✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 16

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 10 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Esteban Cazares✦

—Mañana te llevaré al ginecólogo para que te hagan un ultrasonido —dije con voz firme, mirando a Marcela con severidad—. Por ahora, necesito pensar y hablar con mis padres a solas.

Ella buscó a sus padres con la mirada, como si esperara apoyo, pero esta noche no obtendría nada de mí. No hasta que estuviera completamente seguro de que realmente estaba embarazada.

Cuando finalmente nos quedamos solos, me dejé caer en el sofá, abatido.

Mi padre se acercó y apoyó una mano en mi hombro. Sabía lo que estaba pasando por mi mente. Hacía apenas unos días le había hablado sobre mis planes de casarme con Emilia en cuanto comenzara a trabajar.

Levanté la mirada y lo encaré directamente.

—No puedo casarme con Marcela, papá.

Mis padres se sentaron frente a mí, en el mismo lugar donde, minutos antes, había estado ella.

—Sé que es difícil —respondió con tono sereno—, porque ya tenías planes con Emilia. Pero un verdadero hombre se hace cargo de sus errores. Si estuviste con otra mujer mientras tenías una relación, es una falta que ahora tendrás que pagar.

Su voz era fría, implacable, pero su postura seguía relajada. A pesar de lo mucho que me dolían sus palabras, en el fondo sabía que tenía razón. Haber estado con Marcela solo para darle celos a Emilia fue el peor error de mi vida.

Tragué saliva, sintiendo el peso de la situación, aplastándome el pecho.

—Papá, por favor… —mi voz se quebró en un susurro—. Puedo hacerme cargo del bebé sin casarme con Marcela. No la amo.

Mi padre entrecerró los ojos y tomó aire antes de responder:

—La familia de Marcela tiene un gran renombre en la alta sociedad. No creo que te dejen ir tan fácilmente. Y aunque aceptaran tus condiciones, un escándalo de esta magnitud también afectaría nuestra empresa.

Hizo una pausa, dejándome procesar sus palabras.

—Si realmente quieres convertirte en director de Industrias Cazares algún día, tendrás que aprender que no todo en la vida es fácil. Hay cosas que, nos guste o no, debemos sacrificar.

Su mirada era firme, calculadora. Como si todo esto no fuera más que otro movimiento estratégico en el mundo de los negocios.

Mi madre, en cambio, me miraba con compasión.

Exhalé con fuerza y me pasé una mano por el rostro, agachando la cabeza. Apoyé los codos en mis rodillas, intentando ordenar mis pensamientos.

Necesitaba pensar. Pensar mucho.

Cómo afrontaría esto.

Emilia Díaz

Poco después de despertar, llamé a Esteban para saber qué había ocurrido y si todo estaba bien. Me contestó su madre, asegurándome que no había de qué preocuparme, que Esteban había amanecido enfermo y que en unos días regresaría a la facultad.

Aunque sus palabras intentaban tranquilizarme, no pude evitar preocuparme. Nunca antes había ido a su casa y no sabía si sería apropiado presentarme sin previo aviso. Decidí esperar un día más, confiando en que él me llamaría.

Salía de casa cuando escuché una voz familiar llamándome por mi nombre. Me giré y vi a Álvaro acercándose con paso decidido.

—¿Hoy no vendrán por ti? —preguntó con tono inquisitivo, mostrando una sonrisa afilada que dejaba ver sus dientes blancos.

—Esteban está enfermo —respondí, intentando disimular mi preocupación.

—Te llevo a la universidad, vamos… —dijo sin dejar espacio a réplica, como si fuera una orden. Antes de que pudiera negarme, ya estaba bajando las escaleras rumbo a su auto.

Caminé tras él con rapidez, observando su espalda ancha y su postura imponente. Álvaro siempre había sido atractivo, con su porte atlético y su aire de confianza.

—¿No te desvías demasiado al llevarme? —pregunté, intentando recuperar el aliento después de apresurarme a alcanzarlo.

—Para nada, vamos —respondió con una ligera sonrisa mientras abría la puerta del copiloto.

Sin decir más, subí obediente.

