Capítulo 26
Era la primera noche que dormía a solas después de dos años de matrimonio. La cama se sentía vacía, aunque, si era sincero conmigo mismo, muchas veces ya se había sentido así incluso cuando Valentina estaba a mi lado. La diferencia era que antes sabía que ella estaba allí. Podía escuchar su respiración, sentir el movimiento del colchón cuando se acomodaba y, aunque casi nunca habláramos antes de dormir, su presencia formaba parte de aquella habitación. Esta vez, en cambio, el silencio era diferente. Parecía más profundo y pesado, como si las paredes se hubieran alejado y la habitación se hubiera vuelto mucho más grande en medio de la oscuridad.
Intenté dormir, pero mi mente no dejaba de regresar a la discusión que habíamos tenido. Sus palabras, su insistencia con el divorcio, aquella seguridad con la que había dicho que quería irse de mi vida… todo volvía una y otra vez a mi cabeza. Me removí varias veces entre las sábanas, molesto conmigo mismo por permitir que aquella situación me quitara el sueño. No iba a ceder. No tenía ninguna razón para hacerlo. Después de todo, ella era quien había decidido llevar las cosas demasiado lejos.
Finalmente, el cansancio terminó venciendo mis pensamientos y pude conciliar el sueño.
…
A la mañana siguiente, antes siquiera de abrir los ojos, extendí el brazo por pura inercia hacia el otro lado de la cama. Mis dedos tocaron el colchón frío y vacío.
Fue entonces cuando recordé que Valentina ya no estaba allí.
Abrí los ojos y me quedé mirando el techo durante unos segundos. Una sensación extraña se instaló en mi pecho, pero decidí ignorarla. Me senté en la cama, miré el reloj y finalmente me levanté para entrar al baño.
Cuando salí, ya estaba listo para ir a la oficina.
Esta vez no pensaba permitir que Valentina se escondiera detrás de la puerta de la habitación de invitados. Tendría que enfrentarme a ella y exigirle una explicación. No entendía por qué estaba llevando aquel asunto tan lejos. Le había dejado claro que no iba a divorciarme y, en lugar de aceptar la realidad, había decidido instalarse en otra habitación como si aquello fuera a cambiar mi decisión.
Caminé por el pasillo y llegué frente a la puerta.
No toqué.
Abrí directamente.
Era mi casa y, por supuesto, podía entrar donde quisiera.
Pero la habitación estaba vacía, entonces fruncí el ceño pero luego escuché el sonido de la ducha proveniente del baño.
Cerré la puerta detrás de mí y me senté en el borde de la cama mientras esperaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que Valentina realmente se había instalado allí. Sus cosas estaban acomodadas sobre los muebles, había ropa en el armario y algunos objetos personales sobre la mesa. No era una amenaza momentánea ni un simple berrinche de unas horas.
Había convertido aquella habitación en su nuevo espacio.
Exhalé lentamente.
Aquello comenzaba a irritarme más de lo que quería admitir.
La puerta del baño se abrió unos minutos después y Valentina salió. Al verme, retrocedió un paso, sorprendida.
La observé fijamente.
Solo una toalla cubría su cuerpo y sus ojos permanecieron clavados en los míos durante unos segundos. Pude notar cómo sus mejillas comenzaban a sonrojarse mientras apretaba la toalla contra su pecho.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz nerviosa.
Me puse de pie despacio.
—Es mi casa. Puedo pasar por donde quiera —respondí con firmeza—. Ahora dime, ¿qué pretendes al mudarte a esta habitación?
Valentina miró alrededor, como si buscara desesperadamente algo que ponerse. Su incomodidad era evidente.
—Hablaremos después de que me cambie, ¿quieres?
Sonreí con sarcasmo.
Así que ahora sentía vergüenza de que yo la viera.
Bajé la mirada durante un instante hacia la toalla que sostenía con tanta fuerza y volví a mirarla a los ojos.
—No es como si no te hubiera visto antes. No seas exagerada. Eres mi esposa y no tiene nada de malo que te vea.
Su expresión cambió inmediatamente.
El nerviosismo desapareció de sus ojos y fue reemplazado por un enfado que no intentó ocultar.
—Dijiste que nunca me vas a dar el divorcio —respondió con firmeza—. Piensas retenerme en esta casa, entonces yo me quedaré aquí y tú en la otra habitación. Ya no dormiremos más en la misma cama, hasta que te des cuenta de que no tiene caso aferrarse a un matrimonio en el que no existe ni pizca de amor.
Agudicé la mirada.
Sentí cómo la irritación volvía a apoderarse de mí.
Otra vez con lo mismo.
Otra vez intentando imponerme sus condiciones.
Por un instante tuve unas ganas enormes de gritarle, de exigirle que regresara a nuestra habitación y terminara de una vez con aquella actitud. Quería decirle que era mi esposa, que tenía responsabilidades y que no podía simplemente hacer lo que se le antojara cada vez que algo no salía como quería.
Pero me contuve.
Si eso era lo que pretendía conseguir, no iba a darle el gusto.
Valentina quería mi atención.
Lo sabía.
Quería que yo fuera detrás de ella, que le suplicara, que me disculpara y que terminara aceptando sus condiciones. Pues no lo haría.
Me crucé de brazos y la miré fijamente.
—¿Eso es todo? —pregunté con frialdad—. ¿Vas a castigarme durmiendo en otra habitación?
Sus labios temblaron ligeramente.
—No estoy intentando castigarte.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
Valentina guardó silencio.
Por primera vez, su expresión no parecía la de una mujer enfadada. Había algo más detrás de sus ojos. Algo que no lograba comprender.
Ella bajó la mirada y respiró profundamente antes de volver a verme.
—Estoy intentando que entiendas que no quiero seguir viviendo así.
Sus palabras me molestaron.
—¿Viviendo cómo?
—Como tu esposa solamente de nombre.
Fruncí el ceño.
—Tienes todo lo que necesitas.
Valentina soltó una pequeña risa, pero no había alegría en ella.
—Ese es el problema, Christian. Tú crees que porque tengo una casa enorme, ropa, joyas, sirvientes y todo lo que el dinero puede comprar, entonces tengo una vida perfecta.
No respondí.
—Pero yo no necesito nada de eso —continuó—. Yo necesitaba un esposo.
Sentí una presión extraña en el pecho, pero rápidamente la rechacé.
—Lo tienes.
Ella negó con la cabeza.
—No, Christian. No te tengo.
Aquellas palabras me hicieron apretar la mandíbula.
—¿Qué quieres que haga?
Valentina levantó la mirada hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero esta vez no apartó la mirada.
—Quiero que me dejes ir.
—Ya te dije que eso no va a pasar.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
No supe responder de inmediato.
Ella dio un pequeño paso hacia atrás, como si incluso estando frente a mí necesitara poner distancia entre los dos.
—Tú no me amas, Christian…
Me quedé completamente quieto.
Aquella frase no había sido pronunciada con rabia.
No había reproche en su voz.
Solo había una tristeza tan profunda que, por alguna razón, consiguió incomodarme mucho más que cualquiera de sus gritos.
Valentina apretó los labios para contener el llanto.
—Y yo ya no quiero seguir intentando que algún día lo hagas.
No encontré una respuesta inmediata a sus palabras y eso me enfureció aún más.
