✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 47

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◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 14 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

Cuando Tadeo salió de la habitación, me quedé mirando la puerta durante unos segundos. Todavía podía escuchar sus pasos alejándose por el pasillo hasta que finalmente el silencio volvió a apoderarse de la habitación. Bajé la mirada hacia mis manos y después me acomodé un poco mejor sobre la cama. El suero seguía entrando lentamente por la vía de mi brazo y, aunque mi cuerpo todavía se sentía débil, había algo dentro de mí que me hacía sentir más tranquila que cuando había llegado al hospital. Cerré los ojos unos segundos y después levanté la mirada hacia el techo.

—Gracias…

Lo dije en voz baja, sin saber exactamente a quién le estaba dando las gracias. Quizá a Dios por haberme permitido llegar hasta el consultorio de Tadeo antes de desmayarme. Quizá a la vida por haber puesto a una persona así en mi camino justo cuando sentía que ya no podía más. Tadeo había aparecido en un momento en el que necesitaba desesperadamente que alguien me escuchara y, aunque sabía que aquello podía traerme problemas, no podía negar que me sentía un poco más ligera después de haber hablado con él.

Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación así con alguien. Una conversación en la que no tuviera que pensar cada palabra antes de pronunciarla, en la que pudiera hablar de lo que sentía sin preocuparme por las consecuencias. Tadeo no había intentado defender a Christian ni me había dicho que debía tener paciencia con él. Tampoco había intentado convencerme de que debía soportar ciertas cosas por el bien de la familia. Simplemente me había escuchado. Había permanecido frente a mí mientras yo hablaba y, cuando las lágrimas aparecieron, no me hizo sentir avergonzada por ellas.

Creo que eso era lo que más necesitaba.

Recordé a mi abuela.

Ella había sido la última persona con la que podía hablar de absolutamente todo. Podía contarle mis preocupaciones, mis sueños, mis miedos e incluso las cosas más insignificantes que me habían ocurrido durante el día. Nunca tenía que preocuparme por lo que pensaría de mí porque sabía que, antes de juzgarme, intentaría entenderme. Después de su muerte sentí que había perdido mi último refugio y, aunque había intentado convencerme de que podía seguir adelante, la verdad era que desde entonces había aprendido a guardar demasiadas cosas dentro de mí.

Mis padres ya no estaban. Mi abuelo tampoco. Mis amigos habían ido desapareciendo poco a poco después de mi matrimonio y, aunque al principio pensé que aquello era simplemente parte de comenzar una nueva vida, con el tiempo comprendí que había terminado alejándome de casi todas las personas que alguna vez habían formado parte de la mía. Lucrecia siempre encontraba una razón para decirme que ciertas amistades no eran apropiadas para una señora Kuri y, poco a poco, terminé aceptándolo. Dejé de salir, dejé de llamar, dejé de contarles cosas. Hasta que un día me di cuenta de que ya no tenía a quién acudir.

Y Christian nunca había ocupado ese lugar.

No porque fuera una mala persona, sino porque nunca había sabido estar conmigo. Siempre había algo más importante que yo. Una reunión, un problema de la empresa, una responsabilidad familiar, Santi, Briana… siempre había algo que necesitaba su atención antes que su esposa. Durante mucho tiempo intenté convencerme de que aquello cambiaría. Pensaba que si tenía paciencia, si aprendía a comprenderlo, si me esforzaba lo suficiente por ser una buena esposa, algún día Christian terminaría mirándome como yo siempre había deseado.

Pero ese día nunca llegó.

Una lágrima recorrió lentamente mi mejilla y la limpié con el dorso de la mano. No quería pensar en él. Al menos no en ese momento. Quería permitirme pensar en mí, en lo que necesitaba y en lo cansada que estaba de fingir que podía soportarlo todo.

Sin embargo, una pequeña culpa comenzó a aparecer dentro de mí cuando recordé a Tadeo.

Él era amigo de Christian.

Eso era algo que no podía olvidar.

Le había contado cosas que probablemente nunca habría imaginado compartir con alguien cercano a mi esposo. Le había hablado de nuestras discusiones, de Briana, del divorcio y de lo atrapada que me sentía dentro de aquella familia. Tadeo podía meterse en problemas por guardar mi secreto y, aun así, había decidido ayudarme. ¿Estaba haciendo algo incorrecto al confiar en él?

Negué lentamente con la cabeza.

No había nada malo en hablar con alguien.

Tadeo era mi médico. Era amigo de Christian y simplemente había sido amable conmigo. No había ocurrido nada más. Sin embargo, no podía evitar sentir cierta incomodidad porque sabía que, si Christian llegaba a enterarse de aquella conversación, probablemente no lo tomaría de la misma manera.

Cerré los ojos y respiré lentamente.

No quería pensar en eso.

Tampoco quería pensar en lo que Christian pudiera hacer.

Por unos minutos quería conservar aquella pequeña sensación de tranquilidad que había conseguido después de hablar con Tadeo. Por primera vez desde que murió mi abuela había sentido que podía contarle a alguien lo que llevaba dentro sin tener que fingir que todo estaba bien. Y, aunque me daba miedo acostumbrarme a aquella sensación, una parte de mí no quería dejarla ir.

“No estás sola.”

Las palabras de Tadeo volvieron a mi mente.

Me quedé mirando el techo mientras pensaba en ellas.

Quizá necesitaba creerlo.

Quizá después de tantos años podía permitirme aceptar que no tenía que cargar con todo yo sola. No significaba que quisiera depender de alguien, ni mucho menos que quisiera reemplazar a mi familia con otra persona. Simplemente significaba que tal vez podía tener a alguien con quien hablar cuando las cosas se volvieran demasiado difíciles.

Y eso era algo que no había tenido desde que perdí a mi abuela.

No supe cuánto tiempo permanecí pensando en todo aquello. El sonido de la puerta abriéndose me hizo volver la mirada y encontré al doctor Mendiola entrando en la habitación con varios documentos en la mano. Su expresión era seria, mucho más de lo que había esperado después de verlo salir anteriormente.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Doctor…

El doctor Mendiola cerró la puerta detrás de él y caminó hasta mi cama.

—Valentina, ya tengo los resultados de tus análisis.

Lo miré fijamente.

Toda la tranquilidad que había conseguido reunir durante los últimos minutos comenzó a desaparecer.

—¿Qué encontraron?

El doctor Mendiola tomó una silla y se sentó frente a mí. Dejó los documentos sobre sus piernas y me observó durante unos segundos antes de responder.

Su silencio fue suficiente para que el miedo comenzara a crecer dentro de mí.

—¿Estoy peor?

El doctor bajó ligeramente la mirada hacia los estudios.

Tragué saliva.

No quería escuchar aquella respuesta.

Había comenzado el tratamiento con la esperanza de que las cosas mejoraran. Había cambiado mi alimentación, estaba tomando los medicamentos y había intentado hacer todo lo que me había pedido. Quería creer que todavía tenía tiempo, que podía controlar aquella enfermedad antes de que se convirtiera en algo más grave.

Pero al ver la expresión del doctor Mendiola comprendí que quizá no todo estaba saliendo como esperaba.

—Necesito hablar contigo sobre los resultados —dijo finalmente.

Sentí un nudo en la garganta. Entonces deseé que Tadeo aún estuviera en la habitación.

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