Capítulo 11
—La verdad, no sé si esta casa esté amueblada, es la primera vez que vengo —dijo Esteban cuando nos detuvimos frente a la enorme casona a las afueras de la ciudad.
La noche era profunda, el silencio envolvía todo a nuestro alrededor y la desolación hacía que el aire se sintiera más frío. Instintivamente, reafirmé el agarre de su mano, buscando su calidez.
—Mi padre la usa para reuniones importantes de negocios. Hace unos días me dio la llave porque en una semana comenzaré a trabajar con él en la empresa —añadió, sacando un manojo de llaves.
Metió la llave en la cerradura con cierta dificultad, tanteando a ciegas hasta que, finalmente, la puerta cedió con un leve chirrido.
Entramos de la mano, y al cruzar el umbral, me quedé sin aliento.
—¡Esta casa es enorme! —exclamé con asombro cuando Esteban encendió el interruptor de la luz.
Frente a nosotros se reveló una estancia majestuosa, amueblada con un lujo que jamás había visto de cerca. Los muebles, de madera fina, estaban adornados con detalles dorados, y el tapizado en tonos rojo profundo le daba un aire sofisticado y elegante. El techo alto lucía una imponente lámpara de araña que esparcía una luz cálida y tenue.
Pero lo que más me cautivó fue la escalera doble en forma de cascada que descendía desde el segundo piso, una en cada extremo de la sala. Su estructura de mármol beige, con barandales tallados en dorado, le daba un aire de realeza, como sacado de un cuento de hadas.
—Ven —susurró Esteban, jalándome con suavidad hacia las escaleras.
Subimos sin prisa, el eco de nuestros pasos resonando en el ambiente vacío.
Al llegar al pasillo, abrió una puerta al azar. La tenue luz de los faroles de la calle se colaba por las cortinas, iluminando con delicadeza el interior de la habitación.
—¿Crees que esta esté bien? —preguntó con voz ronca.
Asentí en silencio, casi hipnotizada. Sabía exactamente a qué se refería.
Esta vez, no encendió el interruptor de la luz. En su lugar, accionó una pequeña lámpara de descanso al lado de la cama, cuya luz suave iluminó gran parte de la habitación sin hacerla perder su atmósfera íntima.
Di un par de pasos hacia el centro, recorriendo el lugar con la mirada. Todo en esa habitación desprendía un aura de elegancia clásica: una enorme cama con un edredón rojo cobrizo bordado en hilo dorado, cortinas de dosel que descendían desde el techo en un velo etéreo, y muebles de estilo antiguo, pero impecables, como si hubieran sido traídos de una época distinta.
Me envolvía un extraño sentimiento…
Un roce cálido en mi hombro desnudo me sacó de mis pensamientos.
Me quedé inmóvil al sentir el suave rastro de besos que Esteban comenzaba a trazar por mi espalda semi descubierta. Su aliento cálido contrastaba con el aire fresco de la noche, enviando un escalofrío por mi piel.
Con delicadeza, bajó la única manga de mi vestido hasta dejar mi hombro completamente al descubierto hasta la altura de mi pecho. Sus labios volvieron a reclamar la piel recién desprotegida, esta vez intercalando suaves mordiscos que me hicieron estremecer.
—Emilia… —exhala mi nombre en un susurro cerca de mi oído.
Todo mi cuerpo se tensa ante el roce de su aliento en mi piel. Siento el deseo encenderse en mí, pero junto con él, la duda comienza a enredarse en mi mente.
Cierro los ojos con fuerza, tratando de disipar la imagen que se cuela sin permiso: Álvaro. Su sonrisa, su voz, la forma en que alguna vez me hizo sentir. Pero luego está Esteban… el hombre que ha esperado, que ha insistido en demostrarme su amor, que está aquí, justo ahora, en este instante que podría cambiarlo todo.
Trago saliva, indecisa.
Ladeo la cabeza, sujetando mi cabello con una mano y ofreciéndole mi cuello. Es mi manera de decidir, de acallar los pensamientos, de rendirme a la posibilidad de que el amor verdadero no está en mi mente, sino en mi piel, en mi deseo.
