✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 19

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 10 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

Llegué a casa totalmente devastada. El peso de la ruptura con Esteban aún se aferraba a mi pecho, oprimiéndome, ahogándome.

Para mi fortuna, mi padrastro aún no llegaba del trabajo y mi madre, como siempre, brillaba por su ausencia. Si me veían en este estado, al instante sabrían que algo había pasado con Esteban, y lo último que necesitaba era enfrentar las preguntas y la furia de Lorenzo.

¿Qué haría cuando se enterara de que habíamos terminado? ¿De qué Esteban estaba con alguien más y que nunca firmaría ese maldito contrato que me había desdichado la vida?

Pero Álvaro… Álvaro sí debía saber lo que había sucedido.

Necesitaba decírselo. Decirle que había roto el juramento de guardar en secreto aquella noche después del bar. No podía soportar la culpa de haberle fallado.

Pedro me dijo que Álvaro acababa de llegar, así que fui directo a su habitación. Después tendría todo el tiempo del mundo para lamentarme, pero primero… él debía saberlo.

Toqué con mano temblorosa su puerta, pero no hubo respuesta. Tampoco se escuchaba ruido.

Toqué nuevamente, esta vez un poco más fuerte.

—Pasa —escuché su voz al otro lado de la puerta.

Abrí y entré, pero la habitación parecía vacía.

¿Dónde estaba Álvaro?

—Hola, señorita… —susurró en mi oído de repente.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Solté un grito y di un salto hacia adelante, girándome de inmediato. El corazón me latía con fuerza, tanto por el susto como por lo que vi a continuación.

Álvaro estaba de pie, con una sonrisa de sorna… y semidesnudo.

Solo llevaba puesta una toalla blanca, que colgaba de su cintura hasta sus tobillos. Su piel aún estaba húmeda, y pequeñas gotas de agua resbalaban por su pecho definido, marcando cada línea de su abdomen esculpido.

Mi boca se secó.

No recordaba que fuera así. La vez que estuvimos juntos, la habitación estaba demasiado oscura y yo estaba demasiado nerviosa.

Pero ahora… ahora lo tenía frente a mí, bañado en luz, sin sombras que ocultaran nada.

Era abrumador.

Él sonreía, disfrutando de mi vergüenza, hasta que su mirada se detuvo en mi rostro.

Su expresión cambió en un instante. Su mandíbula se tensó y sus cejas se fruncieron.

—¿Qué tienes, Emilia? ¿Estuviste llorando? —preguntó, acercándose lo suficiente para inspeccionar mis ojos hinchados y enrojecidos.

Asentí, evitando su mirada.

—Regresaré cuando estés vestido. Necesito decirte algo… —murmuré, dando un paso hacia la puerta.

Pero antes de que pudiera abrirla, su mano se posó firmemente sobre la perilla, bloqueando mi salida.

—Emilia, ya me has visto desnudo antes. No creo que verme en toalla haga alguna diferencia.

Su tono era tranquilo, pero su mirada tenía un matiz travieso, como si disfrutara de mi incomodidad.

Sentí mi cara arder.

Él rodó los ojos y suspiró.

—Está bien, date la vuelta mientras me visto. —Hizo un ademán con su dedo índice y yo, sin discutir, obedecí.

Los segundos se volvieron eternos.

Detrás de mí, escuché el sonido de su armario abriéndose, la tela rozando su piel, el leve crujido del suelo bajo sus pies descalzos. Cada pequeño sonido hacía que mis nervios aumentaran. Pero no era solo nerviosismo. Era algo más.

Un cosquilleo en el estómago. Un calor inquietante recorriéndome la piel.

Intenté concentrarme en otra cosa, pero mi mente regresaba una y otra vez a la imagen de su torso desnudo, de la forma en que el agua se deslizaba por sus músculos, de la intensidad en su mirada cuando me había visto llorar.

Respiré hondo, intentando calmarme.

Pero otro pensamiento me heló de inmediato.

El doctor dijo que si Álvaro se enfadaba demasiado, podía sufrir un ataque de ira.

Su condición estaba controlada con la medicación, pero… ¿Y si esto lo hacía perder el control?

Tragué saliva.

—Ya puedes voltear.

Me giré lentamente.

Álvaro estaba de pie frente a mí.

