✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 31

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◷ Tiempo estimado de lectura: 8 minutos
✦ Publicado el 19 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

El doctor Mendiola terminó de revisar los últimos resultados antes de quitarse los lentes y dejarlos sobre el escritorio. Durante unos segundos permaneció en silencio, con la mirada fija en los documentos que tenía frente a él, mientras yo esperaba sentada al otro lado del escritorio, intentando descifrar en su expresión lo que estaba a punto de decirme.

Desde que había entrado al consultorio llevaba esa sensación incómoda en el pecho. Sabía que algo había cambiado. Ya no podía fingir que todo aquello era simplemente un malestar pasajero, una infección o uno de esos episodios de cansancio que había aprendido a ignorar durante los últimos meses.

Había una enfermedad dentro de mí.

Y ahora tenía que aprender a vivir con ella.

—Bien, Valentina —dijo finalmente—. Ya tenemos los resultados que necesitábamos para comenzar el tratamiento.

Mis dedos se entrelazaron sobre mi regazo.

—¿Es tan urgente?

El doctor me observó durante unos segundos antes de asentir.

—No quiero asustarte, pero tampoco quiero minimizarlo. Tus riñones están afectados por la actividad del lupus y necesitamos controlar la inflamación antes de que el daño avance más. El tratamiento no puede esperar demasiado.

Bajé la mirada.

Aunque ya había escuchado esas palabras de Tadeo, escucharlas nuevamente no las hacía más fáciles.

El doctor Mendiola tomó una hoja y comenzó a explicarme las indicaciones. Me habló de los medicamentos que tendría que comenzar a tomar, de las dosis, de los horarios y de la importancia de no suspenderlos por mi cuenta aunque llegara a sentirme mejor.

También me explicó que necesitaría controles frecuentes para comprobar cómo respondían mis riñones y cómo reaccionaba mi cuerpo al tratamiento.

Yo asentía mientras intentaba memorizar cada una de sus palabras.

—¿Y cuánto tiempo tendré que tomar los medicamentos?

—Eso dependerá de cómo respondas. Al principio necesitamos controlar la enfermedad y después iremos ajustando el tratamiento. No quiero que pienses que todo terminará en unas semanas.

No respondí.

Había algo en aquella frase que me hacía sentir que acababa de abrir una puerta que ya no podría cerrar.

Mendiola continuó explicándome los posibles efectos secundarios y las señales a las que tendría que prestar atención. También me pidió que no tomara ningún medicamento por mi cuenta y que, antes de utilizar vitaminas, suplementos o incluso algún remedio que alguien me recomendara, debía consultarlo.

—Tus riñones necesitan que seamos muy cuidadosos —dijo.

Asentí nuevamente.

—¿Y qué más tengo que hacer?

El médico tomó otra hoja.

—Hay otra parte muy importante del tratamiento.

Me la extendió.

—La alimentación.

Levanté la mirada.

—¿La alimentación?

—Sí. Necesitamos cuidar mucho lo que comes. Tendrás que reducir bastante el sodio y evitar alimentos muy procesados, embutidos, sopas instantáneas, productos enlatados con mucho sodio y todo aquello que pueda hacer que retengas más líquidos. También tendremos que cuidar la cantidad de proteína que consumes y, dependiendo de tus próximos análisis, podremos necesitar ajustes con el potasio, el fósforo o los líquidos.

Mis ojos recorrieron la hoja.

—Entonces tendré que hacer una dieta.

—Más que una dieta, tendrás que cambiar algunos hábitos. Y quiero que entiendas algo importante: no significa que tengas que dejar de comer ni vivir con miedo a cada alimento.

Solté un pequeño suspiro.

—Eso suena difícil.

—Lo será al principio. Pero hay algo que juega a tu favor.

Lo miré.

—¿Qué?

—Eres chef, lo ví en tu expediente.

No pude evitar sonreír ligeramente.

—Hace mucho que no cocino.

—Precisamente por eso puedes aprovecharlo. Vas a tener que aprender a preparar tus alimentos de una manera diferente, pero tienes los conocimientos para hacerlo.

Sus palabras hicieron que mi sonrisa desapareciera poco a poco.

Cocinar.

No había pensado realmente en aquello desde que había dejado de hacerlo.

Durante un instante pude imaginarme nuevamente frente a una estufa, con el cabello recogido y las manos ocupadas preparando ingredientes. Recordé las clases de gastronomía, las tardes enteras aprendiendo técnicas, los primeros platos que conseguía preparar correctamente y aquella emoción que sentía cada vez que alguien probaba algo que había hecho con mis propias manos.

Cocinar siempre había sido una parte de mí.

Hasta que me casé con Christian.

Recordé la primera cena que preparé para él después de nuestra boda. Había pasado horas en la cocina porque quería impresionarlo. Había preparado todo con cuidado, procurando que cada detalle fuera perfecto.

Él apenas había probado un bocado.

—Está demasiado salado.

Aquella frase había sido suficiente para que pasara el resto de la noche preguntándome en qué había fallado.