El trayecto transcurrió en silencio. A diferencia de otras ocasiones, esta vez Álvaro estaba más serio de lo habitual. Recordé nuestra última conversación y la forma en que terminó.

—¿Estás enfadado conmigo? —pregunté, rompiendo la tensión en el aire.

—¿Hay alguna razón por la que debería estarlo? —respondió con una sonrisa ladina, lanzándome una mirada intensa.

Bajé la vista, incómoda. Nunca podía sostenerle la mirada por mucho tiempo; la suya era demasiado pesada.

—No podría enojarme contigo, Emilia —dijo en un murmullo mientras su mano acariciaba la mía con suavidad.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Instintivamente, aparté la mano y fruncí el ceño.

Él dejó escapar una risita pícara, como si mi reacción le divirtiera.

¡Éramos hermanastros!

Hermanos que no comparten sangre, pero aun así…

Sacudí la cabeza, intentando despejar mis pensamientos.

—Por cierto, conocí a alguien… —soltó de pronto, cuando ya casi llegábamos a la universidad.

Fruncí el ceño. ¿Alguien? ¿Quién?

—Es una chica hermosa, me encanta —continuó con naturalidad—. Y ahora que has decidido hacer tu vida con Esteban, necesito hacer la mía también. Lo último que quiero es entrometerme en tus decisiones, Emilia.

Me quedé petrificada.

Un nudo se formó en mi garganta.

Sentí un dolor punzante en el pecho, como si algo dentro de mí se rompiera en pedazos. Como si lo estuviera perdiendo sin haberlo tenido jamás.

Tan pronto como detuvo el auto en el estacionamiento, bajé de inmediato, sin despedirme.

—Vendré por ti —escuché su voz a lo lejos.

Pero esta vez no volteé.

—Amiga, deberías presentarme a tu hermano, ¡es un cuero! —escuché la voz entusiasta de Gaby a mi espalda.

Me giré al instante, saludándola con una sonrisa forzada. Me alegraba verla, pero mi mente seguía atrapada en la idea de aquella chica que Álvaro había conocido.

—Tal vez pueda mencionarte… pero no es mi hermano, es mi hermanastro —aclaré sin pensar.

—¡Sí, por favor! —chilló en tono suplicante.

No podía imaginar a Gaby con Álvaro; eran polos opuestos. Pero tampoco podía imaginarlo con alguien más.

Sonreí con ironía.

¿Qué esperabas, Emilia?

¿Que te esperara toda la vida después de que tú misma le dijiste que habías elegido a otro?

Las clases transcurrieron con una lentitud exasperante. Mi mente no dejaba de divagar entre la “conquista” de Álvaro y la incertidumbre sobre Esteban. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo, de qué estaba enfermo.

Gaby notó mi inquietud y, sin hacer preguntas, me acompañó a sentarnos en una de las bancas del jardín de la facultad. Esperábamos a mi “hermano”, quien había prometido pasar por mí.

Y ahí estaba. Puntual, como siempre.

El auto se detuvo frente a nosotras, pero, extrañamente, Álvaro no salió como solía hacerlo.

—Viene con una chica… No me dijiste que tenía novia, Em…

—Yo tampoco lo sabía… —musité, con la mirada fija en la joven de cabellos rubios y piel pálida. Era hermosa.

Un peso desconocido se instaló en mi pecho.

Un nudo se formó en mi garganta de inmediato.

—Bueno, ya me lo ganaron… Mejor nos vemos mañana, amiga —dijo Gaby con ligereza, dándome un beso en la mejilla antes de despedirse y caminar hacia su auto.

Me quedé ahí, inmóvil, sintiendo cómo algo dentro de mí se estrujaba, mientras Álvaro salía del auto abriendo la puerta del asiento de atrás del copiloto.

—¿Quién es ella? —pregunté apenas cerré la puerta del auto.

Álvaro giró el rostro para mirarme, y en ese mismo instante entrelazó su mano con la de la chica.

—Emilia, te presento a Christa. Estamos saliendo. Christa, ella es mi hermanastra, Emilia.

Entonces, con total naturalidad, alzó la mano de ella y depositó un beso en sus nudillos.

Algo dentro de mí se quebró.

