Capítulo 28
Disfruté mi ceremonia de graduación con gran felicidad. Cada aplauso, cada felicitación, cada sonrisa compartida con mis seres queridos se grababa en mi memoria como un instante precioso. Me tomé muchas fotografías, primero con mi padre y su familia, abrazándolos con fuerza. Pero, sobre todo, me aseguré de capturar momentos con Álvaro.
Cada imagen con él era un tesoro, un recuerdo imborrable que llevaría conmigo para siempre. En algunas fotos me sostenía por la cintura, en otras me besaba la frente o entrelazaba nuestros dedos con ternura. Había amor en su mirada, y yo lo sentía en lo más profundo de mi ser.
Cuando la ceremonia terminó, nos preparamos para ir a comer junto con la familia de Gabriela. Iba de la mano de Álvaro, riéndome de algo que me susurró al oído, cuando sentí que su agarre se tensaba de repente.
Supe al instante que algo no estaba bien.
Su postura se rigidizó, sus labios se apretaron en una fina línea y su mirada se oscureció con una mezcla de alerta y molestia.
Confundida, seguí la dirección de su mirada y mi cuerpo entero se paralizó.
A pocos metros de nosotros, caminando con porte elegante y un ramo de rosas rojas entre las manos, venía mi madre.
El aire se hizo más pesado en mi pecho.
Mi espalda se tensó de inmediato al verla, como si una oleada de emociones contradictorias me golpeara al mismo tiempo. Habían pasado semanas sin saber nada de ella, sin recibir ni una llamada, ni un mensaje. Y ahora, ahí estaba, mejor que nunca.
Vestía un ceñido vestido azul que resaltaba su figura, sus tacones repiqueteaban con seguridad contra el suelo y su cabello, más corto que antes, caía en ondas perfectamente estilizadas. Se veía sofisticada, radiante… ajena.
Sus ojos fríos recorrieron a los presentes hasta posarse en Álvaro con un destello desafiante. Luego, su mirada se desvió hacia mi padre, para finalmente mirarme.
—¿No pensabas invitarme a tu graduación, hijita? —preguntó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Su tono era ligero, casi casual, pero había algo hiriente en sus palabras, como si con esa simple pregunta quisiera recordarme que ella tenía derecho a estar aquí.
Tragué saliva y apreté la mano de Álvaro con más fuerza, sintiendo el calor de su piel contra la mía, como un ancla que me mantenía firme ante su presencia.
Mi padre, a mi lado, cruzó los brazos con el ceño fruncido.
—Emilia no tiene por qué invitar a alguien que solo aparece cuando le conviene —dijo con voz dura, sin molestarse en ocultar su disgusto.
El semblante de mi madre se mantuvo imperturbable, pero sus labios se curvaron en una sonrisa burlona.
—No digas eso, querido. Sigues siendo tan amargado como siempre —respondió con fingida dulzura antes de volver a mirarme—. Estoy aquí porque soy su madre, y pensé que, después de todo lo que hemos pasado, querría compartir este día conmigo, después de todo no nos hemos visto por un buen tiempo.
Cada palabra suya era una daga en mi pecho.
—¿Después de todo lo que hemos pasado? —repetí en un susurro incrédulo.
Me costaba creer que tuviera la audacia de decir eso cuando había sido ella quien decidió alejarse, quien había puesto distancia entre nosotras sin siquiera intentar arreglar las cosas. Porque Álvaro la había echado de la casa, más no de mi vida y hasta ahora era la primera vez que sabía algo de ella.
—No voy a discutir contigo hoy —dije con voz firme, sintiendo cómo Álvaro, a mi lado, rodeaba mi cintura con su mano—. Si viniste solo para hacer un espectáculo, puedes marcharte mamá, estoy bien, gracias por haber estado al pendiente de mí este tiempo —solté con ironía.
Un destello de molestia cruzó su mirada antes de que se recompusiera con rapidez.
