Capítulo 58
Pedro no me dio tiempo de protestar. Me alzó en brazos con una facilidad que me arrancó una sonrisa y comenzó a subir las escaleras que conducían a la segunda planta. Rodeé su cuello con los brazos, disfrutando de la seguridad con la que me sostenía, mientras él avanzaba con pasos firmes, como si hubiera tomado una decisión que no pensaba aplazar ni un segundo más.
—¿Adónde me llevas? —pregunté, aunque conocía perfectamente la respuesta.
—A un lugar donde puedas olvidarte de tu querido cuñado, de tu insoportable cuñada y de todos los idiotas que se empeñan en complicarte la vida.
—Qué considerado.
Su sonrisa provocadora me hizo reír. Sin embargo, cuando entramos en la habitación y cerró la puerta con el pie, mi risa se desvaneció bajo la intensidad de su mirada. Pedro me dejó de pie frente a él. Apenas tuve tiempo de acomodarme el vestido cuando sus manos se posaron en mi cintura y sus labios buscaron los míos.
Le devolví el beso mientras lo sujetaba por la camisa. Llevaba demasiado tiempo conteniendo mi rabia, fingiendo serenidad ante una familia que solo parecía recordar mi existencia cuando necesitaba algo de mí. En la mansión Kuri debía medir cada palabra, controlar cada gesto y representar el papel de la viuda que todavía lloraba a su marido. Con Pedro no necesitaba fingir dulzura ni esconder esa parte de mí que deseaba arrasar con todo lo que se interpusiera en mi camino.
Cuando sus manos se deslizaron hacia la espalda de mi vestido, lo sujeté por las muñecas.
—Con cuidado. Es de diseñador y cuesta más de lo que ganarías en toda tu vida.
Pedro soltó una carcajada y se inclinó hasta rozarme el oído con los labios.
—Sigues siendo la misma de siempre. Primero me besas como si fueras a devorarme y luego te preocupas más por el vestido que por mí.
Entrecerré los ojos, divertida por su descaro.
—¡Ah, caray! Y yo que pensaba que teníamos algo especial.
Lo besé antes de que pudiera seguir provocándome. Tiré de su camisa para acercarlo y, esta vez, fui yo quien marcó el ritmo, quien buscó su boca hasta conseguir que se olvidara de sus bromas. Pedro respondió rodeándome la cintura y atrayéndome hacia él. Por unos instantes, solo existieron el calor de su cuerpo, nuestras respiraciones entrecortadas y la urgencia con la que intentábamos desprendernos de todo lo que nos separaba.
—Tú siempre has sido mi fiel compañero —susurré contra sus labios.
Pedro se apartó lo suficiente para mirarme. Su sonrisa perdió parte de su picardía y se volvió más seria.
—Y tú sabes que no me conformo con ser el tipo al que visitas solo de vez en cuando.
Sus palabras me hicieron detenerme.
—¿Eso es lo que crees que eres para mí?
—No te hagas. Eres demasiado lista para no saber lo que quiero. Después de tantos años, ya no me basta con robarte unas horas de vez en cuando. Quiero ser el hombre de tu vida, Briana, y cada vez estamos más cerca.
Le acaricié la mandíbula mientras contemplaba aquel rostro que conocía tan bien. Pedro nunca había sido un hombre dispuesto a conformarse con las migajas de nadie. Yo tampoco. Quizá por eso nuestra relación había sobrevivido a tantos obstáculos: ninguno esperaba encontrar en el otro una conciencia limpia. Queríamos algo más que compañía, más que noches robadas y promesas pronunciadas en voz baja.
—No eres un pasatiempo —le aseguré—. Si lo fueras, no estaría aquí.
—Entonces demuéstramelo.
No necesité que lo repitiera. Volví a besarlo, esta vez con una intensidad que borró cualquier rastro de ironía. Pedro me sostuvo contra él y yo me aferré a sus hombros, dejando que la rabia acumulada se transformara en una necesidad apremiante de sentir algo distinto a la impotencia.
Durante años había compartido un apellido con Marcelo. Había sonreído a su lado en reuniones familiares y cumplido con las expectativas que todos tenían de mí. Pero, en la intimidad de aquel matrimonio, nunca había encontrado lo que Pedro despertaba en mí con una sola mirada: la sensación de que alguien deseaba a la mujer que realmente era, no a la esposa que debía representar.
Me separé apenas unos centímetros, con el pulso acelerado.
—Marcelo jamás me hizo sentir así —confesé—. Nunca me miró como tú. Nunca me hizo sentir que podía perder el control sin tener que pedir perdón por ello.
Pedro me observó en silencio. Por una vez, no se burló ni intentó convertir mis palabras en una provocación.
—No tienes que compararme con él, ni recordarlo en este momento —dijo al cabo de unos segundos—. Yo no soy Marcelo.
