Capítulo 23
—Necesito hablar contigo a solas Damiana —su voz era fría, cortante, como una cuchilla afilada.
Mi madre dejó los cubiertos en la mesa con un movimiento seco y calculado. Se irguió con elegancia forzada y le dedicó una sonrisa cargada de veneno.
—Lo que tengas que decir, dilo aquí. No quiero que en uno de esos ataques de ira que te dan termines lastimándome como lo hiciste con Lorenzo —su tono goteaba burla, una provocación descarada.
Álvaro apretó la mandíbula con tal fuerza que pude ver el tic nervioso en su sien. Sus nudillos blanquearon sobre la madera de la mesa.
—No quiero que tu hija escuche todo lo que tengo que decirte —sentenció con una calma peligrosa.
Yo tragué saliva. La tensión era sofocante, como si el aire en la habitación se hubiera vuelto denso y tóxico. Quería desaparecer, hundirme en la silla o atravesar las paredes con la mirada, pero era imposible.
Mi madre soltó una carcajada seca, sin rastro de diversión.
—¿Ah, te importa lo que piense de ti, Emilia? Supe lo que hubo entre ustedes —sus palabras fueron un dardo directo al pecho de Álvaro, pero él ni siquiera parpadeó—. Déjame decirte que jamás permitiré que te acerques a ella. Nunca nos hemos llevado bien, Álvaro, así que sería lo peor que volviéramos a emparentar.
Me mordí el labio y desvié la mirada hacia el mantel, sintiendo cómo un sudor frío se deslizaba por mi nuca. Su discusión iba en aumento, y yo me sentía la persona más incómoda en el mundo.
El golpe de los puños de Álvaro contra la mesa me hizo dar un respingo.
—¡Lárgate de mi casa, Damiana! —su voz retumbó en las paredes, como un trueno en una tormenta furiosa. Un escalofrío me recorrió la columna.
Mi madre se levantó de un salto, sus ojos estaban ardiendo de rabia.
—¡Esta es mi casa! Fui esposa de Lorenzo durante casi trece años, también tengo derecho a su herencia —espetó con fiereza.
Álvaro sonrió, una sonrisa torcida, cruel, llena de desprecio.
—Te equivocas —murmuró con voz baja y peligrosa—. Mi padre no te dejó un solo centavo. Todo lo que tenía: la casa, la empresa, las cuentas bancarias… todo está a nombre de sus hijos, nosotros, ¿acaso no te has preguntado por qué el notario de mi padre no ha venido a visitarte?
La expresión de mi madre se congeló, como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies. Su rostro palideció y sus labios temblaron mientras negaba con la cabeza frenéticamente.
—¡No… no… eso no es cierto! ¡¿Cómo pudo dejarme en la calle?! ¡Mientes! —Su voz se quebró en un grito desesperado.
Álvaro no se inmutó. La tomó del brazo con firmeza y la jaló fuera del comedor, ignorando sus quejas y forcejeos. Mi madre gritaba su indignación, pero él no aflojó su agarre.
Yo me quedé ahí, paralizada. ¿Debía intervenir? ¿Pedirle que se detuviera? Era mi madre… pero también era la misma mujer que me había apoyado los maltratos de Lorenzo sin pensarlo dos veces.
Los pasos de Álvaro resonaron en el mármol hasta que alcanzaron la puerta principal. Con un movimiento brusco, la abrió de par en par y la empujó afuera.
—¡Lárgate de mi casa, ahora! —rugió con una furia incontrolable.
Mi madre tropezó, pero se giró de inmediato para golpear la puerta con los puños, histérica.
—¡Álvaro, no puedes hacerme esto! ¡Abre la maldita puerta!
No hubo respuesta.
Solo el sonido de su llanto y los golpes sordos contra la madera.
Y el silencio feroz de Álvaro, quien seguía con la mano sobre la manija, su respiración agitada, su pecho subiendo y bajando con fuerza.
—Álvaro… —murmuré con la voz temblorosa mientras me plantaba frente a él.
Sus ojos, oscuros y profundos como el abismo, se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó sin aliento. Vi cómo respiró hondo, conteniendo algo dentro de sí antes de hablar.
—Tenemos que hablar —dijo con un tono seco, casi quebrado.
Asentí en silencio y lo seguí hasta el despacho. Cuando entramos, se dejó caer en el asiento del escritorio de caoba, pasándose una mano por el rostro, exhalando con cansancio.