Se había puesto un pantalón negro casual y una camisa azul de manga larga, pero aún no terminaba de abotonarla. Sus dedos se movían lentamente sobre los botones mientras me observaba con detenimiento.

Seguía descalzo, su cabello aún despeinado, sus ojos clavados en los míos.

—Ahora sí, dime qué pasó. ¿Por qué lloraste? ¿Discutiste con el mocoso Cazares? —preguntó Álvaro mientras se acomodaba las mangas de su camisa con calma aparente.

Su actitud despreocupada contrastaba con la tormenta que rugía dentro de mí.

Mi garganta se cerró. Mis manos sudaban.

Tenía que decírselo.

—Álvaro… —tragué saliva—. Esteban sabe que tú y yo… tuvimos relaciones.

Él se detuvo en seco.

Sus dedos, que habían estado jugueteando con los botones de su camisa, quedaron inmóviles. Su mandíbula se tensó.

Su mirada se clavó en la mía, intensa y calculadora.

—¿Por qué se lo dijiste? —su voz era firme, sin enojo, pero con una calma peligrosa. Su ceja se arqueó ligeramente y ladeó la cabeza, como si intentara leer mis pensamientos.

—No lo planeé… —murmuré—. Pero… hay una chica que está embarazada de él.

Decirlo en voz alta hizo que la rabia volviera a encenderse dentro de mí.

Marcela. Marcela y su juego enfermizo.

Tal vez ya sabía que Esteban y yo habíamos vuelto, y por eso eligió este momento para decírselo. Ella había planeado todo.

Una punzada de dolor recorrió mi pecho y mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez.

Álvaro notó mi reacción.

Su expresión cambió.

De la frialdad pasó a algo más suave, más… protector.

—Ven.

Hizo un leve ademán con la mano, invitándome a acercarme.

No dudé. No lo pensé. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Me acerqué y lo abracé con fuerza por la cintura, hundiendo mi rostro en su pecho. Su calor, su olor, su presencia… todo en él era un refugio en medio del caos.

Las lágrimas que había intentado contener salieron sin control.

Él no dijo nada.

Solo deslizó su mano por mi espalda en caricias lentas y tranquilizadoras.

Álvaro siempre había estado para mí. Desde que llegó a esta casa, fue la única persona que realmente me escuchó, que realmente me vio.

Y en ese momento, supe con certeza que nunca podría dejar de sentir esto por él.

Después de unos segundos, me separé lo suficiente para mirarlo.

Su expresión seguía fría, pero no había enojo.

Lo observé con atención. Era raro.

El Álvaro de antes habría reaccionado con furia, habría exigido respuestas, habría dejado salir su lado más oscuro.

El medicamento realmente estaba funcionando.

—¿No me odias? —pregunté en voz baja, con temor.

—Me enoja más que haya sido capaz de engañarte de esa manera.

Su respuesta fue seca, sin titubeos.

Sus palabras me provocaron un extraño calor en el pecho.

Él suspiró y pasó una mano por su cabello, despeinándolo más de lo que ya estaba. Parecía perdido en sus pensamientos.

—Me da miedo pensar en cómo se pondrá Lorenzo cuando se entere de que Esteban y yo terminamos… —dije con voz temblorosa—. Y que Ernesto Cazares no firmará el contrato. Álvaro, tengo que huir de aquí… ayúdame… —pedí con desesperación

Álvaro soltó un resoplido, frotando su nuca con frustración. Por un instante, su mirada se endureció, pero no era hacia mí… era hacia la idea de Lorenzo.

—Tenía intención de salir un rato, pero creo que mejor me quedo, no te vayas, mi padre no te hará nada mientras yo esté aquí, te lo prometo.

Su tono fue decidido.

Sus palabras, aunque tranquilizadoras, no lograron borrar por completo mi miedo.

—Tenemos que esperar a que él se entere por su cuenta. Entre menos sepa las razones, mejor, además le diré que no podíamos controlar lo que hiciera Esteban, es un mujeriego, tampoco es como para que mi padre no pueda comprenderlo.

Asentí, agradecida.

Tener el apoyo de Álvaro lo era todo en ese momento.

Pero había algo que no me atreví a decirle.

No le conté que también le había confesado a Esteban que amaba a otro.

Esa verdad la guardaría para después.

Toda la tarde me encerré en mi habitación, sintiendo el miedo a cada minuto.