—No he venido a discutir, Emilia. Solo quería felicitarte y darte esto. —Levantó el ramo de rosas rojas y me lo extendió —porque aunque lo dudes, he pensado en ti.
Por un momento dudé, pero finalmente lo tomé por pura cortesía. El aroma de las flores me envolvió, aunque no logró calmar la incomodidad que sentía en mi pecho.
—Gracias —musité sin emoción.
Mi madre sonrió de lado, como si hubiera ganado algo con mi gesto. Luego, su mirada regresó a Álvaro, quien la observaba con una expresión inescrutable.
—Álvaro, mi querido hijastro —dijo con voz melosa—, sigues tan protector con mi hija… Espero que estés cuidándola bien.
Álvaro no respondió de inmediato. Sus dedos aún entrelazados con los míos se apretaron un poco más.
—Siempre lo haré —respondió finalmente.
El beso en mi sien de Álvaro logró calmarme momentáneamente, pero la tranquilidad no duró demasiado. Apenas nos apartamos, sentí un escalofrío recorrer mi espalda al escuchar nuevamente la voz de mi madre, ahora con un tono más afilado, más venenoso.
—Qué escena tan conmovedora —comentó mamá con una sonrisa torcida, cruzándose de brazos mientras nos observaba con un brillo burlón en los ojos—. Se nota que estás completamente embobada con él, hijita. Pero, ¿Ya se te olvido que Álvaro es como una bestia? Si mal no recuerdo, Lorenzo una vez me platicó que estuvo a punto de golpear a una exnovia por serle infiel, la verdad para mí el mejor partido siempre fue Esteban.
—¡Eso no es cierto! Es una mentira —su voz se mantuvo controlada, pero noté una furia latente en ella.
Álvaro, que hasta ese momento había permanecido sereno, apretó la mandíbula con fuerza. Su agarre en mi cintura se tensó ligeramente, pero no tanto como para hacerme daño. Sentí su respiración agitada, como si estuviera conteniendo una explosión de palabras hirientes.
Mi madre soltó una suave carcajada, fingiendo sorpresa.
Todo mi cuerpo se estremeció, aunque sabía que él nunca me haría daño, jamás me había comentado algo sobre una exnovia en el extranjero. Y aunque fuera cierto, él ya no era esa persona, había sido testigo de todo el esfuerzo que hacía para superar su enfermedad.
Vi el cambio en él al instante. Sus ojos se oscurecieron, sus hombros se endurecieron y sus puños se cerraron con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Conocía esa postura, ese leve temblor en su cuerpo. Estaba conteniéndose, pero apenas. Su límite era frágil, y mamá lo estaba empujando peligrosamente hacia él.
—¡Basta! —dije en un intento de detener el veneno que mi madre lanzaba con cada palabra.
Pero ella ignoró mi advertencia y dio un paso más cerca de nosotros, su expresión ahora llena de desdén.
—Dime, Álvaro, ¿Tú no le pondrías una mano encima a Emilia, verdad? Porque yo sería la primera en enviarte a la cárcel.
El sonido de mi propia respiración se hizo ensordecedor. Mi pecho se oprimió y sentí como si todo el aire se evaporara a mi alrededor.
Álvaro dio un paso al frente tan rápido que por un momento temí que hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse. Sus ojos llameaban de ira, su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas. Mi padre, que hasta ese momento había observado la situación con una expresión dura, hizo ademán de intervenir, pero fue Álvaro quien habló primero.
—Lárgate de aquí Damiana o te juro que no respondo —su voz sonó como un rugido contenido, cada palabra goteando con una rabia peligrosa—. No tienes derecho. No después de todo lo que has hecho, después de todo el daño que le causaste a Emilia.
—¿Daño? —repitió ella con sorna, llevándose una mano al pecho como si la acusación la ofendiera—. Por favor, no exageremos. Si ella está aquí, graduándose con honores, con una vida perfecta y un novio devoto, no veo qué tanto mal le hice. Tal vez deberías agradecerme, Álvaro. Si no fuera por mí, no tendrías a tu lado una damisela como ella.