Un latido errático golpeó mi pecho. Mi respiración se volvió pesada. Pero si yo tengo novio… ¿por qué esto me duele tanto?

—¿Desde cuándo están saliendo? —pregunté con un tono más inquisitivo de lo que pretendía. Necesitaba saberlo. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿En qué momento había pasado esto?

—Desde hace poco, pero lo suficiente para saber que es alguien para mí —respondió con calma, como si cada palabra no me estuviera desgarrando por dentro.

Atónita.

Así me dejó.

Intenté sonreír, pero mis labios no respondieron. Mis emociones estaban fuera de mi control.

Desvié la mirada hacia la ventana. Todo el trayecto se volvió un tormento silencioso. Los dedos de Álvaro acariciaban su mano, sus miradas se cruzaban, y ella se sonrojaba bajo su atención.

Mi estómago se encogió.

Mis ojos comenzaron a humedecerse.

¿Por qué estoy llorando?

Fui yo quien lo rechazó. Yo le dije que lo nuestro era un error, algo prohibido.

Y aun así… esto dolía más de lo que jamás imaginé.

Cuando llegamos a casa de Christa, la vi despedirse de él con un abrazo. Un abrazo demasiado cariñoso.

Ella parecía una buena persona… pero no quería verla con él.

Cuando Christa bajó del auto, me moví lentamente al asiento del copiloto.

El silencio nos envolvió.

Álvaro carraspeó.

—¿Qué te parece? Es linda, ¿verdad? —dijo con un tono casual.

No lo miré.

—Sí, es linda… —me limité a responder con voz seca.

No quería que notara el nudo en mi garganta.

No quería que viera la tristeza en mi rostro.

—¿Te pasa algo? —murmuró, y antes de que pudiera reaccionar, sentí la calidez de su mano acariciando mi mejilla.

Un escalofrío recorrió mi piel.

Rápidamente, aparté su mano y cubrí la mitad de mi rostro con la mía.

Él suspiró.

El resto del camino transcurrió en un silencio asfixiante.

Era la primera vez que sentía celos de esta manera.

Y lo odié.

… 

Tan pronto como llegué a casa, busqué a Pedro con la esperanza de tener noticias de Esteban.

—¿Ha llamado? —pregunté con ansiedad.

Pedro negó con la cabeza.

Mi pecho se apretó.

Solo me permitían hacer llamadas a casa de Esteban, así que, sin pensarlo dos veces, marqué de nuevo. Esta vez me atendió el ama de llaves.

—El joven Esteban sigue enfermo, pero no se preocupe, señorita. Pronto se comunicará con usted.

Colgué lentamente.

Una espina se clavó en mi pecho.

¿Qué tan enfermo podía estar para no atender ni una sola de mis llamadas?

Al principio intenté no pensar demasiado en ello, pero con cada día que pasaba, la preocupación comenzó a aferrarse a mí como una sombra.

A la par, noté que Álvaro y yo casi no hablábamos. Él se la pasaba fuera de casa todo el día, probablemente con su nueva novia.

Su ausencia me pesaba más de lo que debía.

Estar alejada de ambos me hizo ver las cosas con más claridad.

Por primera vez, sin distracciones, sin engaños… supe lo que mi corazón realmente sentía.

Y dolía.

Porque aunque me negara a aceptarlo, aunque intentara convencerme de que estaba mal… Álvaro siempre había sido la persona que ocupaba cada pensamiento, cada latido, cada suspiro contenido.

Esteban… sí, lo quería.

Pero no con la misma intensidad.

No con la misma desesperación con la que anhelaba que Álvaro me besara, que me tocara, que me hiciera suya.

Era una verdad cruel, pero innegable.

No podía seguir mintiéndome.

Y, sobre todo, no podía seguir mintiéndole a Esteban.

A la larga, una vida juntos terminaría siendo un infierno si no lo amaba de la misma manera en la que él me amaba a mí. No merecía que jugara con sus sentimientos por miedo a enfrentar los míos.

Además, su padre ya había decidido no renovar el contrato con Lorenzo. No había más razones para aferrarme a una relación que nunca debió ser.

Era momento de hablar con Esteban.

De terminar con esto de la mejor manera posible.

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