—Cierra la puerta —me ordenó con voz grave.
Obedecí sin dudarlo, sintiendo cómo mi corazón martillaba en mi pecho con violencia. Quería abrazarlo, sentir el calor de su cuerpo, decirle lo mucho que me había preocupado por él, lo mucho que lo necesitaba… pero sabía que no era el momento adecuado. Había demasiadas cosas entre nosotros, heridas abiertas, sombras del pasado que aún nos envolvían.
Me humedecí los labios, luchando con las palabras atoradas en mi garganta.
—Siento mucho la muerte de Lorenzo —comencé, mi voz apenas un susurro tembloroso—. Sé que fue mi culpa y lo lamento, solo espero que un día puedas perdonarme. Mis ojos se llenaron de lágrimas al decirlo en voz alta, como si la realidad de todo lo que había sucedido me golpeara de nuevo con brutalidad. —Enseguida me iré también —añadí con un hilo de voz.
Vi cómo su expresión cambió. Sus pupilas se dilataron por la sorpresa, pero enseguida se oscurecieron con algo más profundo… ¿Dolor?
—¿Quieres irte con tu madre después de todo lo que te ha hecho? —su tono fue demandante, pero también parecía un reproche disfrazado de pregunta.
Entrelacé mis dedos, inquieta, sintiendo que mi decisión lo hería de una manera que no había previsto.
—No pienso vivir más con ella —dije con firmeza, aunque mi voz tembló al final. Tragando saliva, continué—: Lo pensé mucho y, aunque me duela, no volveré a vivir con ella. Hice una pausa, notando cómo me observaba fijamente, como si quisiera leer en mi mirada todo lo que no me atrevía a decir. —He hablado con Gaby, mi amiga, y sus padres me dejarán quedarme en su casa estos dos meses mientras me gradúo. Mi padre dijo que me enviará algo de dinero para mis gastos, mientras puedo irme a vivir con él.
Álvaro se puso de pie con un movimiento lento, pero decidido. Rodeó el escritorio y caminó hasta mí, sin apartar su mirada de la mía. Me tomó de la mano con suavidad y, con un tirón leve, me acercó a él hasta quedar contra la mesa. Su proximidad hizo que mi piel se estremeciera, pero me obligué a no apartarme.
—No tienes que irte —su voz se suavizó, perdiendo la dureza con la que siempre hablaba—. Puedes quedarte aquí ese tiempo. Ni tú ni yo somos culpables de lo que pasó… —hizo una pausa, tragando saliva. Sus ojos brillaban con algo que pocas veces había visto en él: vulnerabilidad—. Me duele que mi padre esté muerto, pero eso no justifica el hecho de que te haya obligado a hacer cosas que no querías.
Bajó la mirada por un instante antes de levantarla de nuevo, su expresión ahora reflejaba una súplica silenciosa.
—No nos dejes solos a Mara y a mí —su voz, antes grave e imponente, se tornó suave, casi quebrada.
Sentí cómo mi corazón se encogía en el pecho. Él, el hombre que siempre había sido fuerte, que se mostraba impenetrable, ahora estaba allí, abriéndose de una manera que jamás imaginé.
Yo estaba sola. No tenía casa, no tenía dinero, no tenía nada. Ni siquiera mi madre era un refugio para mí ahora. ¿Qué más daba si me quedaba unos días con ellos mientras decidía qué hacer con mi vida?
—Puedo quedarme unos días… —susurré, sintiendo cómo mi propia voz me traicionaba con la emoción contenida.
Él sonrió levemente, y en ese instante tuve el impulso de abrazarlo. No por gratitud, no por compromiso… sino porque lo deseaba con todo mi ser. Quería sentir su calor, hundirme en su pecho y olvidar, aunque fuera por unos instantes, todo el caos que nos rodeaba. Pero me contuve.
No era el momento.
No podía permitirme flaquear.
Aun así, la calidez de su presencia me reconfortó más de lo que quería admitir.
Decidí cambiar de tema antes de que mis emociones me traicionaran.
—¿Puedo preguntarte algo, Álvaro? —dije, separándome ligeramente de él—. ¿Cómo es que te dejaron libre? ¿Gael pudo probar tu inocencia?
Él suspiró pesadamente.