Esteban entiende la señal sin que yo tenga que decir nada. En segundos, sus labios encuentran mi piel y, con cada beso, cada roce ardiente, mis dudas comienzan a desvanecerse. Su mano desciende lentamente por mi espalda, deslizando el cierre de mi vestido hasta dejarlo caer casi por completo.
Giro lentamente hasta quedar frente a él.
Su mirada es intensa, como si me viera por primera vez de verdad. Sus pupilas dilatadas reflejan el deseo crudo, puro, ese que amenaza con consumirnos. Traga saliva, atrapado en la anticipación de lo que está por venir.
Antes de que pueda reaccionar, dejo que mi vestido resbale hasta el suelo, quedando frente a él con la respiración entrecortada.
Observo sus gestos, su forma de recorrer mi cuerpo con la mirada, la forma en que su pecho sube y baja con mayor rapidez. Me desea tanto como yo lo deseo a él. Puedo sentirlo en la manera en que se tensa, en cómo el aire se vuelve denso entre nosotros.
Doy un paso hacia él y, con manos temblorosas, desabrocho lentamente su camisa. Apenas el último botón cae, Esteban la desliza de sus hombros sin apartar sus ojos de mí. Luego, casi con urgencia, se despoja del pantalón.
Ahora estamos los dos, vulnerables, en ropa interior, a escasos centímetros de distancia.
Nos observamos en silencio, como si tratáramos de memorizar este momento.
Mi mente sigue dividida. ¿Es él a quien realmente amo? ¿O es solo la necesidad de aferrarme a algo, a alguien, para dejar atrás a Álvaro?
Pero cuando Esteban da el primer paso y me atrae contra su cuerpo, cuando sus brazos rodean mi cintura y siento su calidez envolviéndome, las dudas se desvanecen por un instante.
Siento la dureza de su erección contra mi vientre, la presión de su deseo contra mi piel, y con ello, el fuego que se enciende en mi interior.
—Emilia, no sabes cuántas veces he soñado con este momento —susurra contra mi oído, su voz es ronca, cargada de emoción.
Algo dentro de mí se rompe, una barrera que ya no tiene sentido sostener.
Entre jadeos, sin poder detenerme, dejo que las palabras escapen de mis labios:
—Hazme tuya, Esteban…
El brillo en sus ojos se intensifica al escucharme. Me toma de la nuca con fuerza, atrayéndome hacia él con un impulso lleno de deseo contenido.
Nuestros labios se encuentran en un beso feroz, desesperado, una lucha de lenguas, de alientos, de emociones desbordadas.
Y en ese momento, decido dejar de pensar.
Solo sentir.
De pronto, nos encontramos sobre la cama. Todo había sucedido tan rápido que apenas podía procesarlo; ahora los dos estábamos completamente desnudos, nuestra piel ardiendo en deseo, nuestros cuerpos vibrando al unísono. Mi garganta estaba seca, mi respiración entrecortada, y mi mente giraba en una espiral de sensaciones intensas al imaginar lo que estaba a punto de suceder.
Esteban, arrodillado entre mis piernas, recorrió mi piel con su mirada oscura, devorándome sin prisa. Sus manos cálidas deslizaron caricias firmes sobre mis muslos, separándolos con delicadeza, abriéndose camino hacia mi interior.
—Hazlo… —murmuré con voz entrecortada, sintiendo mi propio cuerpo estremecerse bajo su toque.
Él inhaló hondo, su mandíbula se tensó, y con una de sus manos dirigió su miembro hacia mí, rozándome suavemente antes de hundirse en una embestida contenida pero profunda.
—Aaahh… —gemí con los ojos entrecerrados, mi cuerpo se arqueó de placer al sentirlo por fin dentro de mí.
Mis piernas reaccionaron por instinto, aferrándose a su cintura, buscando mayor cercanía, mayor conexión. Mis manos recorrieron su abdomen firme, sintiendo la tensión en cada músculo, en cada contracción que provocaba su deseo por mí. Lo atraje con fuerza, atrapando sus labios con los míos en un beso desesperado, furioso, colmado de ansias y pasión contenida.