Los músculos en la mandíbula de Álvaro se contrajeron aún más. Sus dedos temblaban, y por un instante, vi un destello de algo oscuro en sus ojos. Era furia pura, un abismo de emociones reprimidas que amenazaban con desbordarse.
—Te estás aprovechando de su paciencia Damiana, mejor vete—murmuró papá, dando un paso adelante.
—¡Vete, largo de aquí, maldita víbora! —Álvaro, vocifero tan fuerte que muchos de los presentes que aún quedaban afuera del recinto tomándose fotografías con mis demás compañeros graduados voltearon a vernos.
Un incómodo silencio se apoderó del lugar. Mi madre sonrió de lado, como si hubiera conseguido justo lo que quería, y luego se encogió de hombros con una indiferencia calculada.
—No te pongas así, vas a hacer que la gente crea que no eres tan buen novio —soltó con una dulzura envenenada.
Fue suficiente. Sentí a Álvaro tensarse de golpe, su respiración agitada se volvió más audible, y en su mirada había algo completamente diferente, una sombra oscura y peligrosa.
No podía dejar que esto se saliera de control.
Me moví rápidamente, colocando ambas manos sobre su pecho y obligándolo a mirarme.
—Álvaro —susurré, acariciando suavemente su rostro con mis dedos—. No vale la pena, por favor —sin saber, por qué algunas lágrimas comenzaron a salir de mis ojos —por favor…
Él cerró los ojos por un instante, aspirando profundamente como si intentara ahogar su ira en mi tacto. Poco a poco, su pecho dejó de subir y bajar con tanta fuerza. Su agarre en mis dedos se relajó, aunque su mandíbula seguía tensa.
Mi madre soltó un suspiro teatral.
—Bueno, creo que ya hice mi buena acción del día. Solo quería felicitarte, hijita. Ahora me voy, antes de que tu caballero de brillante armadura explote.
Le dirigió una última mirada a Álvaro y luego, con la misma elegancia con la que había llegado, se giró y se alejó, dejando a su paso un vacío denso y pesado.
—Voy a enloquecer con esa mujer —murmuró, su voz ronca por la frustración.
De pronto Álvaro comenzó a alejarse a grandes zancadas, no sabía a donde se dirigía, al mirar a mi padre, solo me dijo “ve con él”, no lo pensé dos veces y lo seguí hasta cruzar la calle que daba al parque donde Esteban y yo pasábamos algunas tardes después de las clases.
A lo lejos vi como de pronto se detuvo frente a un gran fresno, dando un primer golpe.
—¡Te vas a lastimar! —grité logrando captar su atención.
—No quiero que me veas así, déjame solo y regresa con tu padre.
—No me iré sin ti… —grité al mismo tiempo que me acercaba hasta donde él estaba.
Me acerqué más y envolví su rostro con mis manos, obligándolo a mirarme solo a mí.
—No le des ese poder —le susurré con suavidad —No dejes que gane.
—No sé cómo apagar esta bomba de furia dentro de mí, necesito sacarla de alguna manera, yo no la golpeé —dijo refiriéndose a su ex —pero a él, a su amante sí, yo no estaba en tratamiento, si nos peleamos a golpes, pero no fue como dijo Damiana.
—Yo te creo… te creo y sé que jamás me harás daño.
—Nunca lo haría.
Sus ojos, aún oscuros y turbados, se encontraron con los míos. Lentamente, la tormenta en su interior pareció ceder. Sus manos encontraron mi cintura y me acercaron más a él, como si necesitara aferrarse a algo real para no perderse en su enojo.
—Te amo, Emilia —murmuró.
—Lo sé —respondí con una pequeña sonrisa, acariciando su mejilla—. Bésame… bésame hasta que se apague tu ira.
Él asintió lentamente, cerrando los ojos por un instante antes de posar sus labios en los míos.
Mi madre podía intentar desestabilizarnos, podía clavar su veneno con sus palabras afiladas, pero lo que Álvaro y yo teníamos era más fuerte.