—Pagué una fianza para llevar a cabo el proceso en libertad —explicó, pasándose una mano por el cabello—. Aún tengo varias audiencias y un juicio con Damiana… además de lo del testamento de mi padre, estoy seguro de que ella no se quedará quieta. Sus facciones se endurecieron. —Me demandará por los bienes materiales —continuó, con voz áspera—. Será un proceso largo, pero no voy a dejar que Damiana gane el juicio. De una vez te lo hago saber.
Lo observé en silencio, queriendo decirle tantas cosas, pero sintiéndome incapaz de hacerlo.
Ahora no era el momento.
Tragué saliva. Entendía sus razones, pero era mi madre. Aun así, en ese momento me preocupaba más él.
—¿Ya tomaste tus medicamentos? ¿Comiste?
Álvaro sonrió con un destello de ironía en su expresión, pero había algo más en su mirada, algo que me hizo vibrar por dentro.
—¿Te preocupas por mí?
Bajé la mirada, sintiendo cómo mis mejillas ardían.
—Siempre lo he hecho… —murmuré.
Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de golpe y Mara irrumpió en la habitación, corriendo directamente hacia su hermano. Se aferró a él con fuerza, abrazándolo como si temiera que fuera a desaparecer.
—¡Hermano! —sollozó—. No sabes lo feliz que me hace, verte de nuevo en casa. En verdad pensé lo peor.
Álvaro la rodeó con sus brazos, sosteniéndola con ternura, y depositó un beso en su sien. La imagen de ambos abrazados hizo que la comisura de mis labios se curvara levemente. Mara tenía mucha suerte de tener un hermano como él, alguien que realmente se preocupaba por ella.
—Estoy aquí —dijo en un tono protector—. Nadie volverá a hacerte daño. Quien lo intente, se las verá conmigo.
Mara asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Ahora entendía que ella había puesto al tanto a Álvaro sobre los malos tratos de mi madre.
Después de unos segundos de silencio, Álvaro inhaló profundamente y miró a ambas con una expresión más relajada.
—¿Por qué no desayunamos juntos? —sugirió —tengo demasiada hambre, la comida de las celdas es una porquería.
Mara y yo intercambiamos miradas antes de asentir. Lo seguimos hasta la cocina, donde Martha nos sirvió café, pan y fruta. Álvaro dijo que no comería de lo mismo que había estado comiendo mamá hace un momento.
El silencio se prolongó mientras cada uno se concentraba en su plato. Sentía la necesidad de decir algo, de aliviar la carga que pesaba sobre la habitación, pero antes de que pudiera hacerlo, Álvaro rompió el mutismo.
—Gael me informó algo esta mañana —dijo, sin levantar la vista de su taza de café.
Mara y yo nos tensamos al instante.
—¿De qué se trata? —pregunté con cautela.
Él exhaló pesadamente y pasó una mano por su sien.
—Todos los clientes que teníamos en la fábrica quieren cancelar sus contratos —soltó con frustración.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Por qué?
—Me creen un asesino —respondió con amargura—. No quieren asociarse con alguien que está bajo investigación por homicidio. Aunque no haya pruebas en mi contra, el escándalo es suficiente para que quieran cortar lazos. En especial por qué Damiana me acusó públicamente frente a la prensa.
Mara dejó su pan a medio comer y bajó la mirada.
—¿Qué vas a hacer? —susurró ella, con la voz cargada de preocupación.
Álvaro apretó los labios y tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativo.
—Voy a hablar personalmente con cada uno de ellos. Espero que al menos algunos recapaciten y no se dejen llevar por los rumores —se recargó en el respaldo de la silla, suspirando—. No me queda otra opción. No pienso dejar que la fábrica de mi madre se hunda, le prometí que algún día me haría cargo de ella.
El peso de sus palabras se asentó en mi pecho. Sabía lo mucho que significaba esa fábrica para él, no solo porque era su fuente de ingresos, sino porque era su último vínculo con su madre.
—No será fácil, pero si alguien puede convencerlos, eres tú —le dije en un intento de infundirle ánimo.
Álvaro me miró por unos segundos, y aunque su rostro seguía tenso, vi un destello de gratitud en sus ojos.
Terminamos de desayunar en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Cuando Álvaro se puso de pie, llevó su taza al fregadero y se apoyó un momento contra la encimera.
—Será un día largo —murmuró, más para sí mismo que para nosotras.