—Lo sé.
—Y tampoco soy Christian.
Aquellas palabras me atravesaron con una claridad incómoda. Pedro no quería ser el hombre que permanecía a mi lado por obligación ni convertirse en otra pieza de la familia Kuri. Quería algo propio, algo que no dependiera de las decisiones de Christian ni de los caprichos de nadie.
Quizá por eso lo deseaba tanto.
Lo besé de nuevo y deslicé las manos por sus hombros mientras él me atraía hacia sí. Entre caricias y besos, la ropa elegante que había elegido para salir perdió importancia hasta convertirse en un obstáculo que ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de conservar.
Pedro volvió a buscar mi boca y le respondí con desesperación. No había ternura inocente en aquel encuentro. Había deseo, sí, pero también un desafío silencioso, como si ambos necesitáramos comprobar que todavía teníamos el control de algo en nuestras vidas.
Lo empujé suavemente hacia la cama. Él se dejó caer sobre ella y me miró con una sonrisa ladeada.
Volví a besarlo. Afuera, el taller permanecía quieto, ajeno a lo que sucedía en aquella habitación. La intensidad de nuestros besos creció hasta que las palabras dejaron de ser necesarias. Me aferré a él y permití que aquella pasión turbulenta consumiera, al menos durante unas horas, la frustración que me había acompañado desde la mansión.
Por un rato, no tuve que fingir que era la viuda perfecta, ni soportar las miradas de Lucrecia, ni sonreírle a Valentina mientras calculaba cómo apartarla de mi camino. Allí solo era Briana. Una mujer que deseaba, que elegía y que, por unas horas, podía olvidarse de las cadenas invisibles que la ataban a los Kuri.
Cuando la habitación quedó en silencio, permanecí junto a Pedro, con la cabeza apoyada sobre su pecho. Él me acariciaba el cabello, pero su expresión había cambiado. Ya no parecía el hombre que acababa de besarme con tanta urgencia. Tenía la mirada fija en algún punto de la habitación, como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí.
—¿En qué piensas? —pregunté.
Soltó el aire por la nariz antes de contestar.
—En que debimos haber huido cuando tus padres te entregaron a los Kuri. Me habría ahorrado muchos dolores de cabeza y no estaría aquí cuidando al… ya sabes quién.
Levanté la cabeza de inmediato.
—¿Te ha dado algún problema?
Pedro dejó de acariciarme el cabello.
—Lo de siempre. No habla de otra cosa que de salir de ahí. Y, por si fuera poco, tengo que mantenerlo encadenado. Uno de estos días se le puede ocurrir hacer una locura. No pienso dejar que todo se nos venga abajo por un descuido.
Se me tensó el estómago. Aunque intentaba no pensar demasiado en aquella situación, sabía que no podíamos permitirnos cometer errores. Habíamos llegado demasiado lejos para echarlo todo a perder por un momento de debilidad.
—Tal vez debería pasar a verlo antes de regresar a la ciudad.
—Si vas, no te entretengas. No tiene nada bueno que decir.
Me incorporé un poco y lo miré a los ojos.
—¿Hasta cuándo lo mantendremos con vida?
Pedro guardó silencio durante un instante. Después, su expresión se endureció.
—Eso depende de ti, Briana. ¿Cuánto tiempo más necesitas para conseguir lo que quieres?
—Hasta que logre casarme con Christian. Necesitamos mantener un as bajo la manga por si las cosas no salen como esperamos.
Pedro me estudió unos segundos y luego dejó escapar una risa breve, sin alegría.
—Pues más te vale apurarte. No pienso pasarme la vida cuidando un secreto que puede estallarnos en la cara.
—No será para siempre —le aseguré—. Cuando Christian sea mío, todo habrá valido la pena.
—Eso espero. Porque, cuando consigamos lo que buscamos, quiero que se acaben las visitas a escondidas, las mentiras y las carreras por carretera cada vez que se te ocurra venir a verme.
Le acaricié la mejilla. Detrás de su tono burlón se escondía una impaciencia que conocía bien. Pedro quería dejar de ser el hombre que esperaba en segundo plano. Y yo necesitaba que siguiera de mi lado hasta conseguir lo que me había propuesto.
—Ten un poco más de paciencia —murmuré antes de besarlo—. Ya casi estamos ahí.
Él me devolvió el beso, aunque no intentó ocultar su escepticismo.
Después apoyé la cabeza sobre su pecho y cerré los ojos. Mi rabia se había calmado, al menos por el momento. La pasión podía concedernos unas horas de olvido, pero no borraba las decisiones que habíamos tomado ni las consecuencias que nos esperaban.
Al amanecer volveríamos a ser los mismos: dos personas que conocían demasiado bien el precio de sus secretos y que estaban dispuestas a pagarlo.