Él gimió contra mi boca antes de embestirme de nuevo, más profundo esta vez, arrancando de mí un jadeo entrecortado.
—Esteban… te quiero… —logré susurrar entre suspiros, sintiendo cómo su cuerpo y el mío se fundían en uno solo.
—Yo más, mi amor… —murmuró contra mi piel, su voz ronca y cargada de emoción.
Sus movimientos se volvieron más constantes, más intensos. Cada embestida arrancaba de mis labios un nuevo gemido, y en cada vaivén nuestros ojos se encontraban, reflejando la misma entrega, la misma necesidad. Me aferré a las sábanas con fuerza, mi espalda se arqueó a medida que un calor abrasador se expandía por cada rincón de mi cuerpo.
De pronto, un espasmo de placer recorrió cada fibra de mi ser. Mi respiración se cortó en un jadeo ahogado mientras una ola de sensaciones me envolvía por completo.
Esteban no apartó la mirada de mí, observando con deleite cómo mi cuerpo reaccionaba a él. Su ritmo se volvió errático, más fuerte, más profundo, hasta que finalmente dejó escapar un gruñido gutural.
—Aaaagh… —su voz grave se ahogó contra mi cuello mientras su cuerpo se tensaba por completo.
Se dejó caer sobre mí con suavidad, sus labios depositaron besos pausados en mi piel. Su respiración aún era pesada, entrecortada, y su pecho subía y bajaba con la misma intensidad que el mío.
Sentí su miembro palpitar dentro de mí, prolongando la sensación de conexión que todavía nos envolvía. Cerré los ojos, saboreando la calidez de su abrazo.
—Me encantas, Emm…
Su aliento cálido chocó contra mi piel mientras rozaba su nariz con la mía antes de recostarse a mi lado.
—Espero no haberte decepcionado en tu primera vez, amor…
Mi cuerpo se tensó de inmediato. Su voz sonaba sincera, tierna, colmada de amor… y de certeza. Una certeza equivocada.
No era mi primera vez.
Mi primera vez había sido con Álvaro.
Un escalofrío recorrió mi espalda, y por un instante, la imagen de Álvaro inundó mi mente como un relámpago inesperado. Su piel contra la mía, sus caricias expertas, la manera en que había despertado en mí sensaciones que jamás creí posibles. Con él, cada roce había sido fuego, cada beso, una explosión que me había llevado al cielo solo para volver a hundirme en el infierno. Álvaro me había hecho alcanzar el clímax varias veces, me había consumido hasta dejarme sin aliento.
Pero Esteban…
Con Esteban todo había sido diferente.
Había ternura, había amor… pero algo faltaba. Un vacío sutil, una chispa que nunca llegó a encenderse del todo. Me había entregado a él con la esperanza de encontrar una respuesta, de confirmar que este era mi destino. Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, no podía ignorar la verdad: la pasión que había sentido con Álvaro simplemente no estaba aquí.
Pero… ¿Eso realmente importaba?
—Es perfecto si es a tu lado —mentí con una sonrisa temblorosa, acariciando su mejilla.
Mi corazón se estrujó con fuerza, sintiéndome la persona más falsa sobre la faz de la tierra. No podía cambiar el pasado, pero tampoco podía confesarle la verdad. Si le decía que había estado con alguien antes, querría saber con quién, y Esteban no merecía cargar con ese peso. No, ahora que por fin estábamos bien, ahora que podía visualizar un futuro a su lado.
Porque con Esteban podía tener un futuro.
Con Álvaro nunca podría tener un futuro porque para él solo había sido una noche de deseo que terminó consumiéndose de manera voraz. Pero el amor no debía ser así, ¿cierto? Había mucho más allá de la pasión.
Así que me obligué a creerlo.
Recosté mi rostro en su pecho, aferrándome a su cuerpo con fuerza, tratando de absorber su calidez y disipar cualquier duda.
Este era solo el comienzo de mi felicidad.
Estaba convencida de ello.
Él me amaba y yo lo amaría de la misma manera.
Eso debía ser suficiente.
