mismo.

Christian ladeó ligeramente la cabeza y negó despacio, como si acabara de escuchar la decisión más absurda que alguien hubiera podido pronunciar frente a él. Su mirada se clavó en la mía y, por primera vez, tuve la sensación de que aquel hombre que durante tanto tiempo había parecido indiferente a mi existencia estaba realmente dispuesto a luchar por algo.

Solo que todavía no sabía si ese algo era nuestro matrimonio… o su orgullo.

—Si llegaras a solicitar el divorcio, ¿crees que voy a permitir que te vayas? —preguntó, y la seguridad con la que pronunció aquellas palabras me hizo comprender que no estaba hablando por hablar—. Haré que el proceso se alargue meses, incluso años, todo el tiempo que sea necesario. ¿Quién te ayudará? ¿Tus tíos? No lo creo.

Las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos mientras lo escuchaba. Odiaba admitirlo, pero Christian tenía razón. Él tenía los recursos, los abogados y las influencias necesarias para convertir aquel proceso en algo interminable. Mis tíos jamás se enfrentarían a él. A ellos les encantaba que Christian los tomara en cuenta de vez en cuando para algunos de sus negocios y ambos trabajaban para él. Si tenían que elegir entre defenderme a mí o conservar su relación con los Kuri, sabía perfectamente qué decisión tomarían.

—Así que elimina esa idea de tu cabeza y mejor dime qué es lo que quieres —continuó—. ¿Te falta dinero? ¿Joyas? ¿O viajes, tal vez? Pide lo que quieras, eres la señora Kuri.

Sentí que algo dentro de mí se rompía al escucharlo. ¿De verdad pensaba que todo podía solucionarse de aquella manera? ¿Que podía comprar mi felicidad con dinero, joyas o viajes? Yo no quería ninguna de esas cosas. Había pasado dos años rodeada de lujos y, aun así, nunca me había sentido tan sola como en aquella casa.

—No puedo creer que seas tan insensible —solté con reproche, mientras me limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.

Christian me sostuvo la mirada.

—Insensible no, Valentina. Inteligente, tal vez. Esto no se trata de sentimientos. Hay una responsabilidad que es mucho más grande que nuestro matrimonio. El esfuerzo de generaciones enteras está puesto en mis manos.

Su expresión cambió ligeramente al mencionar a su hermano.

—Hubiera sido todo más fácil si Marcelo estuviera aquí, pero no lo está. Y mientras yo tenga que ocupar su lugar, tengo que hacerme cargo de todo lo que nuestra familia construyó. Lo único que te pido es que seas la esposa que necesito. Solo sé la misma de antes. No está Valentina que me desafía con la mirada y con las palabras. Si hacemos eso, estaremos en paz y todo será como debe ser.

Lo miré fijamente, sintiendo que mis lágrimas continuaban cayendo. Él quería a la Valentina de antes. La que no preguntaba, la que no reclamaba, la que esperaba en silencio y aceptaba cada una de sus decisiones. No quería una esposa que tuviera deseos propios, mucho menos una que acabara de descubrir que podía decirle que no.

Christian miró su reloj y suspiró.

—Debo ir al partido de Santi. Le prometí que estaría ahí. Piénsalo. Mientras tanto, no dejaré que salgas sola. Te acompañará alguien a todas partes. No pienso perder a mi esposa por un berrinche.

Otra vez aquella palabra.

Berrinche.

Para Christian, todo lo que estaba ocurriendo no era más que eso. Un berrinche de su esposa porque había olvidado nuestro aniversario, una forma de llamar su atención, una crisis pasajera que desaparecería en cuanto yo volviera a comportarme como la mujer que él había conocido al principio de nuestro matrimonio.

Bajé la mirada mientras sentía un vacío profundo en el pecho. Él no entendía que aquello no había comenzado aquella noche. El aniversario solo había sido el último hilo que sostenía algo que llevaba demasiado tiempo roto.

Christian caminó hacia la puerta, tomó el pomo y antes de salir volvió a mirarme.

—No hagas ninguna tontería mientras estoy fuera.

No respondí.

La puerta se cerró detrás de él y me quedé completamente sola en aquella habitación. Miré hacia el lugar donde había estado parado y, comprendí que quizá había cometido un error al pensar que pedir el divorcio sería suficiente para recuperar mi libertad.

Christian no pensaba dejarme ir.

Y lo peor era que acababa de dejarme claro que, para él, mi libertad no era una decisión que me correspondiera tomar a mí.

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