Lorenzo podía entrar en cualquier momento.

Era un hombre cruel.

Lo había visto.

Lo había visto en la forma en que trataba a mi madre.

Y si había sido capaz de hacerle eso a ella… ¿Qué no haría conmigo?

Esteban Cazares

Entré a la casa hecho una furia.

No podía creerlo.

Emilia… con Álvaro 

¡Su hermanastro! Su maldito hermanastro.

¿Qué clase de cosa retorcida era esa?

Vivían bajo el mismo techo y me lo confesó como si nada. Como si no fuera algo asqueroso.

Sentí náuseas.

Me imaginé sus miradas durante el desayuno. Las noches bajo el mismo techo mientras todos dormían. Los encuentros a escondidas. El roce de sus cuerpos…

Un calor furioso me subió por el cuello.

La ira me estaba consumiendo.

—¿Qué pasó, hijo? ¿Por qué vienes así? —preguntó mi madre, preocupada al ver mi aspecto deshecho.

No le respondí de inmediato.

Mi corazón latía con fuerza, mi mandíbula estaba tan apretada que sentí un dolor punzante en la sien.

Pero tenía que tomar una decisión.

Ya lo había decidido.

—Llama a Marcela. Me casaré con ella.

Mi tono fue seco, tajante.

Mi madre me miró extrañada, pero sus labios esbozaron una pequeña sonrisa. Sabía que esto era lo que ella siempre quiso.

—¿Estás seguro? ¿No te arrepentirás después?

Negué con la cabeza.

—Tenían razón… —murmuré con los ojos vidriosos—. Ninguna mujer vale más que mi hijo.

Le di a entender que lo mío con Emilia había terminado. Definitivamente.

El alivio cruzó fugazmente por el rostro de mi madre antes de tomar el teléfono.

—Llamaré a su madre para reunirnos a cenar esta noche, cuando tu padre llegue de la oficina. Tú mismo les darás la noticia.

Asentí cabizbajo.

—Iré a prepararme.

Más tarde, en la casa de los Berasteín…

Estábamos reunidos en la elegante sala de estar de la familia de Marcela.

El ambiente estaba cargado de tensión.

—¿A qué se debe esta visita tan repentina, Ernesto? —preguntó su padre a mi padre, lanzándome una mirada recelosa.

Mi padre giró la cabeza y me hizo un leve gesto con la barbilla.

Tomé aire.

Esto es lo correcto.

—Vengo a pedir la mano de su hija en matrimonio.

Decirlo en voz alta fue como tragar vidrio.

Marcela soltó un grito de alegría.

Se puso de pie al instante y se abalanzó sobre mí sin importarle la presencia de nuestros padres.

Su perfume empalagoso me envolvió.

Contuve una mueca.

—Necesitas tener cuidado. —La regañé, sentándola de nuevo a mi lado—. Podrías lastimar a nuestro bebé.

Ella hizo un puchero, cruzando los brazos como una niña mimada.

—¿Y cuándo será la boda? —intervino su madre con emoción—. Lo más recomendable es que sea pronto, antes de que el vientre de Marcela comience a crecer aún más.

Su entusiasmo contrastaba con el nudo en mi estómago.

—En dos o tres semanas. —Solté con indiferencia—. Escojan la fecha que mejor les convenga.

Desvié la mirada hacia mi padre, quien asintió con aprobación.

El padre de Marcela se puso de pie y caminó hacia mí.

Extendió su mano en señal de saludo.

Me puse de pie y la tomé.

Pero, en lugar de soltarme, me atrajo hacia él y me rodeó con un cálido abrazo.

—Bienvenido a la familia, Esteban. Me da gusto que hayas recapacitado. Verás que esto será para su bien y el bien de nuestras familias.

Para su bien.

Reprimí una risa amarga.

—Sí.

Hice mi mejor intento de sonrisa.

Pero por dentro… no sentía nada.

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

🎧

Escucha este capítulo

¿Prefieres relajarte y dejar que la historia cobre vida?

Buscando voces disponibles...
♡
🎧
Ahora estás escuchando Capítulo 19
♡
🎙️ Voz automática
Listo para comenzar
Velocidad de lectura:

Toca cualquier párrafo del capítulo para comenzar a escucharlo desde ahí.

Scroll al inicio