La siguiente vez había tenido más cuidado.

Entonces había sido demasiado frío.

Otra ocasión, demasiado condimentado.

Y otra, simplemente había escuchado:

—No tienes que hacer todo eso. Hay gente que puede cocinar por ti.

Al principio pensé que solo eran comentarios.

Después comencé a cocinar menos.

Dejé de experimentar con recetas nuevas.

Dejé de preparar postres.

Dejé de pasar horas en la cocina.

Hasta que un día me di cuenta de que ya no entraba allí si no era necesario.

Había dejado de cocinar porque cada plato que preparaba terminaba convirtiéndose en una prueba que sentía que nunca conseguía aprobar.

Tragué saliva.

—Entonces voy a tener que volver a cocinar.

—Sí —respondió Mendiola—. Pero esta vez no cocines para alguien más.

Lo miré.

—Cocina para ti.

Sus palabras me hicieron sentir algo extraño.

Porque nunca había pensado en la cocina de esa manera.

Siempre había cocinado para alguien.

Para mis abuelos.

Para mi familia.

Para Christian.

Siempre había pensado en los gustos de los demás antes que en los míos.

Quizá ya era momento de hacer algo por mí.

—Lo intentaré —murmuré.

—No quiero que lo intentes. Quiero que lo hagas.

Sonreí débilmente.

—Está bien.

El doctor siguió explicándome algunos cuidados. Me pidió que descansara lo suficiente, que vigilara cualquier cambio importante en la hinchazón, que prestara atención a la cantidad de orina y que acudiera al hospital si aparecían síntomas que pudieran indicar una complicación.

También me recordó que no debía faltar a las próximas consultas.

Yo escuchaba atentamente, haciendo preguntas cada vez que algo no me quedaba claro.

Cuando Mendiola terminó de explicarme todo, acomodó los documentos dentro de una carpeta y me la entregó.

—Aquí tienes la receta y las indicaciones. Quiero que comiences cuanto antes.

Tomé la carpeta.

—Lo haré.

—Y te espero en la próxima consulta. Vamos a revisar cómo estás respondiendo al tratamiento y repetiremos los estudios necesarios.

Asentí.

—De acuerdo.

Estaba a punto de levantarme cuando el teléfono del doctor comenzó a sonar.

Mendiola miró la pantalla.

Su expresión cambió.

Fue apenas un segundo, pero lo noté.

Contestó.

—¿Sí?

Se levantó y caminó hacia un lado del consultorio.

Yo permanecí sentada, esperando.

—Sí… entiendo.

Hizo una pausa.

—Claro.

Otra pausa.

—No, está bien.

Su tono había cambiado. Ya no sonaba como el médico tranquilo que acababa de explicarme mi tratamiento. Había cierta tensión en su voz y, aunque intentaba ocultarla, podía verla también en la forma en que había comenzado a caminar de un lado a otro.

Silencio.

—No hay ningún problema.

Su mirada se dirigió hacia mí.

Por alguna razón, sentí un pequeño escalofrío.

Mendiola sostuvo mi mirada durante unos segundos antes de apartarla.

—Sí. Haré lo que sea necesario.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

¿De qué estaban hablando?

No tenía idea.

Finalmente terminó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo de su bata.

—¿Todo está bien? —pregunté.

—Sí.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Lo observé con atención..

No parecía estarlo.

Sin embargo, no insistí.

Había aprendido que algunas personas tenían sus propios silencios y que no todo tenía que ser explicado.

El doctor Mendiola volvió a sentarse frente a mí.

—Solo recuerda lo que hablamos. Medicamentos, alimentación, descanso y controles. No quiero que faltes a ninguna cita, Valentina.

—No lo haré.

—Y si notas que algo empeora antes de la próxima consulta, vienes inmediatamente.

—De acuerdo.

Me levanté con la carpeta entre las manos.

—Gracias, doctor.

Cuando estaba por abrir la puerta, escuché su voz.

—Valentina.

Me giré.

El doctor Mendiola me observó con una seriedad que no había tenido durante el resto de la consulta.

—Cuídate.

Aquellas dos palabras me hicieron sentir un nudo en la garganta.

—Lo haré.

Salí del consultorio y cerré la puerta detrás de mí.

Caminé por el pasillo del hospital con la carpeta apretada contra mi pecho.

Tratamiento.

Medicamentos.

Análisis.

Alimentación.

Controles.

Era extraño pensar que mi vida podía resumirse ahora en aquellas palabras.

Sin embargo, mientras caminaba, una idea comenzó a tomar forma en mi cabeza.

Tendría que volver a la cocina.

Tal vez tendría que aprender nuevamente a disfrutarla.

Tal vez tendría que tomar todas aquellas recetas que alguna vez preparé para Christian y convertirlas en algo completamente diferente.

Algo mío.

Recordé a mi abuela diciéndome que una buena comida podía arreglar un día difícil.

Sonreí apenas.

Quizá ahora tendría que descubrir si también podía ayudarme a salvar el mío.

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